Internacionales

Ignacio Ramonet: ‘El pensamiento crítico está dispuesto a modificar sus ideas cuando los hechos lo exigen’

Por Héctor Bujari Santorum

Ignacio Ramonet es una de las figuras más conocidas del periodismo internacional de las últimas décadas. Exiliado en su juventud, fundador de ATTAC y director de Le Monde diplomatique durante casi veinte años, su trayectoria ha estado ligada al análisis de la globalización neoliberal y el poder de los medios.

En esta exhaustiva conversación, analiza algunas de las grandes fracturas de nuestro tiempo: los desafíos éticos de la inteligencia artificial, la mutación de los medios bajo el yugo del algoritmo, la emergencia geopolítica de los BRICS y el Sáhara Occidental.

Nacido en 1943 en Redondela, creció en Tánger y estudió en Rabat, donde sus padres republicanos se exiliaron huyendo del franquismo. Más allá del análisis geopolítico, ¿cómo marcó esa experiencia vital de exilio su posterior mirada crítica sobre el mundo y qué vínculo personal y emocional mantiene hoy con Marruecos y con el conjunto del Magreb?

Mi experiencia del exilio fue probablemente la primera escuela de mi pensamiento crítico. Nací en Redondela en 1943, pero mi infancia y mi juventud transcurrieron esencialmente en Marruecos, primero en Tánger y después en Rabat, adonde mis padres habían llegado huyendo de las condiciones de vida en la dictadura franquista.

Crecer en Tánger fue una experiencia excepcional. Era una ciudad internacional, situada en una encrucijada entre Europa, África y el mundo árabe. Allí convivían —no siempre sin conflictos— españoles, marroquíes, franceses, italianos, británicos, judíos, cristianos y musulmanes. Ahí también pude ver muy de cerca lo que es el colonialismo, la discriminación, el racismo. Muy pronto comprendí que el mundo no podía reducirse a una sola cultura, una sola lengua, una sola religión o una sola manera de interpretar la marcha del mundo.

El exilio de mis padres también me enseñó algo fundamental: que la historia no es una abstracción. Puede irrumpir brutalmente en la vida de las personas, obligarlas a abandonar su país, su casa, su entorno social, su lengua y sus referencias. Ser hijo de exiliados significaba vivir con la conciencia de que aquello que nosotros considerábamos normal —la libertad, la democracia, poder vivir en tu propio país— podía desaparecer de un día para otro.

Creo que todas esas experiencias contribuyeron decisivamente a desarrollar en mí cierta desconfianza hacia las verdades oficiales, hacia los relatos únicos y hacia la arrogancia colonial. También me enseñaron a mirar los acontecimientos desde distintos lados de una frontera. Quizá por eso, más tarde, cuando me convertí en periodista, siempre intenté comprender los conflictos internacionales colocándome en el lugar de los diferentes protagonistas y preguntándome quién tenía el poder para imponer su relato.

Mi relación con Marruecos, por eso, no es solamente intelectual. Es profundamente personal. Allí están algunos de mis recuerdos más antiguos, allí estudié, allí descubrí el mundo y allí adquirí una parte esencial de mi formación. Marruecos forma parte de mi identidad biográfica, como también Galicia forma parte de ella. Y quizá por eso mi relación con el Magreb, y más ampliamente con el Sur global, ha sido siempre una relación de cercanía y de curiosidad. El Mediterráneo, para mí, nunca ha sido una frontera que separa Europa de África : ha sido un espacio que las conecta. Esa perspectiva, adquirida durante mi infancia y mi juventud, me ha acompañado durante toda mi vida profesional.

Dirigió la edición francesa de «Le Monde diplomatique» desde 1990 hasta 2008. Bajo su liderazgo, el periódico logró su independencia editorial de «Le Monde» en 1996. ¿Cómo vivió ese proceso?

Fue un proceso largo y, sobre todo, una batalla por preservar una idea del periodismo. Cuando llegué a la dirección de Le Monde diplomatique en 1990, el periódico pertenecía al grupo de Le Monde. Pero yo siempre consideré que un medio que pretende ejercer una función crítica debe disponer de un margen real de independencia respecto de sus propietarios, de los poderes económicos y también de los poderes políticos. A lo largo de aquellos años fuimos construyendo progresivamente esa autonomía. No se trataba simplemente de una cuestión administrativa o financiera. Lo que estaba en juego era algo mucho más importante : ¿quién decide qué se publica, qué temas se investigan y desde qué perspectiva se analizan?

En 1996 conseguimos finalmente, con la ayuda decisiva de nuestros lectores, que Le Monde diplomatique alcanzara su independencia editorial, e incluso empresarial, respecto de Le Monde. Fue un momento decisivo. Significaba que el periódico podía definir su propia línea, sus prioridades y sus análisis sin tener que someterse a la lógica de un gran grupo de prensa.

Para mí, la independencia no significa neutralidad. Un periódico puede y debe tener una línea editorial, unos valores y una determinada concepción del mundo. Lo esencial es que pueda defenderlos libremente y que sus periodistas puedan investigar y escribir sin recibir instrucciones de intereses externos.

En aquellos años también intentamos demostrar que era posible hacer una prensa de calidad que no estuviera subordinada a la lógica inmediata del mercado. Redujimos voluntariamente la publicidad para tampoco depender de los anunciantes. Le Monde diplomatique apostó por el tiempo largo: investigar, documentar, contextualizar, explicar. Frente a la información convertida en mercancía y cada vez más sometida a la velocidad, defendimos la idea de que los lectores merecen algo más que una sucesión de acontecimientos.

