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¿Conversamos o negociamos con la Administración Trump?

Por Ernesto Limia.

Nunca la Revolución se negó a conversar con Estados Unidos, un vecino que pese a la grandeza de Abraham Lincoln —paradigma de Martí y Fidel— es el principal adversario de la nación cubana desde hace más de doscientos años.

A pesar de la acogida a los personeros de Batista —con manos manchadas de sangre y maletas atestadas de dinero robado al erario público—; la campaña de descrédito por juzgar a los torturadores y los pilotos que bombardearon la Sierra Maestra; y la negativa de Dwight Eisenhower a recibirlo, el 19 de abril de 1959 Fidel se reunió con el vicepresidente Richard Nixon para explicarle la necesidad de implementar la reforma agraria y otras medidas que constituían un reclamo popular. Fidel lo sabía el promotor del golpe de Estado contra Árbenz en Guatemala en 1954 y el garante de las dictaduras sangrientas en América Latina, mas debía evitar la confrontación. No lo consiguió y debimos hacer frente a la invasión de Girón. Derrotada la agresión, la Operación Mangosta diseñada por el Pentágono y la CIA convirtió a los campos de caña y sembradíos de tabaco en pasto de las llamas. El acoso económico y el terrorismo de Estado que impulsaron el revanchismo de la Administración Kennedy tras el fracaso, se propuso generar el escenario interno adecuado para una invasión directa, cuyo desenlace puso al mundo al borde de un holocausto atómico en la llamada Crisis de Octubre. Pese a ello, en noviembre de 1963 Fidel no dudó en recibir al periodista francés Jean Daniel, enviado por el presidente estadounidense para explorar posibilidades de diálogo, sin sospechar que en París la CIA preparaba a Rolando Cubela para asesinarlo.

En 1976 se produjeron intercambios de mensajes con la Administración Ford que no condujeron a nada y tras el ascenso en 1977 de James Carter —años después Fidel lo calificó como un amigo con la serenidad suficiente y el valor para abordar el tema de las relaciones bilaterales— se llevó a cabo un proceso de conversaciones que propició la apertura de secciones de intereses en los dos países.

En 1981 Ronald Reagan llegó al Despacho Oval cogido de la mano con la mafia batistiana en la Florida y, dada su alianza con la Fundación Nacional Cubano Americana que presidía Jorge Mas Canosa —padre de Jorge Mas Santos, el dueño del Inter de Miami—, nos incluyó en la lista de países que patrocinan el terrorismo. El general Alexander Haig, a quien Kennedy encargó la atención de la Brigada 2506 tras la derrota en Girón y de 1974 a 1979 comandó la OTAN, como secretario de Estado promovió la idea de una invasión que halló eco en la prensa como parte de la guerra psicológica. Con el Gobierno de México como facilitador, el 23 de noviembre de 1981 el vicepresidente cubano Carlos Rafael Rodríguez se reunió en secreto en el D.F. con Haig, quien exigía la retirada de nuestros maestros en Nicaragua —arguyó que eran asesores militares—; romper relaciones con la URSS; y poner fin a la solidaridad con África y América Latina.

Mandatado por Fidel, Carlos Rafael mostró la disposición cubana a entregar una lista de los 2 759 maestros con el lugar en que vivían y enseñaban en la Isla y los lugares donde trabajaban en Nicaragua. Haig no entendió de razones: calificó las negociaciones con Carter de “tácticas de dilación” y señaló a Cuba como una amenaza a la paz que estaba exportando revolución y derramamiento de sangre. ¿Qué respondió Carlos Rafael?: “Nosotros también estamos listos para una confrontación. Sabemos que una confrontación sería traumática para nuestro pueblo. No tenemos dudas al respecto. Pero nosotros tampoco tememos a una confrontación. A lo que tememos es a una confrontación innecesaria, en la que, como consecuencia de errores de ambas partes, de la falta de comunicación, mueran miles de estadounidenses y cientos de miles de cubanos. Eso nos preocupa. […]. Si fuese necesario, puedo irme cualquier día a Nueva York y organizar una reunión diferente más detallada. Pero varias de sus interpretaciones personales que, como usted dice, también son coherentes con las interpretaciones del presidente de los Estados Unidos, me generan gran preocupación. […]. Podemos y debemos seguir debatiendo todos estos temas. Usted dice que se nos está agotando el tiempo. Aprovechémoslo al máximo”.

Haig quedó aislado en el Consejo de Seguridad Nacional cuando se discutió el plan de invasión. El Pentágono y la CIA advirtieron que la aventura generaría un costo que la Administración no necesitaba pagar, porque Cuba no constituía una amenaza a la Seguridad Nacional de Estados Unidos. Por el contrario, poco después por indicación de Fidel la Inteligencia cubana compartió información sobre un plan de atentado que se preparaba contra Reagan en el propio territorio de la Unión.

Con William Clinton se llegó a un acuerdo migratorio tras el éxodo de 1994, que se respetó por ambas partes, incluso, cuando en 1996 Clinton decidió promulgar la Ley Helms-Burton. Ya en el mandato de Raúl, por meses se negoció en absoluto secreto con la Administración de Barack Obama, hasta el anuncio del 17 de diciembre de 2014 que permitió inaugurar un camino tendente a la normalización de las relaciones bilaterales y el anhelado regreso de nuestros Cinco Héroes a cambio de Alan Gross, contratista de la CIA detenido in fraganti en La Habana.

