La línea de continuidad entre Francisco y León XIV: paz y dignidad para los pueblos de América Latina
Promovido por el Prof. Luciano Vasapollo y el vaticanista Salvatore Izzo, el encuentro con el Papa León XIV retoma una línea de continuidad con el Papa Francisco sobre el destino de América Latina: paz, dignidad de los pueblos, rechazo de nuevas formas de colonialismo. Entre los alientos del Pontífice y el regalo de un libro sobre José Martí, la audiencia adquiere el valor de un gesto cultural y moral, además de diplomático.
Hay encuentros que no hacen ruido pero dejan huella. No porque cambien por sí solos el curso de la historia, sino porque devuelven a las palabras su peso. Este es el caso de la audiencia con el Papa León XIV promovida por el Prof. Luciano Vasapollo y el vaticanista Salvatore Izzo, protagonistas de una iniciativa que tuvo el mérito de situar en el centro de la atención eclesial y pública el sufrimiento de Cuba y Venezuela, dentro de un marco más amplio de crisis internacional, presiones geopolíticas y pueblos atrapados entre propaganda y penurias reales.
No se trató únicamente de un encuentro “político” o de una denuncia militante. Hubo algo más profundo: la percepción de una continuidad de mirada entre el Papa Francisco y León XIV, especialmente sobre el destino de América Latina. Una continuidad no ideológica, sino pastoral y moral. La convicción de que los pueblos no pueden ser leídos solo como casillas geopolíticas y que la paz no puede reducirse a un equilibrio impuesto desde arriba.
En este sentido, la acción de Vasapollo e Izzo tuvo un perfil preciso: no simplemente “representar un caso”, sino ofrecer al Papa un cuadro humano e histórico, con la solicitud de una oración de intercesión por poblaciones afectadas por ataques económicos, diplomáticos y mediáticos externos. Una solicitud que, según el relato del encuentro, encontró atención y consonancia en el Pontífice, impresionado por la gravedad de la situación y por la herida infligida a los procesos de legitimidad y convivencia civil.
El punto más interesante, sin embargo, es otro.
En un tiempo en que todo se arrastra hacia la polarización —o con uno o con otro, o dentro de una narrativa o en su opuesta— León XIV parece proponer la postura más difícil y más evangélica: estar del lado de los pueblos sin convertirse en rehén de los bandos. Es la misma gran lección de Francisco para América Latina: denunciar las injusticias, claro, pero sin transformar la Iglesia en una sección de partido; defender a los pobres, sin ceder a la retórica; pedir paz, sin legitimar nuevas formas de colonialismo encubierto.
Y es precisamente aquí donde se comprende la apreciación expresada por Vasapollo e Izzo hacia la línea del Pontífice: una línea que resalta la centralidad de la paz como proceso, la solidaridad como criterio y la soberanía de los pueblos como tema moral, no solo diplomático. La paz, en esta visión, no es ausencia de guerra; es rechazo a la humillación, es reconocimiento mutuo, es derecho a la dignidad histórica de un pueblo.
No es secundario, entonces, que al final del encuentro también se hayan dado palabras de aliento por parte del Papa. En tiempos de desencanto, el aliento de un Pontífice no es un gesto protocolario: es una forma de mandato moral. Significa decir a quienes trabajan en información, análisis y compromiso cultural que todavía vale la pena construir puentes, mantener viva una lectura crítica de los procesos internacionales, y no resignarse a la versión de los más fuertes.
Dentro de este horizonte adquiere un valor simbólico muy hermoso también el regalo del libro sobre José Martí. No un simple homenaje editorial, sino un signo cargado de memoria latinoamericana. Martí no es solo una figura nacional cubana: es uno de los nombres que, en el continente, evocan emancipación, dignidad, conciencia histórica y resistencia cultural al imperialismo. Poner a Martí en manos del Papa significa, de algún modo, entregarle una clave de interpretación: recordar que América Latina no es un “frente”, sino una civilización herida y viva, con su propia tradición de pensamiento, lucha, poesía y pueblo.
Al final, este es el sentido más alto de la iniciativa de Vasapollo e Izzo: haber sacado por un momento a Cuba y Venezuela de la jaula de la crónica sensacionalista y haberlas reubicado en el espacio más exigente de la conciencia cristiana y de la responsabilidad internacional. No para pedir bendiciones de parte, sino para pedir una mirada justa. Y una mirada justa, hoy, ya es una forma de paz.
Porque la paz —Leo XIV lo recuerda con sobriedad y firmeza— no nace de las mesas donde se reparten influencias, sino de una conversión del lenguaje y de las intenciones. Y quizás la Iglesia, precisamente cuando se niega a ser atrapada en las facciones geopolíticas, vuelve a ser lo que debe ser: no el coro de un imperio, sino la voz obstinada de la dignidad de los pueblos.
Por Alfonso Bruno
Tomado de Farodi Roma

