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Díaz-Canel, la generosidad heroica de un presidente y secretario del PCC que no abandona a su pueblo. ¡Cuba resiste y nunca retrocede! (Editorial de Luciano Vasapollo)

Por Luciano Vasapollo

Hay momentos en la historia de un país en los que la estatura de un dirigente político no se mide por la fuerza de las instituciones que representa, sino por su capacidad de compartir plenamente los sufrimientos, las dificultades y las esperanzas de su pueblo. Miguel Díaz-Canel está atravesando uno de esos momentos. Y lo hace con una determinación que merece respeto, incluso más allá de las pertenencias políticas y de las distintas valoraciones sobre las decisiones del Gobierno cubano.

Su generosidad no consiste solamente en llamar a la población a resistir. Consiste, sobre todo, en no eludir la responsabilidad de dirigir el país en una etapa dramática, sin ocultar las dificultades y sin renunciar a la dignidad nacional. Es el comportamiento de un presidente que no considera al pueblo una audiencia que debe movilizar, sino la razón misma de su responsabilidad política.

Cuba sigue sometida a una presión económica, comercial y financiera que tiene consecuencias directas en la vida cotidiana de las familias. Las dificultades energéticas, la escasez de bienes esenciales y los obstáculos al desarrollo no pueden separarse de la larga historia del bloqueo estadounidense y de las políticas de asfixia económica que Washington continúa aplicando.

En este contexto, la decisión de Díaz-Canel de hablar directamente a los cubanos, compartir sus preocupaciones y pedir participación y solidaridad adquiere un significado político y humano particular.

La grandeza de un dirigente también se mide por su capacidad de escuchar

Hay un pasaje especialmente significativo en las palabras pronunciadas por Díaz-Canel en la cuarta entrega de «Criterio Compartido», el programa radiofónico a través del cual el presidente cubano ha elegido confrontarse directamente con los ciudadanos, escuchando llamadas telefónicas, denuncias, preguntas y solicitudes de ayuda.

«Tenemos el deber de escucharlos con humildad y responder con hechos, no con retórica». Es una frase que contiene toda una concepción de la política: no el poder como distancia, no el gobierno como ejercicio de autoridad, sino la responsabilidad de estar al lado de las personas, especialmente cuando la vida cotidiana se vuelve más difícil.

Y añadió, al hablar de la relación entre dirigentes y ciudadanos: «No me gusta mucho cuando se habla de población, porque la población somos todos, todos vivimos en Cuba, todos formamos parte del pueblo cubano, algunos con una responsabilidad y otros con otra». No se trata de una simple elección lingüística. Es el rechazo a separar a quienes gobiernan de quienes son gobernados, a construir una jerarquía humana entre las instituciones y la sociedad.

Naturalmente, este planteamiento también implica una obligación: reconocer los errores, corregir las ineficiencias y afrontar las legítimas insatisfacciones. El propio presidente ha hablado abiertamente de las dificultades en el abastecimiento de agua, de las redes obsoletas, de las inversiones que no se realizaron y de las responsabilidades institucionales. Ha reconocido que el problema es grave y complejo, sin pretender que un discurso pueda resolverlo.

Esta franqueza es importante. El bloqueo estadounidense y el estrangulamiento energético agravan enormemente la situación, pero la respuesta política también debe consistir en la capacidad de mejorar aquello que depende de las instituciones cubanas. La Revolución, si quiere seguir siendo una experiencia de emancipación, debe mantener viva la relación crítica y participativa con su propio pueblo.

La defensa de la patria no es una amenaza: es el derecho a no ser agredidos

Otro elemento fundamental de las intervenciones recientes se refiere al ejercicio estratégico Moncada 2026, concluido el 6 de noviembre, y al Día Nacional de la Defensa.

Díaz-Canel participó personalmente en las actividades de preparación de las estructuras territoriales, se reunió con los responsables de la defensa provincial de La Habana y visitó la Región Militar de la capital.

El mensaje dirigido a los ciudadanos fue inequívoco: «Continuamos elevando la preparación y la cohesión de los órganos de dirección y mando, de las tropas, del sistema de defensa territorial y de la economía para enfrentar cualquier agresión contra nuestra Patria».

Es una declaración que debe leerse en el contexto de las crecientes presiones estadounidenses y de las amenazas dirigidas contra la isla. Cuba no busca la guerra ni tiene interés en un enfrentamiento militar. Pero ningún país puede ser obligado a renunciar a su soberanía para evitar las amenazas de una potencia más grande.

Desde esta perspectiva, la preparación defensiva no es solamente una cuestión militar. Díaz-Canel ha insistido en la necesidad de que las zonas de defensa también sean capaces de contribuir a la vida económica y social de las comunidades, adquiriendo autonomía para resolver los problemas cotidianos.

