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El imperialismo ante la prueba de sus contradicciones: la crisis de EE.UU. y la UE frente a la resistencia de Cuba

Editorial de Luciano Vasapollo.

El mundo atraviesa una fase de profunda transformación en la que las contradicciones del orden imperialista estadounidense se vuelven cada vez más evidentes. Por un lado, Washington continúa ejerciendo una enorme presión económica, política y militar sobre los países que no aceptan su hegemonía; por otro, el propio centro del sistema muestra fisuras financieras, sociales y políticas que ponen en cuestión la sostenibilidad del modelo sobre el cual esa misma hegemonía se fundamenta.

El caso cubano representa, en este sentido, una de las expresiones más claras de esa contradicción. El bloqueo no es solamente una medida económica: cuando se impide a un país obtener la energía necesaria para garantizar el funcionamiento de su economía, de los hospitales, del transporte y de la vida cotidiana, la guerra económica se convierte en un instrumento directo de sufrimiento social. El llamamiento lanzado por Juliana Marino, “Petróleo para Cuba ya”, nace precisamente de la constatación de que no es posible considerar normal la paralización de una sociedad provocada deliberadamente por la negación de los recursos energéticos.

Esta es la lógica del imperialismo contemporáneo: no siempre es necesario ocupar militarmente un territorio para ejercer la dominación. Basta con controlar los flujos financieros, las fuentes de energía, las tecnologías, las rutas comerciales y los mecanismos mediante los cuales un país puede acceder a los recursos indispensables para su supervivencia. Las sanciones, el bloqueo, el embargo y la presión financiera se convierten así en instrumentos de una guerra permanente librada por medios económicos.

Pero es precisamente Cuba la que demuestra también el límite de esta estrategia. Un pueblo no es solamente una economía, y una sociedad no puede reducirse a sus indicadores financieros. Existe una dimensión cultural, moral y espiritual que ningún embargo puede borrar.

No es casual, por tanto, que en el momento más difícil la cultura cubana sea señalada como una forma de resistencia. En el sexagésimo quinto aniversario de la UNEAC, los intelectuales y artistas cubanos son descritos como parte de la “espiritualidad creativa del pueblo en resistencia”. La cultura no se concibe como un privilegio elitista, sino como un patrimonio colectivo, un elemento de la identidad nacional y un instrumento mediante el cual una comunidad continúa reconociéndose y construyendo su futuro.

Esta constituye una dimensión decisiva de la lucha antimperialista. El imperialismo no busca solamente controlar los recursos materiales: también pretende producir dependencia cultural, homogeneización y pérdida de la autonomía del pensamiento. Por ello, la defensa de la cultura, de la memoria histórica y de la capacidad de un pueblo para elaborar su propia visión del mundo se convierte en una forma concreta de soberanía.

Mientras Cuba es sometida a una presión económica que pretende quebrar su resistencia, en Estados Unidos emergen contradicciones financieras de enormes proporciones. La deuda pública estadounidense ha superado por primera vez los 40 billones de dólares, prácticamente duplicándose con respecto a 2017. El costo de los intereses ha alcanzado aproximadamente 1,1 billones de dólares y, durante los primeros diez meses del año fiscal 2026, ha superado el gasto destinado a Medicare, convirtiéndose en la segunda mayor partida del presupuesto federal después de la Seguridad Social.

Este dato no puede interpretarse simplemente como una dificultad contable. Afecta al funcionamiento mismo del capitalismo financiero contemporáneo. La potencia imperialista que durante décadas pudo financiar su proyección global gracias a la centralidad del dólar debe enfrentarse hoy a un crecimiento de la deuda que hace cada vez más costoso mantener ese sistema.

Estados Unidos sigue disponiendo de una fuerza económica, financiera, tecnológica y militar extraordinaria. Pero la fuerza no elimina las contradicciones. Al contrario, puede hacerlas temporalmente menos visibles. Cuando la deuda crece más rápidamente que la capacidad de producir riqueza y cuando una parte creciente de los recursos públicos debe destinarse al pago de intereses, el problema deja de ser únicamente presupuestario: afecta a la estructura misma del modelo económico.

Es aquí donde debe leerse la fase actual del imperialismo. La crisis no significa automáticamente el colapso de Estados Unidos, ni autoriza interpretaciones simplistas según las cuales el sistema estaría ya próximo a su final. Significa, más bien, que la hegemonía estadounidense debe enfrentarse a un mundo en el que el monopolio político, económico y financiero de Occidente es cada vez más cuestionado.

La respuesta del imperialismo a esta pérdida relativa de centralidad no ha sido el repliegue, sino la intensificación de la presión. Más guerras, más sanciones, más rearme, más control de los recursos estratégicos y más intentos de impedir el surgimiento de polos autónomos. Es una dinámica que podemos observar en diversas regiones del planeta y que adquiere formas particularmente duras contra aquellos países que reivindican su soberanía.

Cuba, desde este punto de vista, representa un laboratorio histórico de la resistencia antimperialista. Una pequeña isla sometida durante décadas a un sistema de sanciones y bloqueo continúa defendiendo su autonomía política y cultural. Y precisamente en el momento en que la presión económica intenta transformar la dificultad material en desesperación social, la cultura se convierte en una de las herramientas mediante las cuales una comunidad protege su identidad.

La contradicción resulta, por tanto, evidente: mientras el imperialismo —con sus rasgos nortecéntricos en sus dos variantes, la norteamericana y la de la Unión Europea— intenta imponer su poder mediante el control de los recursos y de las finanzas, su propio centro revela una creciente fragilidad financiera y una dependencia cada vez mayor de la deuda. Al mismo tiempo, sociedades sometidas a enormes presiones continúan generando formas de resistencia que no pueden medirse únicamente en términos de PIB o de poder militar.

Es necesario entonces invertir la perspectiva. No debemos preguntarnos solamente cuán poderoso sigue siendo el imperialismo estadounidense, sino cuáles son las contradicciones que lo atraviesan y qué nuevas formas de cooperación internacional pueden surgir al margen de su lógica.

El mundo multipolar no nace simplemente de la sustitución de una potencia por otra. Nace de la posibilidad concreta de que los pueblos y los Estados recuperen la soberanía sobre sus recursos, sobre sus decisiones económicas, sobre su cultura y sobre su destino. Es precisamente eso lo que el imperialismo intenta impedir.

Por ello, la solidaridad con Cuba no es una cuestión regional ni una elección dictada únicamente por la simpatía política. Defender el derecho de Cuba a la energía, a la salud, a la cultura y al desarrollo significa defender un principio universal: ninguna potencia puede arrogarse el derecho de decidir qué pueblos tienen derecho a vivir, desarrollarse y elegir de manera autónoma su propio modelo social.

La crisis del imperialismo se manifiesta en sus contradicciones económicas, pero también en la creciente dificultad para transformar su poder en consenso. Y la resistencia de los pueblos se alimenta no solo de la capacidad de soportar la presión, sino también de la construcción de una cultura alternativa, de una memoria colectiva y de una concepción distinta de las relaciones internacionales.

El futuro, por tanto, no está ya escrito. Está abierto al enfrentamiento entre dos lógicas opuestas: la de un sistema basado en la subordinación y la dominación, y la de un mundo en el que la soberanía, la cooperación y la solidaridad puedan sustituir a la guerra económica y militar.

Es desde esta perspectiva que Cuba continúa representando un punto fundamental de la lucha antimperialista. Y precisamente por eso, hoy más que nunca, su resistencia concierne al mundo entero.

Luciano Vasapollo

Tomado de Faro Di Roma.

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