Manipulación de crisis reales a través de redes sociales y titulares para fabricar otra realidad
Un reportaje publicado por el diario El País permite observar cómo una crisis real puede convertirse, mediante plataformas digitales, lenguaje bélico y exageraciones, en materia prima para intentar fabricar otra realidad
Por Emilia Reed.
«Ceuta es ahora Gaza». «Marruecos declara la guerra a España». «Invasión militar». No son partes de guerra ni declaraciones oficiales, sino titulares difundidos en redes sociales para desestabilizar al Gobierno español.
Un reportaje publicado por el diario El País permite observar cómo una crisis real puede convertirse, mediante plataformas digitales, lenguaje bélico y exageraciones, en materia prima para intentar fabricar otra realidad. El caso analizado es «Estrategias Militares», una red en español con unos 560 000 suscriptores en YouTube y cerca de 190 millones de visualizaciones, dirigida desde Israel contra el Gobierno español.
Su fórmula consiste en unir relatos que a primera vista parecen separados. Por un lado, defiende las posiciones del Gobierno de Benjamin Netanyahu y las operaciones militares israelíes. Por otro, presenta la crisis migratoria de Ceuta como una operación de guerra de Marruecos facilitada deliberadamente por el Gobierno de Pedro Sánchez. Así, inmigración, Gaza, política española y geopolítica terminan dentro de una misma historia: España estaría bajo ataque y sus gobernantes serían cómplices.
El formato es el mensaje. Música inquietante, imágenes dramáticas y palabras como «guerra», «invasión» o «traición» convierten la información en espectáculo. El investigador Iago Moreno, autor del artículo, llama «pornografía militar» a este género digital basado en la espectacularización de conflictos, armas y amenazas. Su eficacia no depende solamente de convencer mediante argumentos. Busca mantener al público mirando, compartiendo y reaccionando. Y eso coincide con el modelo comercial de las plataformas, donde la atención genera ingresos.
«Estrategias Militares» ha difundido, además, afirmaciones sin respaldo: cifras de migrantes superiores a las oficiales, un supuesto plan militar marroquí para tomar Ceuta y acusaciones de que el Ejecutivo español permitiría rodear instalaciones militares. Un video anunció incluso una «epidemia de sarna», aunque el Ministerio de Sanidad negó que existiera tal epidemia. Los migrantes fueron descritos como «alimañas». La desinformación cumple aquí la doble función de exagerar una amenaza y deshumanizar a quienes son presentados como responsables de ella.
Pero el aspecto más interesante del caso está en cómo circula la propaganda contemporánea. No hace falta imaginar siempre una oficina gubernamental enviando órdenes a cuentas falsas. El responsable de «Estrategias Militares» niega recibir financiación israelí, aunque muestra un descarado alineamiento político con Israel, retransmisiones identificadas como realizadas desde ese país, campañas de apoyo a soldados israelíes y la amplificación de sus contenidos por actores ideológicamente próximos.
Moreno explica esta lógica mediante la idea de «ecosistema». Un mensaje puede reverberar –es decir, repetirse y ganar fuerza– entre creadores, canales y organizaciones sin que todos respondan a un mando central. Afinidades ideológicas, búsqueda de audiencia, monetización y recomendaciones algorítmicas pueden hacer parte del trabajo. Marcelino Madrigal, especialista en campañas de desinformación, considera que estas redes pueden funcionar como infraestructuras capaces de proyectar determinadas narrativas y atacar simultáneamente a adversarios políticos.
Esto modifica una pregunta habitual: ¿quién paga? Sigue siendo importante seguir el dinero, pero ya no basta. También hay que preguntar quién amplifica un mensaje, qué emociones explota, qué plataformas lo premian y qué intereses termina favoreciendo. Un creador aparentemente independiente puede resultar más persuasivo que un portavoz oficial precisamente porque su audiencia no lo percibe como propaganda. La influencia se vuelve más difícil de identificar cuando adopta la apariencia cotidiana de un video recomendado por YouTube o una publicación reenviada en Telegram.
El caso de Ceuta muestra, finalmente, que la infraestructura de una guerra informativa puede construirse mucho antes de que llegue la crisis que la activa. Audiencias acumuladas, canales conectados y algoritmos orientados a maximizar atención permiten transformar rápidamente un acontecimiento en miedo, odio y movilización política. En la batalla digital, controlar la atención puede ser otra forma de controlar el terreno.
Tomado de Periódico Granma.

