Internacionales

De Allende a Maduro: la hoja de ruta del Imperio

Por: Demián Verduga

Un grupo de helicópteros MH-47G Chinook del Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales de Estados Unidos volaba a 30 metros de altura sobre el Mar Caribe. En el agua turquesa se reflejaba la luz de la luna llena. Rodeando los helicópteros, a la derecha, a la izquierda, detrás y adelante, volaban una serie de aviones de combate: F18, A18, B1. Si no se tratara de la maquinaria de la muerte, podría compararse el despliegue con el que hacen las gaviotas cuando viajan en grupo.

Eran cerca de las dos de la mañana del viernes tres de enero de 2026 y faltaban pocos minutos para que llovieran bombas sobre Caracas. Los aviones atacarían las instalaciones de las antenas de Cerro Volcán para interrumpir las comunicaciones y las defensas antiaéreas de la base La Carlota. Despejarían el camino para los helicópteros que serían los encargados de bombardear Fuerte Tiuna y secuestrar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

Medio siglo antes, a las cuatro de la mañana del 11 de septiembre de 1973, tres aviones Hawker Hunter de la Fuerza Aérea de Chile volaban a pocos metros del agua fría de la bahía de Valparaíso. Los botes de los pescadores se bamboleaban con el movimiento suave de las olas como si nada malo pudiera ocurrir en el mundo hasta que el vuelo rasante de los Hunter agitó las aguas.

El ataque en marcha era la Operación Silencio, primera fase del golpe de estado comandado por Augusto Pinochet. Los Hunter tenían que bombardear las antenas de las radios partidarias del gobierno de Salvador Allende. Él había ganado las elecciones tres años antes con una idea que había enamorado a millones de personas dentro y fuera de Chile: construir un país socialista por la vía democrática.

Los puntos en común de estas dos madrugadas son varios más que el vuelo rasante sobre el mar de las aeronaves de combate. Los documentos desclasificados del Departamento de Estado de EE UU permiten conocer en detalle cómo se gestó el derrocamiento de Allende desde la Casa Blanca. Son una muestra de que aquel accionar imperial de la década de 1970 ha vuelto con todo su vigor. O quizás nunca se había ido.

El 9 de septiembre de 1970, cinco días después del triunfo de Allende, el presidente estadounidense, Richard Nixon, convocó a varios funcionarios a una reunión en la Casa Blanca. El objetivo era definir qué hacer con lo que había ocurrido en Chile. Nixon lo consideraba una amenaza a la seguridad nacional.

“Podemos provocar su caída, tal vez, sin ser contraproducentes”, sugirió en ese encuentro el secretario de Estado, William Rogers, que se oponía a una escalada demasiado notoria. “Tenemos que hacer todo lo posible para herirlo y derribarlo”, fue la opinión del secretario de Defensa, Melvin Laird.

Nixon miró hacia la ventana de la Oficina Oval. “Nuestra principal preocupación es la posibilidad de que Allende pueda consolidarse y la imagen proyectada al mundo sea su éxito”, dijo.

Durante esos días, Nixon exploró con el embajador americano en Santiago, Edward Korry, la posibilidad de que los militares chilenos impidieran que Allende asumiera en noviembre. Korry le contestó en un documento que las fuerzas armadas no veían “espacio” para una intervención a menos que “el país entre en caos”.

El debate crecía dentro del gobierno norteamericano. Un documento de la Oficina de Asuntos Interamericanos del Departamento de Estado sostenía que si se adoptaba una posición demasiado hostil contra un gobierno surgido de elecciones democráticas “se reducirá nuestra credibilidad en todo el mundo, aumentará el nacionalismo dirigido contra nosotros”. “Será utilizado por Allende para consolidar su posición con el pueblo chileno y ganar influencia en el resto del hemisferio”.

La visión opuesta la impulsaba el asesor de Seguridad de la Casa Blanca, que luego sería secretario de Estado. Era un hombre de nariz aguileña, nacido en una familia de judíos alemanes que habían huido de las persecuciones antisemitas en su país natal: Henry Kissinger.

El 29 de octubre de 1970, cuando faltaban pocos días para que Allende asumiera el gobierno, Kissinger organizó una reunión con Nixon a la que asistirían varios funcionarios. La orquestó en un horario que le permitiría a él tener un encuentro a solas con el presidente antes de que llegaran los demás.

Kissinger abrió la puerta de la Oficina Oval. Llevaba en la mano derecha una carpeta de cuero negra con el documento que había elaborado. Caminó hacia el escritorio detrás del que estaba sentado Nixon y recostó la carpeta sobre la mesa.

“La elección de Allende como presidente de Chile plantea para nosotros uno de los desafíos más serios jamás enfrentados en este hemisferio”, decía el documento.

 “Su decisión sobre qué hacer puede ser la más histórica y difícil de asuntos exteriores que tendrá que tomar este año”, agregaba con dramatismo. “El ejemplo de un gobierno marxista electo con éxito en Chile tendrá un impacto en otras partes del mundo, especialmente en Italia. La propagación imitativa de fenómenos similares afectará significativamente el equilibrio mundial y nuestra propia posición”.

Cuando el resto de los funcionarios llegaron al encuentro, Nixon tenía la decisión tomada. Había que trabajar para el derrocamiento de Allende.

El plan tendría varios ejes. Se desplegaría una guerra económica bloqueando el acceso de Chile a préstamos internacionales, manipulando el precio internacional del cobre para reducir los ingresos del principal producto de exportación chileno y bloqueando importaciones estratégicas. También habría una guerra política con agentes de la CIA en el terreno para impulsar la agitación social. Se infiltrarían en las fuerzas políticas opositoras y en el movimiento que había llevado a Allende al poder para radicalizar posiciones y fomentar la fragmentación. Además, se articularían acciones con las dictaduras de Brasil y Argentina para apuntalar el hostigamiento.

Todo suena tan cercano. Lo que pasó en Venezuela es que ese mismo despliegue no alcanzó para fracturar a las fuerzas armadas y Donald Trump decidió dar un paso más y sumar un ataque militar.

Las diferencias sobre las situaciones internas del Chile de 1970 y la Venezuela de 2026 existen, por supuesto que sí, pero son temas que deberían resolver los propios pueblos. Lo que no cambia es el accionar del Imperio, que ataca de nuevo.

Tomado del Tiempo Argentino

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