La independencia editorial conquistada en 1996 fue, por tanto, una victoria importante, pero nunca la consideré definitiva. La independencia de un medio de comunicación no es un estado que se alcanza una vez y para siempre. Hay que defenderla permanentemente, porque el contexto tecnológico evoluciona, los resultados económicos fluctuan y los mecanismos de presión cambian : antes podían proceder fundamentalmente de los propietarios o de los anunciantes; hoy intervienen también las grandes plataformas digitales, los algoritmos, las redes sociales y las nuevas concentraciones de poder tecnológico.

En ese sentido, aquella batalla de los años 1990 sigue siendo muy actual. La pregunta fundamental continúa siendo la misma: ¿puede existir un periodismo verdaderamente libre si no dispone de independencia económica y si no es capaz de preservar su autonomía frente a los poderes que pretende investigar y cuestionar ?

En diciembre de 1997, publicó un editorial en «Le Monde diplomatique» proponiendo la Tasa Tobin, un impuesto a las transacciones financieras internacionales, que llevó a la fundación de ATTAC. Como uno de sus fundadores, ¿qué balance hace de la evolución de ese movimiento? ¿Cree que las ideas de justicia fiscal global que impulsaron han perdido relevancia en el mundo actual o siguen vigentes?

La propuesta de la Tasa Tobin nació de una preocupación muy concreta: la creciente autonomía de los mercados financieros respecto de las sociedades y de los Estados. En diciembre de 1997 publiqué en Le Monde diplomatique un editorial en el que proponía crear una tasa sobre las transacciones financieras internacionales. La idea era relativamente sencilla : si el capital podía circular por el planeta a una velocidad extraordinaria y sin apenas control democrático, había que introducir mecanismos capaces de limitar esa especulación y, al mismo tiempo, recuperar recursos para fines de interés social colectivo. Aquel editorial tuvo una repercusión que nosotros mismos no habíamos previsto. De ahí nació ATTAC, que se convirtió rápidamente en un movimiento internacional. Lo importante no fue solamente la reivindicación de la Tasa Tobin. ATTAC contribuyó a crear un espacio de movilización ciudadana contra lo que entonces empezábamos a llamar la globalización neoliberal.

Creo que su principal aportación fue haber demostrado que la globalización no era un fenómeno natural ni inevitable. Había decisiones políticas detrás de ella. Se habían creado reglas que favorecían la libre circulación de capitales, la desregulación financiera y la competencia fiscal entre los Estados. Y, por tanto, esas reglas también podían ser modificadas.

Veintinueve años después, aquellas ideas no han perdido relevancia ; en muchos aspectos se han vuelto todavía más urgentes. La crisis financiera de 2008 demostró hasta qué punto un sistema financiero desregulado podía provocar una crisis económica y social de dimensiones planetarias. Y hoy asistimos a una concentración excepcional de riqueza y de poder económico en manos de una minoría.

Lo que quizá ha cambiado es el vocabulario y también la naturaleza de algunos de los problemas. Ya no hablamos únicamente de los mercados financieros tradicionales. Tenemos las grandes plataformas digitales, las multinacionales tecnológicas, los fondos de inversión globales, los mecanismos de optimización fiscal y nuevas formas de movilidad del capital que hacen todavía más difícil su control democrático. Por eso creo que la cuestión de fondo planteada por ATTAC sigue totalmente vigente : ¿quién gobierna la economía mundial y en beneficio de quién?

La justicia fiscal no puede limitarse a pedir que los ciudadanos paguen correctamente sus impuestos. También significa impedir que las grandes fortunas y las grandes corporaciones puedan organizarse internacionalmente para escapar de sus obligaciones fiscales. Si una empresa puede actuar globalmente, pero cada Estado solamente puede regularla dentro de sus fronteras, existe una asimetría de poder muy peligrosa. En ese sentido, no considero que la Tasa Tobin o las ideas que dieron origen a ATTAC pertenezcan al pasado. Quizá hoy tengamos que formularlas de otra manera, adaptándolas a un capitalismo mucho más financiero, digital y globalizado. Pero la exigencia fundamental permanece : la economía debe estar al servicio de la sociedad y no la sociedad al servicio de la economía.

¿Cómo cree que ha evolucionado la relación entre los medios de comunicación, el poder político y la opinión pública? ¿Siguen siendo los medios un «contrapoder» o se han convertido en un engranaje más del sistema?

La relación entre los medios de comunicación, el poder político y la opinión pública se ha transformado radicalmente, pero la cuestión fundamental sigue siendo la misma : ¿quién tiene el poder de fabricar y difundir los relatos con los que una sociedad interpreta la realidad ? Durante mucho tiempo, los medios podían considerarse, al menos idealmente, un contrapoder. Su función era vigilar a los gobiernos, investigar a los poderosos, revelar aquello que se intentaba ocultar y proporcionar a los ciudadanos elementos para formar libremente su opinión.

Hoy esa función continúa siendo indispensable, pero resulta mucho más difícil ejercerla. Hemos asistido a una concentración extraordinaria de los medios en manos de grandes grupos empresariales o de individuos multimillonarios. En numerosos países, los principales periódicos, canales de televisión, radios y plataformas digitales pertenecen a conglomerados o archimillonarios cuyos intereses económicos pueden ser mucho más amplios que los estrictamente periodísticos. Pero hay algo todavía más importante: el poder ya no está únicamente en quienes poseen los medios. Está también en quienes controlan las infraestructuras por las que circula la información.

