El inquilino de la Casa Blanca y las élites (Parte 2)

Por José Luis Méndez Méndez / Colaboración especial para Resumen Latinoamericano.

El actual ocupante de la Casa Blanca, es multimillonario, eso no se duda, pero que su agenda política real se identifique con los menos favorecidos de Estados Unidos, eso sí pareciera ser ficción. Su no reconocimiento, por quienes pautan las normas, como élite, es un sello imperecedero en la memoria personal del inquilino del Salón Oval. La manipulación, durante la campaña electoral pasada, fue evidente. En un discurso en Ohio, el 6 de noviembre de 2016, dijo: “Los medios de comunicación y la elite política no conocen el dolor y el sufrimiento que viven estas personas”. Algunos le creyeron, era un mensaje al estilo del mítico personaje de Robin Hood, que robaba a los ricos para darles a los pobres. Al día siguiente, en otro discurso en Sioux City, Iowa, sentenció: “Es hora de rechazar a una elite política fracasada que ha desangrado a este país”. Muchos dudaban de su insistencia por convencer.

Pero un ejemplo, parece demostrar lo contrario y real de sus sentimientos. En una ocasión, a unas 130 millas al sur de Nueva York, en Atlantic City, Nueva Jersey, flanqueado por sus guardaespaldas, desfiló por los vestíbulos de sus tres casinos: Trump Plaza y Trump Castle y el Trump Taj Mahal.

A su paso, los jugadores querían darle la mano o simplemente frotarlo para que les diera suerte. “Siempre fue muy interesante de ver”, recordó O’Donnell, un ejecutivo de los casinos, “en particular sabiendo que realmente Trump, los despreciaba. Odiaba que lo tocaran. A menudo, dijo O’Donnell, después de estos recorridos teatrales, Trump se dirigía al baño para lavarse las manos, era lo primero que hacía. El casero presidencial se mostraba disgustado, sus mohines habituales lo delataban. Le preguntaron: “Sus clientes lo disgustaron”, le preguntó un miembro de su equipo. ‘¿Puedes creer que estas son las personas con las que gano mi dinero?”, respondió.

En realidad, era la forma de despreciar públicamente a la casta de personas que tanto quería impresionar, con sus manipulaciones sobre las élites. Lo que le faltaba era una forma de probarlo.

Este estilo manipulador, no es de la paternidad de Trump, ya en 1964, Ronald Reagan inyectó en la ecuación electoral la palabra “elite” en 1964, 16 años antes de ser elegido presidente. En su discurso en Los Ángeles en apoyo de Barry Goldwater: “Un momento para elegir”, lanzó su carrera política y le dio a las guerras culturales un nuevo léxico, “enfrentando a una supuesta América central en contra de los snobs liberales de las costas”, como Yale.

Fue Richard Nixon, por supuesto, quien hizo todo esto como un candidato nacional, corriendo y ganando en un resentimiento anti elitista cuatro años después. “Tenía un don para identificar, a partir de sus propios prejuicios personales, el agobiante sentido de agravio en los demás”, dijo el biógrafo de Nixon, John Aloysius Farrell. “Toda la vida de Nixon fue un chip en su hombro”, dijo el historiador presidencial Doug Brinkley en una entrevista. Para Nixon, fue una fórmula para el éxito; Para otros, ofrecía una hoja de ruta. “El anti elitismo de Nixon”, señaló Farrell, “fue un elemento fundamental del populismo republicano moderno”, y, algunos agregarían, sus diversos vástagos, desde Ross Perot a Pat Buchanan a Sarah Palin, hasta el triunfador Trump.

El barnizado Trump conoció a Reagan, también conoció a Nixon. En la década de 1980, ambos políticos eran invitados habituales en la suite del Yankee Stadium del dueño del equipo George Steinbrenner. Tenían un confidente común en el agente político Roger Stone. “Su hombre lo tiene”, dijo Nixon a Stone, sintiendo el potencial político de Trump, Stone escribió en su libro, The Making of the President 2016: How Donald Trump orquestated a Revolution (Cómo Donald Trump, orquestó una Revolución).