En prácticamente todas estas conversaciones y negociaciones estuvo presente la mediación de actores internacionales. No es extraño entonces, que, en las actuales circunstancias, con un gabinete fascista en la Casa Blanca encabezado por un individuo de moral retorcida, emerja el interés de buscar un acuerdo tendente a evitar una confrontación armada. Estuve entre quienes consideró que Trump mentía cuando habló de negociaciones —de todos es sabido que es un mentiroso patológico— y que Cuba estaba a punto de rendirse a sus pies. Lo expresé tanto en el espacio televisivo Mesa Redonda como en intercambios que sostuve entre el 2 y el 9 de marzo en Uruguay, donde se me preguntó al respecto. No me siento objeto de burla porque la discreción de nuestro Gobierno me hiciera errar. Como ha sido práctica de la diplomacia cubana —enraizada en valores éticos y el respeto a nuestros interlocutores—, no es Cuba quien revela el contenido de lo que se conversa sin previo acuerdo de las partes. Como ya apunté, se ha conversado en secreto por 67 años y el patrón es el mismo desde los tiempos de Fidel.

Una vez que el presidente Miguel Díaz-Canel lo anunció, cambió el escenario. En tiempos de guerra cognitiva subestimar los efectos de las campañas en la jungla digital entre varios segmentos del país, es ceder la iniciativa al adversario. No hay que revelar el contenido de las conversaciones —no “negociaciones”, como intentan sembrar la prensa estadounidense y los medios anticubanos—; pero después del trascendido es necesario explicar al pueblo qué llevó a sentarse en una mesa “formal” con una administración que exige la rendición incondicional y asume toda concesión como un gesto de debilidad. La manera caótica en que se ha producido la respuesta en las redes frente a la sorpresa, la incertidumbre y la preocupación de nuestra gente —atizada por el diseño de guerra psicológica desplegado por la Administración Trump—, pone de manifiesto que las instituciones y medios encargados de la comunicación política minimizan la importancia de explicar a quienes llegado el momento pudieran tener que afrontar una invasión militar. Sin revelar más allá de lo posible se puede construir consenso, esa es una lección que nos dejó Fidel. La generación que vivió ese tipo de conversaciones por décadas, falleció o está en la cuarta edad. A cada generación hay que contarle la historia y en medio de tantas adversidades nos corresponde enamorar, persuadir, orientar, sumar al combate por los destinos de la nación.

Escribí acerca de los hechos que culminaron con la aprobación de la Enmienda Platt en una serie que puede encontrarse en La Jiribilla (online). Los constituyentes que ante las presiones yanquis cambiaron su voto para aprobar este apéndice ominoso a la Constitución que inauguró en 1902 la República neocolonial, pudieron hacerlo después de que cerraron las puertas del Teatro Martí al pueblo que hasta entonces participó en las sesiones. Ello les permitió ceder. No tengo duda de que les hubiera resultado imposible hacerlo en vida de Martí y Maceo; pero ante la ausencia de ambos líderes antimperialistas, la presión popular se tornaba un escollo difícil.

En cuanto a las conversaciones que estamos sosteniendo en la actualidad, en mi modesta opinión son necesarias porque hasta en la guerra los adversarios intercambian en la búsqueda de un punto mínimo de acuerdo. No obstante, considero que, a sabiendas de que cualquier noticia asociada a Cuba despierta interés, Trump está lanzando una cortina de humo para eludir la presión del caso Epstein y los resultados calamitosos de su invasión a Irán, que amenazan con el ascenso a cifras récords del precio del petróleo y una recesión económica mundial. Sin contar que la resistencia del pueblo iraní lo está haciendo parecer un bufón, al punto de que ninguno de los aliados de la OTAN ha aceptado inmiscuirse.

Pronostiqué el 25 de agosto de 2025 en una entrevista a Alma Plus que se produciría un golpe quirúrgico contra Venezuela, al que sucedería una agresión a Irán —cuarto suministrador de petróleo de China— y en dependencia del desenlace de ese conflicto vendrían por Cuba. Lo advertí como algo inevitable en una nota del 17 de diciembre en este modesto muro de Facebook. Con dolor —dadas las previsibles consecuencias de una guerra—, expresé en Uruguay que a nuestra generación podría tocarle defender a la Revolución con las armas. Y tras escuchar las reiteradas amenazas en las últimas 48 horas por Trump y Marcos el Pequeño —o Marcos Zapatones—, me confirmo que si el desenlace en Medio Oriente favorece a Estados Unidos tendremos que luchar. No tengo duda de que nuestro Gobierno no hará concesiones de principios, que nada ni nadie podrá arrodillar a este pueblo de cimarronas y cimarrones que cogió las riendas de su destino en 1959. La Generación del Centenario no dejó morir las ideas del Apóstol a manos de Batista en el año de su centenario. Nuestra generación no dejará morir las ideas de Fidel a manos de los hijos y nietos de los personeros de Batista en el año de su centenario. Somos un pueblo que tiene a la justicia como Sol del mundo moral y a la dignidad como pilar de nuestra construcción moral. Y desde niños, desde bien niños, aprendemos con el himno que “¡Morir por la patria es vivir!”.

Foto de portada: Yaimi Ravelo.

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