Los periodistas antipatriotas venezolanos no son una anomalía del sistema: son su producto acabado. Artículo exclusivo para la RedH de Clodovaldo Hernández
En el ataque militar de Estados Unidos contra Venezuela tuvieron un peso considerable periodistas de nacionalidad venezolana. Lo solicitaron durante años; se sumaron a las matrices de opinión que se diseñaron para justificarlo; y, una vez consumado, trabajan para legitimar la agresión y difundir la narrativa imperial, según la cual, Donald Trump y su pandilla gobiernan el país a su antojo.
Naturalmente, la primera reacción ante esta participación de comunicadores sociales en una trama tan antipatriótica y proimperialista es condenar individualmente a estas personas, denunciarlos como cipayos, vendepatrias y traidores. Pero, pasado ese impulso, es necesario reflexionar acerca de lo que significa esta conducta en profesionales que —al menos en teoría— tienen una formación política, un bagaje cultural e histórico, y responden a unos lineamentos éticos, entre los que destacan la defensa de la vida, la paz, la soberanía y el derecho internacional.
Y esa reflexión sobre el envilecimiento del periodismo nos conduce al mismo lugar donde se ubica el origen de la degradación de tantas otras profesiones y oficios: a los tempranos años 90, con el auge del neoliberalismo y el reino del capitalismo salvaje, que hizo eclosión luego del colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y de todo lo que la existencia de esa nación —en cuanto contrapeso—implicaba como referente de un sentido, de un modo de estar en el mundo.
Hasta la década de los 80, casi todo el periodismo en el mundo era —utilizando una generalización audaz— de izquierda. Con los matices propios de cada país, esta era una profesión de gente que se concebía a sí misma como consagrada a lograr el cambio social, entendido como disminución de la desigualdad (en el orden mundial y dentro de sus propias sociedades) y atención a los problemas de los sectores más desfavorecidos.
Han pasado apenas 35 años y hoy el periodismo es rematadamente de derecha, en este caso sin necesidad de generalizaciones atrevidas. De nuevo, con los bemoles respectivos, lo que queda de la profesión (hay que advertir que la mayor parte de las comunicaciones masivas de hoy son no periodísticas) parece estar a cargo de personas que quieren reproducir el modelo capitalista salvaje, justificar sus iniquidades, perfumar sus crímenes y, por supuesto, tratar de subirse —o de no ser expulsados— del tren en marcha de ese abominable orden de cosas.
Los periodistas venezolanos que pidieron y aplaudieron el bombardeo de su país son una prueba de ello. Pero no la única. El escenario comunicacional está repleto de ejemplos similares y así ha quedado en evidencia con el genocidio en Gaza y varios casos de parecido tenor.
¿Por qué ocurrió un cambio tan estructural en un tiempo tan corto, un abrir y cerrar de ojos en términos históricos? Ha habido dos grandes causas. La primera es que el poder mediático fue total o parcialmente fagocitado por las grandes corporaciones de la economía capitalista: la banca, los fondos de inversión, la industria bélica, el sector petrolero y minero, el complejo médico-farmacéutico y el agronegocio, entre otros.
Esos que antes ejercían presión sobre los medios por ser sus grandes anunciantes publicitarios, ahora ya son, directamente, sus dueños.
La segunda razón es que la ideología neoliberal no se conformó con apropiarse de las empresas periodísticas, sino que se ocupó también de colonizar los gremios profesionales y los ámbitos de formación de los nuevos periodistas. Hasta esas escuelas y facultades universitarias que antes fueron referencia de un periodismo combativo y sólido, terminaron convertidas en fábricas de comunicadores alienados, listos para entrar al servicio de las ideas dominantes, sin siquiera hacer gala de una juvenil resistencia.