Las grandes plataformas digitales y las redes sociales han transformado completamente el ecosistema informativo. Antes, un editor decidía qué información llegaba a la primera página de un periódico. Hoy, buena parte de lo que vemos, leemos o escuchamos está determinado por algoritmos cuyo funcionamiento es opaco y cuyo objetivo principal no es necesariamente informarnos, sino captar nuestra atención.

Esto ha producido una paradoja. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil distinguir con claridad entre información, propaganda, opinión, mentira, manipulación y simple entretenimiento. Además, las redes sociales han democratizado la palabra, lo cual es positivo, pero también han industrializado la desinformación. Una mentira (fake news) puede recorrer el planeta en unas horas, mientras que desmontarla exige investigación, tiempo y trabajo periodístico.

Por eso no creo que los medios hayan dejado simplemente de ser un contrapoder para convertirse en un engranaje más del sistema. La situación es más compleja. Hay medios que forman parte del sistema de poder y hay periodistas que siguen ejerciendo una auténtica función de contrapoder. No debemos confundir a unos con otros. El periodismo crítico sigue siendo posible y necesario. Pero necesita financiamiento, y financiamiento no comprometedor o condicionante. También debe recuperar algunas virtudes que la aceleración digital está erosionando: tiempo, investigación, verificación, contexto y capacidad para formular preguntas incómodas.

En definitiva, el problema no es que tengamos demasiada información. El problema es que tenemos demasiada información sin suficiente jerarquía, contexto y verificación. Y ahí reside, precisamente, una de las grandes responsabilidades del periodismo contemporáneo : ayudar al ciudadano no solamente a saber qué ha ocurrido, sino a comprender por qué ha ocurrido, quién se beneficia de ello y qué intereses están en juego.

¿Cree usted que la inteligencia artificial acabará por ahogar la sociedad, volviéndola una sociedad del rendimiento? ¿Queda espacio para lo humano frente a la máquina?

Sí, existe ese riesgo. Pero yo formularía la cuestión de otra manera : el peligro no está tanto en que las máquinas se vuelvan cada vez más inteligentes como en que los seres humanos aceptemos organizar nuestra sociedad según la lógica de las máquinas. La inteligencia artificial representa probablemente uno de los grandes cambios tecnológicos de la historia. Puede aportar enormes beneficios en campos como la medicina, la investigación científica, la educación o la gestión de determinados servicios. Sería absurdo negar esas posibilidades. Pero toda gran revolución tecnológica modifica también las relaciones de poder, y ahí es donde debemos prestar mucha atención.

Si la IA se utiliza fundamentalmente para aumentar la productividad, acelerar los ritmos de trabajo, vigilar a los trabajadores, evaluar permanentemente su rendimiento o sustituir empleos sin garantizar nuevas formas de protección social, podemos terminar construyendo una sociedad en la que cada individuo esté obligado a producir más, más deprisa y durante más tiempo. Sería, efectivamente, una sociedad del rendimiento llevada a una nueva dimensión. Hay además un problema político muy serio: ¿quién controla a la inteligencia artificial ? Porque la IA no es una entidad abstracta que actúa al márgen de la sociedad. Está siendo desarrollada por empresas y Estados que disponen de enormes cantidades de capital, datos, capacidad informática y poder tecnológico. Si ese poder queda concentrado en muy pocas manos, podemos asistir a una concentración de poder económico y político sin precedentes.

Por eso no debemos plantearnos solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino también quién decide lo que puede hacer y para qué se utiliza. Y existe otra cuestión que me parece esencial: la relación entre inteligencia y humanidad. Una máquina puede analizar millones de datos en una fracción de segundo; puede reconocer patrones, generar textos, imágenes o diagnósticos con una eficacia extraordinaria. Pero la inteligencia humana no consiste únicamente en procesar información.

Los seres humanos tenemos memoria, imaginación, sensibilidad, conciencia histórica, capacidad de empatía, sentido moral y capacidad para atribuir significado a nuestra experiencia. Podemos preguntarnos no solamente « ¿qué podemos hacer ? », sino « ¿qué debemos hacer? ». Esa segunda pregunta ninguna máquina la puede resolver por nosotros. Por eso no creo que debamos oponer simplemente « lo humano » a « la máquina ». Debemos conseguir que la tecnología permanezca subordinada a objetivos humanos y democráticos.

La gran batalla del futuro no será entre seres humanos y máquinas. Será entre dos modelos de sociedad : uno en el que la inteligencia artificial esté al servicio de la rentabilidad, el control y la acumulación de poder, y otro en el que pueda ponerse al servicio del conocimiento, de la salud, de la educación, del tiempo libre y del bienestar colectivo. La cuestión decisiva, por tanto, no es si la inteligencia artificial acabará con lo humano. La cuestión es si nosotros seremos capaces de poner límites humanos a una tecnología que no conoce límites por sí misma.

Hoy, con el ascenso de China, la guerra en Ucrania y el rearme global, ¿cómo definiría la correlación de fuerzas actual? ¿Cree que la Unión Europea está sabiendo posicionarse en este tablero o que sus políticas hacia zonas clave como el Magreb o Asia siguen siendo cortoplacistas y reactivas?

