La OIT, el trabajo decente y el 40% de pobreza extrema

Durante mucho tiempo la promoción del “trabajo decente” ha estado en el corazón de la agenda de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), pero no fue sino hasta principios de este siglo que el término ahora ampliamente utilizado fue acuñado en el marco de una ambiciosa agenda.

Pero la realidad muestra que en los países en desarrollo, el empleo vulnerable afecta al 75% de los trabajadores, mientras los progresos para reducir la pobreza son por demás lentos para compensar el crecimiento de la fuerza de trabajo.  Este año, más de 2.435 millones de trabajadores ocuparán un empleo vulnerable, y cuatro de cada diez seguirán (sobre)viviendo en la pobreza extrema.

El entonces Director General, Juan Somavía, en su informe a la Conferencia Internacional del Trabajo de 1999, escribió que “El trabajo decente es una reivindicación mundial con la que están confrontados los dirigentes políticos y empresariales de todo el mundo. Nuestro futuro depende en gran parte de cómo hagamos frente a ese desafío”.  

Pero el Programa de Trabajo Decente, que si bien fue definido en 1999, no fue adoptado formalmente hasta el año 2008, como parte de la “Declaración de la OIT sobre la justicia social para una globalización equitativa”, y pone de manifiesto que el trabajo decente es la base de sociedades productivas, justas e inclusivas.

Este se concentra en cuatro objetivos estratégicos: el empleo, la protección social, el diálogo social y los derechos en el trabajo, que han demostrado una y otra vez ser indispensables para alcanzar el crecimiento inclusivo y la paz social. Hoy podemos decir que el concepto ha obtenido una amplia aceptación internacional.

Asimismo, fue incorporado en la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, con el Objetivo 8 que insta a promover un crecimiento económico inclusivo y sostenible, el empleo pleno y el trabajo decente para todos”. Ahora bien, el trabajo decente no consiste solo en encontrar un empleo, sino que significa la oportunidad de acceder a un empleo productivo que genere un ingreso justo, la seguridad en el lugar de trabajo y la protección social para las familias.

Esta en la raíz de la cohesión social, ya que donde hay escasez de trabajo decente, también hay pobreza, desigualdad, tensión social y conflictos sociales.  El trabajo que atrapa a las personas en esclavitud o pobreza o las expone a peligros, discriminación o inseguridad, no permite que los individuos – ni las economías de las cuales forman parte – avancen y desarrollen su potencial.

Muchos son los artículos e informes en la materia que hacen referencia sobre la calidad de trabajo y su influencia sobre la pobreza.  El  marco teórico existe y establece una política en materia de empleo.

La OIT – con su estructura tripartita que reúne a representantes de gobiernos, trabajadores y empleadores – ocupa una posición ideal para promover el Programa y ayuda activamente a sus Estados miembros, a través de sus Programas de Trabajo Decente por País (PTDP), a incorporarlo como un elemento clave de sus estrategias de desarrollo nacionales.

Según  el Informe, durante 2016-2017 la acción de la OIT contribuyó a alcanzar logros significativos en 131 países, donde los gobiernos, las organizaciones de empleadores y de trabajadores desarrollaron estrategias en materia de trabajo decente y fortalecieron su capacidad institucional y sus conocimientos para promover el empleo, la protección social, el diálogo social y los derechos y principios fundamentales en el trabajo.

La contracara del informe

También son varios los informes de la propia OIT en los cuales resalta una dificultad creciente en materia de generación de empleo, cuando las perspectivas económicas mundiales a largo plazo siguen siendo moderadas, aunque algunos expertos destacan un agravamiento  mayor.

La reciente  desestabilización mundial generada en la Organización Mundial del Comercio (OMC) bajo el manto de las guerras comerciales, produjo una alarma globalizadora poniendo en tela de juicio las políticas económicas  y de empleo estables, a mediano plazo.  El crecimiento del empleo no será suficiente para absorber el aumento de la fuerza de trabajo en los países emergentes y en desarrollo.

En un reciente Informe de la OIT  su Director General, Guy Ryder, declaró que “aun cuando el desempleo mundial se ha estabilizado, los déficits de trabajo decente siguen estando muy extendidos: la economía mundial todavía no crea empleos suficientes. Es necesario desplegar esfuerzos adicionales a fin de mejorar la calidad del empleo para las personas que trabajan y garantizar que las ganancias del crecimiento sean distribuidas equitativamente”.

Conclusión: el empleo vulnerable aumenta y el ritmo de la disminución de la pobreza laboral decrece.  El informe pone de manifiesto que los importantes progresos alcanzados en el pasado en la reducción del empleo vulnerable se han estancado a partir de 2012, lo que significa que cerca de 1.400 millones de trabajadores ocupaban un empleo vulnerable en 2017, y se prevé que durante este año (2019) otros 35 millones se sumen a ellos.

En los países en desarrollo, el empleo vulnerable afecta a tres de cada cuatro trabajadores, mientras los progresos para reducir la pobreza de los trabajadores son demasiado lentos para compensar el crecimiento de la fuerza de trabajo.

En los próximos años, se estima que el número de trabajadores que viven en pobreza extrema se mantendrá por encima de 114 millones, afectando a 40 por ciento de las personas con un empleo en 2018, explicó el economista de la OIT Stefan Kühn, principal autor del informe.

Al analizar los cambios en la composición sectorial del empleo, el informe constata que el sector de los servicios será el principal motor del futuro crecimiento del empleo, mientras que sigue disminuyendo en la agricultura y en la manufactura.

Dado que el empleo vulnerable e informal prevalece tanto en la agricultura como en los servicios de mercado, los cambios del empleo previstos entre un sector y otro podrían tener sólo un potencial limitado para reducir los déficits de trabajo decente, si no están acompañados por grandes esfuerzos políticos para estimular la calidad de los empleos y la productividad en el sector de los servicios.

Una vez más, los esfuerzos por la conciliación de clases de los organismos internacionales se hacen insostenibles, en su praxis. Cabría preguntarse,  ¿Por qué hoy en día, a un aumento del potencial productivo corresponde una disminución de la ocupación y de las condiciones materiales de vida?

Cuando el nivel salarial de los trabajadores ya no llega a su mínimo vital, a la vez que la producción se duplica en sociedades donde el desarrollo de la productividad haría posible la satisfacción de un número creciente de necesidades materiales con un esfuerzo de trabajo decreciente, entonces  ¿qué justificación racional subsiste para la miseria extrema en la cual sobreviven miles de millones de seres humanos?

Por ignorancia inducida o por manipulación asistida, el sistema capitalista se ha convertido en un “orden natural” incuestionable.

Texto: Eduardo Camín (*) / CLAE.

(*) Periodista uruguayo, miembro de la Asociación de Corresponsales de prensa de la ONU en Ginebra. 

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