El punto de la propiedad
Revisemos la primera razón. En una fase inicial del fenómeno de cambio en la identidad de los propietarios, observamos que periódicos, revistas, radioemisoras y televisoras de todos los tamaños, en todas partes, dejaron de tener dueños claramente identificables, muchas veces pertenecientes a una segunda o tercera generación de editores y portadores de algún nivel de vocación periodística. Pasaron a estar en manos de accionistas casi siempre anónimos, pero ligados a los intereses más oscuros del ámbito empresarial: la especulación financiera, la guerra, el expolio de recursos naturales a países pobres, la explotación de la enfermedad como negocio; la producción de alimentos transgénicos y la imposición de la comida chatarra, por solo mencionar algunas actividades.
Como es natural, los nuevos dueños llegaron a esos medios para cuidar sus intereses y por ello comenzaron limpiando la casa. Los viejos carcamales comunistas, socialistas, izquierdistas o progresistas (aunque no fuesen, en sentido recto, ni viejos ni carcamales) fueron puestos frente a una disyuntiva: o se adecuaban a las líneas editoriales de los recién llegados o se iban con su música a otra parte. Muchos se adecuaron; otros se extinguieron.
En una segunda fase, marcada por la irrupción de lo digital, los medios convencionales han ido desapareciendo o quedaron relegados a un plano muy subordinado. Los que se mantienen en pie están bajo control de sus accionistas billonarios y, como tales, se les usa para lanzar matrices que sostienen el statu quo y criminalizan a cualquiera que los adverse, sean individuos, colectivos, países, ideologías o religiones.
[Algunos de estos órganos tradicionales o, al menos, sus marcas y el valor reputacional que habían acumulado, han mutado a una forma nueva de colonialismo al fungir de “supermedios” que fijan, desde el norte, la agenda de países del sur global, a través de su supuesta objetividad y el prestigio que alguna vez tuvieron. Pero abordar ese punto sería una larga digresión].
En el escenario actual, cuyos más recientes cambios datan de unos pocos años, el grueso de los flujos informativos y de opinión que antes canalizaban los medios convencionales, ahora están en manos de las plataformas y redes sociales, bajo el imperio de los algoritmos y de líneas editoriales e informativas fijadas por una élite, mediante mecanismos tecnológicos solo accesibles para los nuevos terratenientes de la comunicación masiva.
La colonización del periodismo
Así llegamos al punto nodal de este análisis. Esos periodistas venezolanos que clamaron por el bombardeo, que lo celebraron, que lo justifican y que ahora se esfuerzan por presentarlo como una acción justiciera y válida no son una anomalía del sistema. Son el sistema, su producto deliberado y acabado.
La conquista del estratégico territorio donde opera la fuerza laboral de la comunicación masiva se llevó a cabo mediante varias operaciones:
El discurso de la meritocracia versus la organización colectiva. Desde finales de los años 80, sobre la ola de la gerencia tecnocrática y con el hechicero discurso de la meritocracia, se destruyó sistemáticamente la contratación colectiva en los medios de comunicación.
Se aprovechó para ello una de las conocidas debilidades de las personas dedicadas a este oficio: el egocentrismo. A los trabajadores se les empezó a tentar —por separado, faltaría más— para que abandonasen los contratos colectivos y asumieran relaciones laborales individuales, supuestamente ventajosas para ellos, porque reconocerían sus mejores cualidades, frente a las de compañeros mediocres, entre ellos los ya mencionados viejos carcamales.
A la vuelta de unos pocos años, la organización sindical estaba en ruinas y eso no sólo facilitó los despidos y la imposición de condiciones de trabajo que antes eran inaceptables, sino también debilitó la capacidad que los periodistas, como ente colectivo deliberante, tenían de influir en las líneas editoriales e informativas. Los dueños y sus empleados más obsecuentes tuvieron desde entonces el dominio absoluto de los contenidos publicados.
La cooptación de los cuadros docentes. La otra gran maniobra realizada durante aquel período de post-Guerra Fría fue tomar por asalto la Academia. El neoliberalismo en auge lo hizo en todos los campos del saber, pero a los efectos de este análisis, resaltaremos la conquista ideológica de las facultades y escuelas de Comunicación Social. El proceso se enfocó en los cuadros docentes que, como se dijo antes, eran marcadamente de izquierda, en sus diversas tonalidades o, en todo caso, promotores de un tipo de periodismo que tenía muy claro conceptos como la lucha de clases, los aparatos ideológicos y el papel social de las comunicaciones masivas.