El presidente Trump estaba intrigado por la comprensión de Nixon del uso del poder. En 1989, Stone ayudó a organizar una reunión de fin de semana en Houston, donde Trump y Nixon se refugiaron en una habitación de hotel y hablaron durante horas. Nixon, según Stone, estaba “francamente impresionado”. Trump, mientras tanto, “absorbió todo lo que pudo”. En Trump, Nixon vio una presencia provocadora y llena de posibilidades. En Nixon, Trump vio un parentesco en su desdén por las élites, que ya, desde entonces, eran su obsesión.

Luego de entrar en la carrera en pos del Salón Oval en el 2015, y dado su pasado anti elitista, Trump no necesitó un tutorial sobre la política del resentimiento. “No. Lo consiguió”, dijo el ex asesor político Sam Nunberg, recordando sus conversaciones con Trump en los dos o tres años previos a su candidatura. “Hablamos de nosotros frente a ellos. Populismo. Ir a los votantes de bajos ingresos, de la clase trabajadora, los votantes sin educación universitaria. Va contra el sistema”.

Junto a sus asesores concibieron los mensajes, cómo llegar a los sin voz, a quienes querían ser escuchados y el sistema se los impedía, era una brecha a cubrir y lo hizo con éxito. Abrazó la noción de una revolución populista sin renunciar a una sola trampa de su estilo de vida chapado en oro. ¿Puede realmente correr como la élite en lugar de contra la élite?

Ya en el poder el 22 de agosto de 2017, dijo “¿Son de élite? Fui a mejores escuelas que ellos. Yo era mejor estudiante que ellos. … ¿Sabes qué? Creo que somos las elites. No son las élites”. En un discurso en Phoenix, Arizona, el 20 de junio de 2018, se preguntó en alta voz: “¿Por qué son de élite?” Cinco días después en un discurso en Duluth, Minnesota, en pleno paroxismo exclamó: “Somos la súper elite, somos la súper elite”.

En un discurso en West Columbia, Carolina del Sur, el 27 de junio de 2018, reiteró: Han sido perdedores del frío, la élite”. En un discurso en Fargo, Dakota del Norte, el 21 de agosto, dijo: ‘Bueno, tengo mucho más dinero que ellos. Tengo una educación mucho mejor que ellos. ¿Por qué demonios son la élite? ” Ya estaba asegurado en el puesto y aún las élites lo atormentaban.

Era recurrente, en un discurso en Charleston, West Virginia, el 24 de agosto, se regodeó “Soy mucho más élite que cualquiera de ellos. Usted también “Somos mucho más élite”. “Somos más inteligentes”. “Somos más ricos”. “Estamos mejor educados, en la mayoría de los casos… son perezosos “.

Sus asesores, en constante cambio, sufren sus brotes histéricos a causa de las élites. Uno de ellos valoró que no se trata de una proyección estratégica, es más una respuesta visceral al descubrir que puede ser presidente y todavía no es considerado elite por los árbitros de la norma.

Pero, ¿puede ser algo más que fijarse una medalla en sí mismo? Ya sea que lo crea o no, la retórica de Trump en realidad recurre a una idea profundamente estadounidense al menos en teoría: la promesa de la verdadera democracia es que nadie es mejor que nadie, que el poder sobre el gobierno debe ser compartido ampliamente en lugar de ser controlado por las elites controladoras.

A pesar de su poder, es un hombre muy obsesionado. A pesar de toda la fiereza de su agitación anti-sistema, la distancia que Trump mantiene entre la multitud en sus mítines recuerda a sus críticos que cuando dice: “Somos las élites”, está hablando del “real nosotros”. Esto es lo que hace que algunas personas desconfíen de sus motivaciones y no estén dispuestas, aunque sea presidente, a otorgarle el honor de la oficina. No es el trabajo lo que hace al hombre, creen, sino al revés.