Creo que estamos atravesando una de las grandes mutaciones geopolíticas de la historia contemporánea. Durante las últimas décadas vivimos bajo un sistema internacional dominado de manera extraordinariamente clara por Estados Unidos y sus aliados occidentales. Ese mundo ya no existe de la misma manera. El ascenso de China, el peso creciente de otras potencias como la India, el fortalecimiento de los BRICS, la recuperación de la capacidad de influencia de Rusia y, en general, la emergencia de numerosos actores del Sur Global, como Brasil, México, Nigeria, Indonesia, Arabia Saudita, están configurando una realidad mucho más compleja.

No diría que estamos ante el nacimiento de un nuevo orden mundial plenamente constituido. Estamos todavía en una fase de transición, y las transiciones de poder suelen ser especialmente peligrosas porque las reglas del sistema anterior dejan de funcionar antes de que las nuevas reglas hayan sido aceptadas. La guerra de Ucrania ha acelerado este proceso. También lo ha hecho el conflicto de Oriente Próximo y el progresivo desplazamiento del centro de gravedad de la economía mundial hacia Asia. El rearme que observamos en Europa y en otras regiones demuestra que la dimensión militar vuelve a ocupar un lugar central en las relaciones internacionales.

En este contexto, Europa se encuentra ante una contradicción. La Unión Europea posee una enorme potencia económica, tecnológica, comercial y cultural, pero continúa teniendo dificultades para traducir ese peso en una verdadera autonomía estratégica. Con demasiada frecuencia, Europa reacciona ante los acontecimientos en lugar de contribuir a definirlos. Y eso es particularmente visible en algunas regiones que deberían ser prioritarias para ella.

Pienso, por ejemplo, en el Magreb. Es difícil imaginar un futuro estable para Europa sin una relación estratégica, equilibrada y mutuamente beneficiosa con el norte de África. Existe una proximidad geográfica evidente, pero también vínculos históricos, humanos, económicos y culturales muy profundos. Sin embargo, demasiadas veces la política europea hacia el Magreb se reduce a cuestiones inmediatas : migración, seguridad, drogas, energía o control de fronteras.

Algo parecido ocurre con Asia. Europa no puede limitarse a contemplar la rivalidad entre Estados Unidos y China desde la perspectiva de Washington. Necesita desarrollar una política propia hacia Asia, basada en sus intereses, pero también en su capacidad de diálogo. Para mí, la cuestión fundamental es la autonomía estratégica europea. Y autonomía no significa aislamiento ni ruptura con Estados Unidos. Significa tener capacidad para tomar decisiones propias y defender intereses propios. Europa debería preguntarse qué papel quiere desempeñar en el mundo que está naciendo. ¿Desea ser simplemente el extremo occidental de una alianza dirigida desde fuera? ¿O quiere convertirse en uno de los polos de un mundo multipolar? Esta decisión será probablemente una de las grandes cuestiones políticas de las próximas décadas.

Porque el mundo que está emergiendo no será necesariamente más pacífico por ser más multipolar. La multipolaridad puede abrir posibilidades para un mayor equilibrio, pero también puede producir nuevas rivalidades. Todo dependerá de si las grandes potencias son capaces de construir mecanismos de cooperación y de establecer reglas que permitan gestionar sus conflictos. Estamos, en definitiva, ante un cambio de época. Como diría Gramsci : el viejo mundo todavía no ha desaparecido completamente y el nuevo todavía no ha terminado de nacer. Esa es precisamente la razón por la que el momento actual resulta tan incierto y, al mismo tiempo, tan decisivo.

¿Cree que el fin del bloque soviético anuló las grandes posibilidades de resistencia global al dejar al capitalismo sin un contrapeso estructural?

Sí, y creo que ese es uno de los grandes acontecimientos geopolíticos del siglo XX que todavía estamos intentando comprender en todas sus consecuencias. La desaparición de la Unión Soviética no significó solamente el final de una determinada experiencia histórica del socialismo: significó también la desaparición de un contrapeso estratégico, militar, económico e ideológico frente al capitalismo mundial. Durante la Guerra Fría, incluso los países que no eran socialistas disponían de cierto margen de maniobra porque existían dos grandes centros de poder. Estados Unidos y sus aliados sabían que una política demasiado agresiva podía empujar a determinados países hacia Moscú. Para muchas naciones de Asia, África y América Latina, la existencia de la Unión Soviética abría espacios de autonomía: permitía negociar, obtener cooperación, asistencia económica o militar y, sobre todo, no aceptar forzosamente las condiciones impuestas por las potencias occidentales.

Cuando ese contrapeso desaparece en 1989-1991, se produce algo extraordinario: por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, una única potencia, EEUU, queda en una posición claramente dominante. Es lo que se llamó el «momento unipolar» estadounidense. Y paralelamente se generaliza la idea de que el mercado, la privatización y la liberalización económica constituyen el único horizonte posible. Los años 1990 son, en ese sentido, la gran década de la globalización neoliberal. Pero yo introduciría una precisión importante : el fin de la URSS no anuló la resistencia ; anuló, durante un tiempo, una de sus principales estructuras de apoyo. La resistencia social, popular, nacional y anticolonial nunca desapareció. Lo que desapareció fue la posibilidad de que esas resistencias pudieran apoyarse en una segunda superpotencia capaz de proporcionarles recursos, protección diplomática o capacidad estratégica.

