Brasil. Lula y la gran hazaña del pueblo brasileño
Por Carlos Aznárez (especial para Al Mayadeen), Resumen Latinoamericano, 26 de octubre de 2026.
Se trata de una victoria estratégica y más que necesaria para esgrimirla como bandera ante esos otros dos grandes derrotados, como son Trump y Milei.
Finalmente, el pueblo de Brasil junto a Lula, lograron la hazaña en la que muy pocos creían hasta pocas horas antes del inicio de la votación: poder revertir una derrota en dos semanas y hacerlo a punta de movilización en las calles. Generando ese inmenso cable a tierra entre un liderazgo indudable como el de Lula y esa mezcla de adhesión incondicional y sabiduría que demostraron millones de hombres y mujeres, al votar en defensa propia a quien, con sus fortalezas y debilidades (que habrá ahora que subsanar) representa la gran barrera frente al fascismo local.
Se trata de una victoria estratégica y más que necesaria para esgrimirla como bandera ante esos otros dos grandes derrotados, como son Trump y Milei, que apostaron a ese títere impresentable, llamado Flavio Bolsonaro, y perdieron. Trump porque por primera vez en estos últimos dos años, en que se jactaba de poner el dedo sobre el hombro de un candidato y ayudarlo a ganar (con fraude, con millones de dólares, pero ganador al fin), se topó con una derrota que nada bien le viene de cara a su propia contienda electoral de los próximos días. Y en el caso del impresentable y perverso de Milei, el revés lo pone, aún más, contra las cuerdas de cara al 2027, en que el pueblo argentino tendrá que repetir la patriada de sus hermanos brasileños. Más aún, este domingo también, se lanzó un mensaje certero a quienes con su prepotencia creen que pueden arrasar con todo lo que encuentran a su alcance: el fascismo y su hijo putativo, el sionismo. De poco le sirvieron a Bolsonaro, las relaciones carnales de su clan mafioso con los republicanos gringos y con los genocidas sionistas. El huracán popular Lula los pasó por encima.
Por otra parte, es indudable que a Lula le llegó el mensaje de que en la campaña que le costó la derrota por pocos puntos en la primera vuelta, no había conectado lo suficiente con las mayorías, que sí hubo grandes movilizaciones en todo el país, que es verdad que en Río y Sao Paulo, los dos termómetros importantes de cada elección, se había producido una aparente y fuerte solidaridad con el candidato del Partido de los Trabajadores, pero eso sirvió para contar, como siempre, con el adherente cautivo, y no con quienes venían semi-frustrados de una gestión presidencial que dejó en el camino varias e importantes asignaturas pendientes. De allí, ese enorme porcentaje de abstenciones y votos blancos y nulos en esa primera pulseada.
Con esos datos y la percepción que tuvo el propio Lula -mezcla de militante que viene bien de abajo y estadista a fuerza de experiencias de todo tipo- de que o daba un volantazo o el país se iba al garete, se tiró al ruedo con todo, radicalizó su discurso, como le venían reclamando millones de seguidores, tomó varias y urgentes medidas apuntando a las grandes mayorías (boleto gratuito para el transporte público los fines de semana y otras similares), y la más contundente de todas: volcarse con todo a dar la batalla, además de la calle, en las redes sociales. Para esta última iniciativa tuvo un ángel protector, el diputado André Janones, arquitecto digital de la reelección de Lula, el hombre que logró en pocas semanas poner en pie lo que se denominó «El Ejército de Lula», y reunir en un WatsApp nada menos que 10 millones de adherentes, con los que el presidente dialogaba e iba acumulando más simpatías. Por eso, no es erróneo señalar que el triunfo de Lula es una mezcla de dos batallas indispensables en los tiempos que corren: ganar las calles, hablar con el pueblo, escucharlo y no prometer lo que luego no se va a cumplir (tan común en la progresía) y por otro lado, golpear con todo en el escenario digital.
Después del festejo, la lucha por el poder
Ahora bien, una vez que se vayan diluyendo las grandes euforias de un merecido festejo, será necesario volver a poner la mira en algo que tendrá peso sustancial en los años de este nuevo mandato «lulista»: qué fuerzas sociales hicieron posible el triunfo y hasta qué punto el resultado electoral modificó la estructura económica y política de Brasil.
La tesis de partida es esta: ganar la Presidencia no equivale a conquistar el poder en todas sus dimensiones. Lula lo sabe bien y tendrá que pujar duro para lograrlo si quiere evitar un palo en la rueda tras otro con que intentarán debilitarlo.