Es un concepto importante: la defensa de la patria no puede separarse de la defensa de la vida, el trabajo, la salud, la educación y la dignidad de las personas.

Cuba no está sola: la solidaridad internacional es una responsabilidad política

La cuestión cubana no concierne solamente a los cubanos. Concierne a todos aquellos que creen en el derecho de los pueblos a elegir autónomamente su propio sistema político, económico y social.

El bloqueo no es una palabra abstracta. Significa obstaculizar el acceso a combustibles, tecnologías, medicamentos, maquinaria y recursos financieros. Significa hacer más costoso y difícil satisfacer las necesidades esenciales. Significa golpear indirectamente a las familias, los trabajadores, los ancianos, los niños y las personas más vulnerables.

La crisis energética y la del agua muestran hasta qué punto esta presión puede afectar a la vida concreta. Pero sería un error considerar inevitable la renuncia a los principios de justicia social que han caracterizado la historia de la Revolución cubana.

Por eso, la solidaridad con Cuba debe ser concreta: iniciativas humanitarias, cooperación sanitaria, apoyo a la investigación científica, intercambios culturales, relaciones económicas sin condicionamientos y movilización contra las medidas coercitivas unilaterales.

Como Red de los Comunistas y como movimiento internacionalista, consideramos esencial fortalecer la relación con Cuba y con las experiencias de emancipación de América Latina. No para convertir la solidaridad en un acto de fe, sino para defender el principio de que ningún pueblo debe ser castigado por negarse a someterse a los intereses de Washington.

La generosidad de Díaz-Canel es la responsabilidad de no dejar solo a su pueblo

Hay algo profundamente humano en la imagen de un presidente que, mientras el país afronta enormes dificultades, elige escuchar a los ciudadanos, visitar los territorios, participar en las actividades de preparación y asumir públicamente la responsabilidad de las decisiones.

La generosidad política de Díaz-Canel, que considero también una forma de valentía personal, reside precisamente en esta decisión de no abandonar a su pueblo en el momento más difícil. No se trata de idealizar a un dirigente ni de negar los problemas reales de la sociedad cubana. Se trata de reconocer el valor de un liderazgo que reivindica el derecho de Cuba a decidir su propio futuro y que llama continuamente a la participación colectiva.

La historia cubana ha conocido dirigentes extraordinarios, desde Fidel Castro hasta Raúl Castro, que han afrontado momentos de aislamiento y presión internacional sin renunciar a la soberanía nacional. Díaz-Canel asume hoy una responsabilidad enorme, en circunstancias particularmente difíciles y con una generación de cubanos que exige respuestas concretas, trabajo, energía, servicios eficientes y perspectivas de futuro.

Es precisamente a esta generación a la que debemos mirar. Defender Cuba significa defender el derecho de sus jóvenes a no tener que elegir entre quedarse en su tierra y tener una vida digna.

Los comunistas que vivimos en Europa tendríamos menos convicción y fuerza política sin el ejemplo heroico de un gran dirigente revolucionario como Díaz-Canel. Y no solo, ni tanto, por razones teóricas y por la intensidad de la batalla de las ideas, sino también por su capacidad de mantener vivo, mediante la práctica de la resistencia creativa revolucionaria, un faro revolucionario anticapitalista y antiimperialista que une no solo a la Tricontinental, sino también a todas las latitudes geográficas y, prioritariamente, a las fuerzas políticas del Sur Global.

Solo así puede ofrecerse el ejemplo político de cómo Cuba continúa dando continuidad a su proceso revolucionario socialista. De este modo queda demostrado cómo es posible contribuir hoy a ofrecer a los jóvenes, a los menos jóvenes, a los trabajadores, a los sectores subalternos y a todos los explotados una manera de vivir la política revolucionaria, para que puedan plantear sus desafíos no solo dentro de sus propios ámbitos de intervención, sino también invertir en formas de experimentación y de activación del devenir histórico que Díaz-Canel, junto con la Revolución cubana y por ella, traza cada día en términos de resistencia y construcción ofensiva del socialismo.

La solidaridad internacionalista no debe ser una celebración retórica, sino un compromiso cotidiano. Y debe ir acompañada de la capacidad de reconocer las contradicciones, exigir mejoras y apoyar todos los esfuerzos que permitan devolver a la población mejores condiciones de vida.

Porque Cuba no es solamente una isla querida por millones de personas en el mundo. Es una de las grandes cuestiones políticas de nuestro tiempo: el derecho de los pueblos a no ser puestos de rodillas.

Y Díaz-Canel, al elegir compartir las dificultades con su pueblo y defender su soberanía, representa esta voluntad de resistencia.

Cuba no pide compasión. Pide respeto, solidaridad y el derecho a vivir libre.

Tomado de Faro Di Roma

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