Y eso tuvo consecuencias enormes. En los años 1990 se produjo una formidable expansión del poder de las instituciones económicas internacionales, de las grandes corporaciones y de la lógica neoliberal. Muchos países quedaron sometidos a programas de ajuste, privatizaciones y apertura obligatoria de sus economías. Al mismo tiempo, la propia idea de que pudiera existir una alternativa sistémica al capitalismo perdió buena parte de su legitimidad. Recuerdo, además, que en aquellos años se llegó a hablar del « fin de la historia ». Parecía que la humanidad había alcanzado el modelo definitivo : democracia liberal más economía de mercado. Hoy sabemos que aquella euforia era muy prematura.

Porque el capitalismo cometió entonces un error histórico : confundió la desaparición de su adversario con la desaparición de sus propias contradicciones. El mundo posterior a 1991 no eliminó las desigualdades, las crisis económicas, las injusticias, las guerras, el imperialismo ni las aspiraciones de soberanía. Al contrario, algunas de esas contradicciones se hicieron más visibles. Y aquí está, quizá, lo más interesante: el mundo que emerge hoy demuestra que aquel «momento unipolar» no era eterno. El ascenso de China, el regreso de Rusia como potencia, la aparición de los BRICS, la afirmación de nuevas potencias del Sur Global y la voluntad de construir relaciones internacionales más multipolares, más multicéntricas indican que el problema del contrapeso vuelve a plantearse, aunque bajo formas completamente diferentes de las de la Guerra Fría.

Por eso yo no diría que 1991 puso fin a la resistencia mundial. Diría algo más preciso : 1991 dejó al capitalismo sin un adversario estructural durante varias décadas y le permitió presentarse como el único sistema posible. Pero la historia no terminó. Y precisamente porque las contradicciones del capitalismo no desaparecieron, las posibilidades de resistencia tampoco. La gran cuestión del siglo XXI es ahora otra: no reconstruir el mundo bipolar del pasado, sino conseguir que el nuevo mundo multipolar sea también capaz de ofrecer alternativas sociales, económicas y políticas reales al capitalismo neoliberal.

Y en el escenario actual, con el ascenso de China y los BRICS, ¿estamos ante un nuevo contrapeso o ante una dinámica puramente geopolítica sin componente ideológico?

Creo que estamos ante un nuevo contrapeso, pero sería un error pensar que estamos ante la reedición de la Guerra Fría. Los BRICS no son un nuevo bloque soviético y China no pretende reproducir la arquitectura ideológica y militar de la Unión Soviética. Lo que está apareciendo es algo mucho más complejo: un contrapeso geopolítico, económico, financiero y, progresivamente, también normativo.

La primera diferencia fundamental es que los BRICS no comparten una misma ideología. China, India, Brasil, Rusia, Sudáfrica, Irán, Egipto, Emiratos Árabes Unidos y los demás países que participan en este proceso tienen sistemas políticos, intereses nacionales y estrategias económicas muy diferentes. Precisamente por eso sería erróneo hablar de un «bloque anti-occidental». El elemento común es otro : es un «bloque no-occidental», ninguno de sus componentes es o ha sido una potencia occidental. De hecho, las potencias occidentales están excluidas de los BRICS. Otro elemento en común : la voluntad de terminar con un sistema internacional en el que las reglas, las instituciones financieras y buena parte de las decisiones estratégicas han estado dominadas por un reducido grupo de potencias o ex-potencias occidentales. Y esto sí tiene una dimensión política e ideológica. No porque los BRICS estén proponiendo una nueva doctrina universal, sino porque están cuestionando una determinada concepción del orden mundial: la idea de que la globalización debe organizarse necesariamente alrededor de un centro hegemónico y de instituciones diseñadas en torno a 1945.

Por eso me parece importante distinguir entre antioccidentalismo y antihegemonismo. No es exactamente lo mismo. Muchos países del Sur Global no quieren sustituir la hegemonía estadounidense por una hegemonía china. Quieren disponer de mayor margen de soberanía, de más opciones económicas y diplomáticas y de instituciones internacionales que representen mejor el peso que hoy tienen esos países. En ese sentido, los BRICS constituyen un fenómeno muy importante. Su expansión, el Nuevo Banco de Desarrollo y las discusiones sobre mecanismos financieros alternativos muestran que la cuestión ya no es solo militar o diplomática: se está intentando modificar la arquitectura material del poder mundial. Incluso la posibilidad de reducir progresivamente la dependencia del dólar, que durante mucho tiempo parecía remota, ha entrado seriamente en la agenda internacional.

Observemos, en ese sentido, el reciente Pacto Apatur (Arabia saudita, Pakistán, Turquía) o Alianza de la Meca que es un acuerdo de defensa mutua en una región inflamable como el Oriente Próximo, sin la participación de ninguna potencia occidental, ni siquiera Estados Unidos que es si embargo un gran aliado de los tres firmantes.

China ocupa una posición particular. No es simplemente otro miembro de los BRICS. Por su dimensión económica, tecnológica, comercial y financiera, China constituye el principal motor de esta transformación. Su modelo combina mercado, planificación estratégica, fuerte intervención estatal y políticas industriales de largo plazo, y está ofreciendo a muchos países del Sur Global una experiencia de desarrollo diferente del llamado « Consenso de Washington ». Ahora bien, tampoco debemos idealizar este proceso. Los BRICS no son una comunidad de iguales ni una alianza ideológica homogénea. Existen enormes diferencias entre sus miembros y también rivalidades, particularmente entre China e India. Hay países que quieren reformar el sistema existente y otros que aspiran a transformarlo mucho más profundamente. Esa heterogeneidad es al mismo tiempo su debilidad y su fuerza. Yo diría, por tanto, que estamos ante una especie de multipolaridad sin doctrina única. Y eso es precisamente lo novedoso.