Un gobierno puede obtener legitimidad en las urnas y, al mismo tiempo, encontrarse condicionado por el Congreso, los intereses empresariales, los mercados financieros, los poderes regionales y una sociedad profundamente polarizada. Esta es la realidad con la que se encontrará Lula, y que pueda salir airoso como lo logró en este reñidísimo balotage, dependerá de su decisión de hacer cambios radicales -en comparación con el anterior mandato- y para ello habrá de ser necesario, redoblar sus agallas, que las tiene, y no desconectar su relación estrecha con el pueblo. No por nada, si hay otro factor importantísimo en su victoria, ha sido el voto leal del nordeste brasileño, ese territorio donde se puede ver en toda su dimensión lo que es la lucha de clases, y en el que los humildes jamás le fallaron al hombre del PT
La izquierda conserva una capacidad real de movilización popular. Lula logró reagrupar a sus bases y atraer a electores que no querían el regreso de la familia Bolsonaro al poder. Pero también es cierto que la derecha brasileña mantiene una fuerza electoral considerable. Casi la mitad de los votos válidos fueron para su adversario. No estamos ni por asomo, por ahora, ante la desaparición del bolsonarismo, sino ante una nueva derrota electoral de un movimiento que, por desgracia, sigue teniendo una base social amplia. Claro está que de esto Lula ya ha tomado nota, y de allí sus palabras en el festejo: «gobernaré para 215 millones de brasileños» y «no teman al adversario».
La contradicción central: victoria popular, poder institucional limitado
Aquí aparece uno de los mayores desafíos para el próximo gobierno: la Presidencia no controla por sí sola el Estado brasileño.
Según el análisis electoral, el nuevo Congreso tendrá una composición especialmente conservadora, con el Partido Liberal y sus aliados en condiciones de reunir más de 280 escaños en la Cámara de Diputados y hasta 50 de los 81 senadores. También la ultraderecha controla varias gobernaciones.
Esto significa que Lula, ganador indiscutible de las elecciones, va a encontrar obstáculos para transformar sus promesas en leyes. Entre estas reivindicaciones, las más inmediatas son: La Reforma social: que consistiría en ampliar las prestaciones y mejorar las condiciones de vida, pero ello requiere presupuesto, legislación y acuerdos parlamentarios. La Política económica: los compromisos sociales chocarán con las exigencias de control del déficit y con el coste de financiar la deuda pública. En cuanto a la Relación con el poder judicial: las disputas entre sectores políticos y tribunales pueden convertirse en otro foco de inestabilidad. Y en lo que hace a la Gobernabilidad: la necesidad de negociar con partidos de centro y centro-derecha puede moderar o modificar el programa presidencial.
Estas y otras parecidas, son, obviamente, las trampas de la democracia burguesa, donde, si ideológicamente, o porque no hay otra alternativa, se toma la decisión de entrar, hay que hacerlo con la decisión que da el tener el pleno respaldo de millones de votantes que están ansiosos que no se vuelvan a frustrar sus demandas urgentes. Si el Parlamento traba la aprobación de leyes, no dudar en dictar un decreto que las impongan. Aquí, lo único que no se puede olvidar es que la única lealtad posible es con el pueblo.
No hay que tener dudas que la negociación parlamentaria es inherente a este tipo de democracias condicionadas. El problema surge cuando la necesidad de conseguir mayorías termina desplazando los compromisos que justificaron el voto popular. Lula, y Dilma también, ya probaron esa receta y no le cumplieron debidamente a un sector fundamental de la población como es el campesinado nucleado en el poderoso Movimiento de los Sin Tierra. Organización ejemplar y con expansión continental y mundial, que, a pesar de no obtener sus demandas de Reforma Agraria popular, nunca le falló a Lula. No le firmó cheques en blanco, claro está, pero jamás, en coyunturas como la actual, dejaron de poner todo su capital humano, sus dirigencias con gran capacidad intelectual y organizativa, y las masas campesinas que aglutina, al servicio de que el pueblo en su conjunto obtenga una victoria contra la reacción fascista.
A partir de ahora, el compañero presidente Lula comienza, quizás, la más difícil de sus batallas, pero lo hará con la convicción de las enseñanzas de este corto período que se dio entre la primera y segunda vuelta, en las que, obligado por las circunstancias, pero también como parte de su memoria histórica, se reconectó aún más con trabajadores, campesinos, estudiantes, mujeres, y una gran legión juvenil. De ellos obtuvo un mandato clave: las peleas se ganan peleando. Y peleó con todas sus fuerzas, con la pasión de la juventud acumulada sobre sus 80 y pico de años en la mochila. Eso el pueblo lo vio claramente, sobre todo ese caudal de votantes enojados o frustrados que le restaron apoyo en la primera contienda, y que ahora, aparcaron sus críticas, y asumieron la responsabilidad de que había que frenar al monstruo.
Bora Lula! En Brasil y en todo el continente, que es lo mismo que decir: ánimo, que cada pueblo puede repetir esta saludable experiencia.