En el libro: La élite del poder global y el mundo que están haciendo David Rothkopf ofreció una evaluación exhaustiva: “Las élites son maestros de sus épocas, pero también son metáforas para ellos. Ilustran lo que se valora, cómo se gana el éxito y cómo se obtiene y ejerce el poder. También reflejan las fallas que toleramos en quienes están arriba y las fallas que encontramos inaceptables. De hecho, las élites revelan cómo vemos nuestras propias sociedades”.

Cuando le preguntaron a Rothkopf, basado en la definición de élite de su libro, si ya Trump era parte de ese grupo selecto, éste no respondió de inmediato y después reflexionó: Trump, dijo “es un niño pequeño, que toca una gran puerta de caoba y dice: ‘¡Déjame entrar!’ Y nunca entrará. Y creo que la última ironía de su vida es que ha sido elevado al trabajo más poderoso del mundo. Y mientras él esté en ella, su importancia disminuye”. Lo comparó con la tragedia griega. “No hay trabajo más grande. No hay mejor manera para que lo haga. Y no hay mayor prueba de que él sea un simulador”.

El hecho es, sin embargo, que el “simulador” es el presidente. Y ya, en el ocaso de su primer mandato, es difícil descartar de plano la idea de que Trump está redefiniendo en cierto sentido todos los días lo que significa ser élite, simplemente por existir en la Casa Blanca.

La destacada luchadora de ese país, Ángela Davis, dio en la diana cuando, ante profesores de la Universidad de La Habana, señaló que había que ir más allá del color de la piel para aquilatar la funcionalidad de Barack Obama frente a las élites que gobiernan Estados Unidos, necesitadas de dar un golpe de timón luego del atolladero en que George W. Bush los colocó con sus incursiones bélicas en Afganistán e Irak. No era el rostro del entonces senador republicano John McCain, quien al fallecer dejó una carta particularmente crítica sobre Donald Trump.

Hay que reconocer, en el caso de Trump, el beneficio que representó para su aspiración, emerger como un individuo externo a la clase política de Estados Unidos, tan desprestigiada por la parálisis y la falta de resultados tangibles, sobre todo en temas cruciales como la salud, el empleo, el costo de la enseñanza, entre otros muchos acuciantes de la población. 

La burla para esa élite resultó aún mayor si tomamos en cuenta a un personaje de la peor calaña reciclado por Trump, el impresentable John Bolton, se apareció en el Miami Dade College con un discurso que destilaba odio, más parecido a una trifulca en una cantina del viejo oeste, que en el ámbito de las relaciones internacionales.

Fue explícito años atrás Ignacio Ramonet al definir que, en última instancia, el anhelo primigenio y actual de esa élite imperial se expresaba en diseñar un sistema de relaciones a nivel del globo terráqueo donde, con independencia del sitio en que se naciera, se tuviera una mente estadounidense. El mesianismo estadounidense pareciera haber cobrado fuerza y actualidad, por su forma de expresarse en todas direcciones para dominar a un mundo acuñado bajo el sello del trumpismo.

Son recurrentes sus discursos, la idea central es lanzar una andanada de ataques contra naciones en pie, como Cuba, Venezuela y Nicaragua, con el propósito de criminalizar esos procesos y sus líderes. Una guerra jurídica por medio de lo judicial, que combina las fake news, con los medios de comunicación controlados y las redes sociales a su servicio. Todo debe estar intrínsecamente relacionado con los presupuestos del modo de vida acendrado en Estados Unidos.

El presidente norteamericano ha quebrado las élites, lo ha hecho con demagogia, con el manejo taimado de la comunicación, a través del populismo y ha establecido un paradigma de hacer política y de practicarla radicalmente distinta a la anterior. Todo es viejo, pero también todo es nuevo.

 

Foto de portada: Cordon Press.

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cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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