En la batalla por apoderarse de las tribunas académicas, los nuevos colonizadores se anotaron tempranos éxitos al reclutar a algunos de los profesores más (aparentemente) sólidos y convencerlos de asumir una conveniente “moderación”, cuando no de tornarse en radicales del nuevo credo global, el del libre mercado y la globalización económica y cultural.
Al lograr la cooptación de estos cuadros de alto nivel, consiguieron modificar la esencia teórica, filosófica y técnica del periodismo. De resultas, varias generaciones de profesionales egresaron de las universidades con enormes carencias o deformaciones epistemológicas y éticas. Son los productos humanos ideales para una maquinaria comunicacional que privilegia lo banal y le tiene horror a cualquier idea profunda. Muchas de esos son los que llegan al extremo aberrante de pedir y ovacionar un bombardeo contra su propio país de nacimiento.
Modelar ese tipo de comunicadores sociales en la esfera universitaria fue una tarea relativamente fácil porque, a partir de la referida frontera temporal, los años 90, la mayor parte de los estudiantes de esta carrera eran de clase media, es decir, provenían de colegios privados en los que ya se les había formado para ser piezas útiles al capitalismo global, con poco sentido de la historia y de la nacionalidad. Su cosmovisión era la de dicha clase social: abominación de los pobres y aspiración de ascenso social individual o, a lo sumo, familiar.
También estamos hablando de las generaciones formadas, desde sus primeros años, en la efervescencia de una época de transculturización intensiva, consumada por la televisión por cable y satelital, los videojuegos y, luego, internet y las redes sociales.
Terreno abonado para la lucha de clases invertida
El trabajo ideológico realizado por el capitalismo desbocado a lo largo de más de tres décadas ha dado frutos en muchos campos. Por eso está en marcha una contrarrevolución que se expresa en alarmantes retrocesos en materia de derecho internacional, derechos humanos, políticos y laborales. En la arena periodística, se manifiesta en una profesión extraviada éticamente, esclavizada por poderosos patronos y sin capacidad —o sin interés— de respuesta gremial.
En el caso venezolano, los frutos de esta estrategia son periodistas que, como individualidades o formando parte de medios falsamente independientes (financiados por el poder imperial o las fuerzas corporativas que codician las riquezas minerales venezolanas) han desempeñado el triste papel de atentar contra sus compatriotas y defender el “derecho” de EEUU a la injerencia política, a las sanciones económicas, al bloqueo militar y, ahora, al bombardeo y el secuestro del presidente constitucional y de su esposa, diputada a la Asamblea Nacional.
Son agentes entrenados para una lucha de clases a la inversa: la lucha de las minorías enriquecidas contra las mayorías esquilmadas y sometidas; y la lucha de las élites mundiales contra los países del sur.
El fenómeno es, obviamente, de una alta complejidad. Visto desde la órbita del periodismo, una de ellas es la paradoja que marca el ámbito de las comunicaciones masivas: en un mundo cada vez mejor conectado, con dispositivos de comunicación democratizados en extremo, el control ideológico ejercido por la minoría dominante no sólo no ha cedido, sino que, muy por lo contrario, se ha hecho casi absoluto.
Son numerosos, aunque todavía muy insuficientes, los estudios sobre cómo ese control redoblado se perpetra mediante complejas operaciones algorítmicas que únicamente pueden ser llevadas a cabo por los dueños de las corporaciones tecnológicas que manejan las redes y plataformas. Pero, al analizar el proceso histórico que nos ha llevado a tan drástico retroceso, tenemos que mirar más allá de los señores tecnofeudales y estudiar cómo es que los trabajadores de la comunicación han mutado en estos años para adaptarse y sobrevivir (objetivo de todas mutaciones), convirtiéndose mayoritariamente en agentes de una pavorosa regresión histórica.
Tomado de REDH

