Colombia merece vivir en paz

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Ha sido demasiado el tiempo en que la guerra en Colombia ha superado las expectativas de una paz necesaria pero escurridiza.

El pueblo de esa nación sudamericana, cargado de historia, con un territorio de grandes bellezas naturales en los extensos Andes, o en la Sierra Nevada de Santa Marta y vastos recursos agrícolas y minerales, merece la concordia como garantía para su desarrollo.

Es imprescindible poner fin a la violencia, a la ejecución de líderes sociales y exguerrilleros. También es hora de que algún gobierno de ese país cumpla el compromiso con su pueblo de acabar con las bandas paramilitares vinculadas con el narcotráfico.

Es el sueño del Libertador Simón Bolívar la creación de la Gran Colombia, que se concibió el 17 de diciembre de 1819 en el Congreso de Angostura, actual Ciudad Bolívar, en Venezuela.

Sin embargo, 200 años después, nuevos focos de tensión toman fuerza contra la vecina Venezuela bolivariana, país que es agredido cada día, lo mismo con falsos positivos para provocar una guerra, que con la introducción de mercenarios preparados militarmente en Colombia para cometer atentados contra instituciones y civiles y formar las famosas «guarimbas» para desestabilizar al hermano país.

El actual Gobierno colombiano, presidido por Iván Duque, cumple al pie de la letra las instrucciones de Washington, llevadas hasta Bogotá por su asesor de Seguridad Nacional, John Bolton; por el jefe del Departamento de Estado, Mike Pompeo, por el vicepresidente Mike Pence o el congresista republicano Marco Rubio.

Bochornoso es barrer la basura de la casa para el territorio vecino y atribuir responsabilidades a éste, fabricadas y secundadas por medios de prensa y redes sociales.

La paz en Colombia, aún escondida del gran necesitado de ella –el pueblo– debería buscarse respetando los Acuerdos de Paz rubricados por el gobierno y la guerrilla FARC-EP; continuar y llevar a feliz término el diálogo con la guerrilla del ELN; arrancar, de una vez y por todas, el flagelo de la muerte de líderes sociales, campesinos, indígenas y exguerrilleros.

Colombia necesita, más que todo, combatir hasta erradicar las causas intrínsecas de la pobreza y la marginalidad, que conducen a problemas mayores que no acaban de resolverse.

No creo que la solución pueda ser con la vuelta a las armas, pretexto que alguien pudiera utilizar para acrecentar el enfrentamiento armado con el grupo guerrillero, y seguir dando la espalda a los asesinatos de civiles y exguerrilleros, y –por supuesto– para negar el logro histórico de los Acuerdos de Paz y las negociaciones.

Quienes han decidido escindirse de la gran mayoría de los combatientes de las FARC-EP y han vuelto a las armas, se saben inseguros en un país donde más de 135 exguerrilleros y 158 líderes sociales e indígenas han sido asesinados desde que se rubricaron los Acuerdos de Paz en el año 2016.

En lo que respecta a las FARC, su máximo dirigente Rodrigo Londoño, ante la vuelta a las armas de una parte de los combatientes, ha manifestado que «más del 95 % de los guerrilleros permanecen firmes con la paz» y que «el deseo mayoritario de los colombianos de vivir en paz nos convoca a todos, sin excepciones, a la más firme defensa del Acuerdo».

No debe ser el nefasto legado de un exgobernante como Álvaro Uribe, el que conduzca los destinos del país. En todo caso, a la retórica uribista, con su obsesión de fracturar los Acuerdos de Paz, debe imponerse la razón y el anhelo de todo un pueblo.

El momento es de cumplir todos –absolutamente todos– con el acuerdo adoptado por la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que aprobó el 29 de enero de 2014 la histórica proclama de «América Latina y el Caribe como zona de paz».

Sin duda, para que haya paz en esta región que tanto la necesita, los gobernantes todos deben hacer suyos, de una vez y por siempre, la responsabilidad de que nuestras naciones sean exponentes pacíficos y duraderos amantes de la amistad y la solidaridad, no del odio y el enfrentamiento.

A la paz hay que hacerla parte de la vida misma de los pueblos. Colombia puede y tiene la obligación de hacerlo.

Tomado de Granma

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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