El toque de los calderos
Por Raúl Capote* / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.
Dicen los que saben, que tocas por ignorancia y manipulación, si, lo sé, eres víctima de una guerra que no identificas, pero también algunos cobran por su «música» y algunos lo hacen por puro odio, por resentimiento, no falta quien necesita una limpieza para borrar su pasado «revolucionario», nunca lo fue pero era conveniente o lo recibió al nacer sin conocer su precio.
Duele ese himno de derrota disfrazado de protesta legítima, ese canto lúgubre que nace bastardo, mientras los ancianos y los niños sueñan con una luz que no regresa, asustados por el ruido de las ollas.
Te compadezco víctima que golpeas tu propia sombra, esos calderos son ecos de una guerra
que no entiendes, pero sufres.
Aplaudes al que te arma el cerco, al que te niega la medicina, el pan, la luz del día, al que castiga a las navieras que traen mercancías a la Isla cercada, al que apaga tu hogar y quiere apagar tu alma.
Sé que el dolor vuelve locos a los sabios y la oscuridad es mala consejera.
Solo recuerda que ese himno de la derrota lo escribe y lo dirige un hombre en Washington, un tipo que firma órdenes para que te quiebres.
Un tipo rico que te desprecia, que odia tu color cubano, para quien eres menos que una ficha en su tablero.
Recuerda cuando salgas a liberar estrés, a desahogar la rabia, que el eco que devuelve tú olla
no es libertad, es solo el ruido con que remachan tu cadena.
Al final, cuando termines el concierto, quedará el silencio de los hospitales, seguirá un buque parado mar afuera sin poder entrar a la bahía, quedarán inutiles los contenedores en los puertos, como monstruos mitológicos convertidos en metal, como monumentos a la crueldad.
Un niño no cumplirá su año de nacido, un abuelo, un padre, una mujer, otro niño, agonizan entre crueles dolores, por falta de los remedios que necesitan para curar o al menos aliviar su cáncer.
Una mujer no podrá alumbrar, ese es otro apagón con que te burlan, mientras una madre esperará inútilmente por la sabiduría de un cirujano que no tiene con qué operarla.
No es algo abstracto, no es un drama de telenovela, esos hombres en Washington son asesinos desalmados y la próxima víctima puede ser tu madre, hermana, esposa, hijo, vecino.
Ese silencio también lo dirigen desde Washington, ese grito de dolor lo ahogan tus calderos que te vuelven cómplice de sus muertes.
Mientras en Washington, alguien beberá su whisky satisfecho, mientras cansado preguntas
por qué tu grito no ha llegado al cielo.
Todos somos el caldero que golpeas, todos somos la isla.
Cuando el caldero suene, recuerda que más allá del ruido, hay un niño enfermo, un padre, una madre, una abuela, y todos ellos, como tú, son víctimas del mismo verdugo.
El verdadero ruido que provocas no es el que suena en las calles, sino el que rueda en la conciencia
de los que, por dinero o por miedo, tocan la marcha de la derrota.
(*) Escritor, profesor, investigador y periodista cubano. Es autor de “Juego de Iluminaciones”, “El caballero ilustrado”, “El adversario”, “Enemigo” y “La guerra que se nos hace”.

