América Latina: La zona de influencia del gobierno Trump

La reciente elección del ultraderechista Jair Bolsonaro como presidente de Brasil confirma el fatídico presente de la democracia en América Latina.

Salvo unos contados casos, la derecha conservadora se ha hecho nuevamente con el poder en el continente.

Atrás quedaron las grandes conquistas sociales de los gobiernos de izquierda que redujeron notablemente los índices de pobreza en la región. Por si fuera poco, el líder de la llamada “democracia más antigua del mundo” es un individuo con ideas peligrosas e incendiarias. En efecto, Donald Trump ha demostrado que las instituciones y medios de comunicación no son más que obstáculos para llevar a cabo sus proyectos y ambiciones. El magnate-presidente quiere promover su visión del mundo donde los empresarios depredan los recursos, la humanidad sólo es un eslabón para encumbrar a unos pocos hombres y la democracia con sus pesos y contrapesos es un sistema cada vez más inconveniente. Esta es la era del darwinismo social.

Tan maleables son los líderes de América Latina que en el proceso de elección presidencial, todos al unísono criticaban al entonces candidato Trump y lo acusaban de “radical y antidemocrático”; hoy lo alaban e incluso se ha convertido en la estrella polar de algunos gobiernos de la región. Baste mencionar los casos de Colombia, Argentina y Brasil cuyos presidentes han salido a pedir el respaldo de Trump para llevar a buen puerto sus negocios. Por ejemplo, el presidente Iván Duque no ha dudado en recibir asesoría militar para “frenar el problema del narcotráfico”. La nueva perspectiva del gobierno es impedir a toda costa el incremento de las hectáreas de hoja de coca aún en detrimento de lo estipulado en el Acuerdo de paz como la sustitución voluntaria. De nuevo el imperialismo se abre camino en el sur del continente.

Sin embargo, un elemento debe tenerse por descontado: América Latina no es ni será una prioridad para Donald Trump (ni para ningún gobierno norteamericano después de las dos guerras mundiales). Esto no implica necesariamente que la Casa Blanca no tenga una estrategia para influir constantemente sobre las decisiones adoptadas en el sur del continente.

La realidad es que la administración Trump percibe como “subalternos fieles” a los presidentes de la derecha latinoamericana. Y de hecho lo son. Las órdenes promovidas desde Washington como abandonar Unasur (una de las pocas organizaciones que respaldaban la unidad de los países del sur), es una muestra de la política exterior invasiva e imperial que es aceptada sin mayor oposición por dirigentes mediocres, sin dignidad ni soberanía.

Mientras la política exterior de Trump se dirige a cerrar importantes negocios con la Unión Europea y sus socios de Medio Oriente, Latinoamérica no es más que su “tradicional zona de influencia”, su patio trasero. Al respecto debe mencionarse el caso del periodista Jamal Kashoggi, asesinado brutalmente en el consulado saudí en Turquía y que, según investigaciones de la CIA, fue ordenado por el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman. No obstante, el presidente Trump ha buscado minimizar las circunstancias del asesinato, pues el reino de Arabia es uno de sus principales socios comerciales. Esto demuestra que los negocios están por encima de los derechos humanos y la democracia. Mutatis Mutandi para el caso latinoamericano, la Casa Blanca ha promovido una política impositiva basada en un modelo económico extractivo y depredador que no se detiene a pensar en las violaciones que deja a su paso.

Luego del final de la Guerra Fría, los Estados Unidos quedaron sin el argumento de combatir la “influencia del comunismo en el mundo” por lo que iniciaron una campaña dirigida a “proteger la democracia”, como si esa fuera su misión en la historia.

Además de las intervenciones de mediados del siglo XX, donde se apoyaron cruentas dictaduras, el Pentágono busca en la actualidad “restablecer el orden” posterior a las administraciones de izquierda en el continente (https://elordenmundial.com/estados-unidos-en-latinoamerica/). Más que una “zona de influencia” en términos geopolíticos tradicionales, América Latina es para el magnate-presidente una región de explotación, una franja de “ensayo-error” donde al no encontrar oposición (de hecho, todo lo contrario) puede poner en práctica las tesis del neoliberalismo radical. En este sentido, un sistema tributario a favor de los más ricos es una muestra de que la democracia es un sistema cada vez más hostil para los negocios. Por tal razón, el subcontinente más que una región de influencia es una zona de control e imposición. Bienvenidos al pasado.

Texto: Rodrigo Bernardo Ortega, tomado de Resumen Latinoamericano Argentina.

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