Durante la Guerra Fría, el enfrentamiento geopolítico estaba acompañado de dos grandes proyectos ideológicos (capitalismo, comunismo) relativamente definidos. Hoy no sucede eso. La confrontación es mucho más transversal : se disputa quién controla las finanzas, las tecnologías, las materias primas, las rutas comerciales, las cadenas de suministro, los nuevos sistemas de defensa, las instituciones internacionales y, cada vez más, los estándares tecnológicos. Pero debajo de esa lucha geopolítica existe una cuestión profundamente política : ¿quién tiene derecho a definir las reglas del mundo ? Y ahí aparece, en mi opinión, el verdadero componente ideológico de esta nueva etapa. No se trata ya de capitalismo contra socialismo, sino de hegemonía contra multipolaridad ; dependencia contra soberanía ; unilateralismo contra pluralismo internacional.

Por eso no creo que debamos buscar hoy un nuevo « campo socialista ». La historia ha cambiado. Lo que está naciendo es algo diferente : un mundo en el que ningún centro de poder debería tener la capacidad de imponer por sí solo las reglas al conjunto del planeta. Y esa transformación puede ser muy importante. Pero la multipolaridad, por sí misma, no garantiza un mundo más justo. Puede producir simplemente una redistribución del poder entre grandes potencias, viejas y nuevas. El verdadero desafío será conseguir que esa nueva distribución del poder se traduzca también en mayor justicia económica, mayor soberanía y desarrollo para los países del Sur y mejores condiciones de vida para sus pueblos. Ahí es donde se decidirá si los BRICS son simplemente una nueva geometría del poder mundial o si terminan representando algo históricamente más profundo.

Sobre el Sáhara Occidental, usted mantiene una postura, bastante criticada, que defiende la marroquinidad histórica del territorio y respalda la propuesta de autonomía de Rabat, argumentando que la colonización « amputó » a Marruecos. Esta posición choca frontalmente con la de buena parte de la intelectualidad de izquierdas y del pensamiento anticolonialista. ¿Cómo justifica esta postura dentro de su marco teórico de pensamiento crítico y qué lugar ocupa en su análisis el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui?

Es una cuestión compleja y no creo que deba responderse mediante consignas. Precisamente porque mi pensamiento crítico ha estado siempre vinculado a la lucha contra el colonialismo, considero necesario abordar este asunto desde la historia concreta del Magreb y no solo desde esquemas ideológicos preconcebidos.

Es un tema que conozco bien. Mi posición parte de una constatación histórica: las fronteras del Magreb fueron profundamente alteradas por la colonización europea. Francia y España no se limitaron a ocupar territorios; reorganizaron espacios políticos, étnicos, administrativos y económicos que anteriormente estaban articulados de otra manera. Por ejemplo, el colonialismo francés integró por derecho de conquista casi todo el inmenso Sahara a su territorio de Argelia que era el que París mejor controlaba porque lo había anexionado totalmente. Observo también que no hay reivindicación nacionalista en el Sahara argelino… Y no hablemos del problema amazigh (o bereber). En el caso de Marruecos, la colonización francesa y española produjo una fragmentación territorial que, desde mi perspectiva, no puede ignorarse cuando se analiza la cuestión del Sáhara.

Cuando hablo de una «amputación» de Marruecos me refiero precisamente a ese proceso histórico. No estoy diciendo que la historia pueda resolver automáticamente una cuestión política contemporánea ni que las fronteras actuales deban modificarse simplemente para recuperar las fronteras anteriores a la colonización. Sería absurdo aplicar mecánicamente ese principio a todos los territorios africanos descolonizados.

Lo que sostengo es que existe una dimensión histórica, a través de los siglos, de los vínculos entre el territorio sahariano y el sultanato de Marruecos que no puede ser simplemente descartada como una ficción inventada después de la independencia marroquí de 1956. Hubo relaciones de autoridad, lealtad y vínculos tribales con el sultanato, aunque la naturaleza exacta de esos vínculos ha sido objeto de interpretaciones históricas muy diferentes.

Y aquí está precisamente el punto en el que mi posición se distancia de una parte de la izquierda anticolonialista. Considero legítimo cuestionar la utilización del concepto de autodeterminación cuando se aplica de manera selectiva y sin tener suficientemente en cuenta la historia colonial que produjo las fronteras sobre las que después se pretende ejercer ese derecho. Pero quiero ser muy claro en algo: reconocer la dimensión histórica de la marroquinidad no significa negar los derechos del pueblo saharaui.

El derecho a la autodeterminación es un principio fundamental del derecho internacional y no creo que pueda simplemente desaparecer de este análisis. La cuestión es cómo se concreta esa autodeterminación. ¿Debe significar necesariamente la creación de un Estado independiente? Ésa es una posibilidad, pero no es la única forma históricamente existente de autodeterminación. La autonomía, la asociación o determinadas formas de autogobierno pueden constituir también fórmulas mediante las cuales una población ejerce un grado sustancial de autodeterminación.

