Internacionales

¿Discurso o dictado?

Por Francisco Arias Fernández.

Puede ser el diario español El País, la agencia EFE, otra homóloga del Viejo Continente, un diputado europeo, un politiquero floridano, un presidente pro yanqui de América Latina, Axios, Político o Bloomberg. 

El dictado de Washington hay que repetirlo hasta el cansancio, no importa cuán incierto sea, cuánto odio encierre y qué cuota de ofensa lleve en cada palabra, contra países, seres humanos, sus líderes o la dignidad de una nación.

La directiva anticubana o contra cualquier adversario de la Casa Blanca está diseñada con palabras exactas, robóticas, destructivas, intimidatorias o desafiantes. El diccionario de la Guerra fría se quedó corto; la incitación a la acción bélica, a la violencia y la venganza llevan implícitos los deseos de matar y desaparecer, de destruir y borrar, no de convivir y respetar, sin espacio para la libertad, la paz o los derechos.

El periodismo fascista y supremacista asoma desde Estados Unidos, con entes reproductores en la Europa obediente, los gobiernos sumisos de Latinoamérica, parlamentos, las organizaciones internacionales pagadas y bajo órdenes expresas del Departamento de Estado o medios al servicio de la Comunidad de Inteligencia norteamericana o manipulados por acaudalados terroristas del sur de la Florida.

«Régimen, dictadura, élites, cúpulas, ineptos, comunistas, corruptos, asesinos, castrismo criminal…» son los término infames que tratan de convertir en palabras comunes o frases hechas, a la medida del bombardeo subversivo contra el pueblo de Cuba y su liderazgo.

Discursos, entrevistas, declaraciones al pie del avión presidencial o en pleno vuelo; intervenciones públicas, rebuscadas o intencionadas de altos funcionarios del ejecutivo; filtraciones; mensajes grabados,  escritos o para plataformas en redes digitales; artículos y columnas por encargo del Departamento de Estado; chismes e infundios de mercenarios vulgares del antiperiodismo miamense y ciberpandilleros habituales, amamantan a los buitres de la desinformación, arman las políticas editoriales para pasar de la amenaza al ultimátum; de la incitación a la convocatoria; del miedo al pánico; de la mentira como arma, a la muerte bajo las bombas. 

Justificar la agresión y el genocidio contra un país a base de mentiras, engaños y falsas expectativas,  e incluso preparar a la opinión pública interna en EE.UU., del mundo y de la isla para una potencial acción armada, revelan la falta de escrúpulos y la gravedad de los hechos, la dimensión de la amenaza externa y de la firmeza de los defensores de la independencia, la soberanía y las conquistas sagradas de los cubanos que han vencido durante 67 años por su unidad y no por las divisiones; por su resistencia heroica ante todas las pruebas, por la confianza en su capacidad para defender su verdad y sus ideas, sin miedos y curados de espanto.

Tomado de Granma / Ilustración de portada: Michel Moros.

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