Por eso considero que la propuesta de autonomía presentada por Marruecos merece ser discutida seriamente y no descartada de antemano. Si existe una solución que permita preservar la integridad territorial de Marruecos y, al mismo tiempo, garantizar a la población saharaui amplias competencias políticas, culturales, económicas y administrativas, garantías democráticas y mecanismos de representación propios, creo que esa posibilidad debe ser explorada. Ahora bien, una autonomía solamente tendría legitimidad si fuera aceptada por los propios saharauis. Éste es un punto esencial. No se puede defender la autodeterminación de los pueblos y después sustituir la voluntad de ese pueblo por la voluntad de un Estado, de otro Estado o de una potencia exterior.

Mi posición, por tanto, no consiste en decir: «Marruecos tiene razón y los saharauis no tienen derechos». Es exactamente lo contrario : intento situar dos realidades históricas y políticas que existen simultáneamente. Por un lado, los vínculos históricos entre Marruecos y el Sáhara, y el carácter artificial y neocolonial de muchas de las fronteras heredadas del colonialismo ; por otro, la existencia de una población saharaui con derechos políticos propios y cuya voluntad no puede ser ignorada. También considero necesario recordar que el conflicto del Sáhara no puede analizarse al margen de la rivalidad regional entre Marruecos y Argelia. El enfrentamiento entre ambos Estados ha convertido durante décadas la cuestión saharaui en uno de los principales escenarios de la disputa geopolítica del Magreb. Eso no invalida las reivindicaciones saharauis, pero sí demuestra que el conflicto es mucho más complejo que una simple oposición entre «colonizador» y «colonizado».

Y aquí es donde sitúo mi pensamiento crítico. Ser anticolonialista no significa necesariamente aceptar cualquier interpretación que se presente bajo el lenguaje del anticolonialismo. Significa analizar históricamente las relaciones de poder, identificar las herencias coloniales y, al mismo tiempo, defender los derechos concretos de las poblaciones implicadas. En última instancia, mi criterio es muy sencillo : la solución debe ser pacífica, negociada, democráticamente aceptada por los saharauis y los marroquíes y compatible con una estabilidad duradera del Magreb. Si una autonomía amplia, real y garantizada internacionalmente puede satisfacer esas condiciones, considero que merece ser considerada como una solución posible y, en mi opinión, particularmente realista. Lo que no me parece aceptable es convertir el conflicto en una cuestión de ortodoxia ideológica. Después de tantas décadas, lo que necesitan los saharauis no es solamente que se proclamen sus derechos : necesitan que esos derechos puedan convertirse finalmente en una realidad política concreta.

Ha entrevistado a figuras históricas como Fidel Castro, Hugo Chávez o Miguel Díaz-Canel. ¿Cree que el periodismo de entrevista en profundidad, como el que usted practica, está en peligro de extinción frente a la inmediatez y el ruido de las redes sociales?

Sí, está en peligro, pero no creo que esté condenado a desaparecer. Y quizá precisamente porque vivimos en una época dominada por la velocidad, la entrevista en profundidad adquiere un valor todavía mayor. Una entrevista profunda exige algo que hoy se ha vuelto casi revolucionario: tiempo. Tiempo para preparar las preguntas, tiempo para escuchar las respuestas, tiempo para que el entrevistado pueda desarrollar una idea, contradecirse, rectificar, recordar. Y también tiempo para que el periodista pueda repreguntar.

Cuando entrevisté a Fidel Castro, por ejemplo, no estaba simplemente intentando obtener una declaración. Mi objetivo era comprender cómo pensaba. Eso exige entrar en la lógica intelectual y política del entrevistado, incluso cuando uno no comparte sus posiciones. Una entrevista de ese tipo es casi una forma de investigación. El periodista no debería limitarse a preguntar « ¿qué piensa usted de esto ? ». Tiene que conocer suficientemente la historia, los hechos y las contradicciones del personaje para poder formular una segunda pregunta que vaya más lejos que la primera respuesta. Y eso es justamente lo contrario de buena parte de la lógica dominante en las redes sociales.

Las redes han transformado radicalmente el ecosistema informativo. Han democratizado, como ya le dije, la posibilidad de producir y difundir información, han permitido que voces antes excluidas puedan expresarse y han roto, en cierta medida, el monopolio de los grandes medios. Eso es positivo y no debemos olvidarlo.

Pero al mismo tiempo han creado una economía de la atención basada en la velocidad, la emoción y la fragmentación. La información compite ahora con el entretenimiento, la indignación y el espectáculo. Una declaración de diez segundos puede circular por millones de pantallas, mientras que una conversación de dos horas puede pasar desapercibida.

El problema no es solamente tecnológico. Es también económico. Los grandes medios han reducido sus redacciones, han acelerado los ritmos de producción y han convertido cada vez más el periodismo en una actividad sometida a los imperativos de la audiencia y de los algoritmos. El algoritmo, además, tiene una característica muy particular : no premia necesariamente la verdad ni la profundidad. Premia aquello que consigue retener nuestra atención. Y una sociedad que solamente consume fragmentos termina teniendo dificultades para construir una visión de conjunto.

Por eso creo que la entrevista de profundidad cumple hoy una función casi pedagógica. Obliga a pensar en secuencias largas. Permite reconstruir una trayectoria, establecer relaciones entre acontecimientos y descubrir las contradicciones de una personalidad. Una buena entrevista no es un interrogatorio : es una conversación intelectual.

Pero tampoco debemos idealizar el pasado. La entrevista tradicional tenía sus propias limitaciones. Los grandes medios decidían quién podía hablar y quién permanecía invisible. Hoy, gracias a Internet, un periodista independiente puede publicar una conversación y llegar potencialmente a una audiencia mundial sin pasar por los filtros de una gran redacción. Eso abre posibilidades extraordinarias.

Por tanto, no creo que el futuro consista en oponer el periodismo tradicional a las redes sociales. El desafío consiste en utilizar las nuevas herramientas sin adoptar necesariamente su lógica de superficialidad.

Podemos hacer una entrevista de dos horas y después utilizar fragmentos de treinta segundos para atraer a una audiencia hacia la conversación completa. Podemos combinar texto, vídeo, audio, archivos y documentos. La tecnología no tiene por qué destruir la profundidad ; puede incluso ayudar a difundirla. Lo que sí está en peligro es otra cosa : la capacidad de nuestra sociedad para prestar atención durante un tiempo prolongado. Y eso me preocupa más que la desaparición de un determinado género periodístico. Porque una democracia necesita ciudadanos capaces de escuchar argumentos complejos, comparar versiones, distinguir hechos de opiniones y aceptar que una cuestión importante rara vez puede explicarse en 280 caracteres o en un vídeo de veinte segundos.

Por eso seguiría defendiendo la entrevista larga. Cuando uno tiene delante a una persona que ha participado directamente en acontecimientos históricos, no debería tener prisa. Hay preguntas que necesitan diez minutos para ser formuladas y respuestas que necesitan una hora para comenzar a comprenderse. Quizá ésa sea precisamente la paradoja de nuestro tiempo: cuanto más rápida se vuelve la información, más necesario se hace un periodismo capaz de detener el tiempo.

En un contexto de auge de las extremas derechas en Europa y de crisis de los relatos tradicionales de la izquierda, ¿cuál cree que debe ser el papel del intelectual y del periodista crítico en la próxima década? ¿Qué lecciones extrae de su larga trayectoria para las nuevas generaciones?

Creo que estamos entrando en una época en la que el papel del intelectual y del periodista crítico vuelve a ser particularmente importante. Cuando las sociedades atraviesan momentos de incertidumbre, miedo y transformación profunda, aparece siempre la tentación de buscar respuestas simples. Y precisamente ahí comienza la responsabilidad del pensamiento crítico : resistir a la simplificación. El auge de las extremas derechas en Europa no puede explicarse únicamente por la manipulación mediática ni por la existencia de dirigentes demagógicos. Hay que preguntarse por qué millones de personas encuentran en esos discursos y en esos líderes una respuesta a sus frustraciones, a sus miedos y a su sentimiento de abandono.

Durante demasiado tiempo, una parte de la izquierda ha cometido el error de considerar que determinadas categorías sociales —la clase trabajadora, los sectores populares, los funcionarios, los jóvenes— constituían automáticamente su electorado. Eso ya no es así. Cuando una persona pierde su empleo, ve deteriorarse su salud y sus condiciones de vida, teme por su futuro o siente que nadie la escucha, puede ser atraída por un discurso nacionalista, xenófobo o autoritario que le ofrece un responsable identificable de sus problemas.

Por eso la primera obligación del intelectual crítico es comprender antes de condenar. Comprender no significa justificar. Significa analizar las causas profundas de un fenómeno para poder combatirlo eficazmente. No se puede derrotar políticamente a la extrema derecha limitándose a decir que sus electores son ignorantes, racistas o manipulados. Hay que comprender las condiciones económicas, sociales, culturales y mediáticas que hacen posible su crecimiento. Y ahí el periodista tiene una responsabilidad enorme.

El periodista no debe convertirse en militante de ninguna causa, ni siquiera de una causa que considere justa. Su primera lealtad debe ser con los hechos y con los ciudadanos. Un periodista crítico no es el que confirma nuestras ideas ; es el que nos obliga a pensar mejor. Esto exige recuperar algo que se ha deteriorado considerablemente : la investigación. Verificar documentos, consultar fuentes contradictorias, reconstruir los acontecimientos, identificar quién posee el poder, quién se beneficia de determinadas decisiones y quién queda perjudicado.

En la próxima década habrá, además, un desafío nuevo: la inteligencia artificial. Estamos entrando en un universo en el que será cada vez más difícil distinguir una imagen verdadera de una imagen fabricada, una voz real de una voz sintetizada, un acontecimiento cierto de una ficción cuidadosamente construida. La desinformación va a adquirir una escala y una sofisticación desconocidas. Por eso creo que el periodista del futuro tendrá que ser, en cierta manera, un detective de la realidad.

Pero hay algo todavía más importante: no basta con verificar la información. Hay que comprender el mundo en el que esa información se produce. El periodista debe saber de economía, de geopolítica, de tecnología, de historia, de medio ambiente. La especialización es necesaria, pero el conocimiento fragmentado puede impedir comprender las relaciones entre los fenómenos. En cuanto al intelectual, su tarea tampoco debería consistir en ofrecer respuestas prefabricadas. Un intelectual es alguien que conserva la capacidad de formular preguntas cuando todo el mundo parece tener ya las respuestas. Y hay otra responsabilidad que considero fundamental : no aceptar como inevitable aquello que solamente es dominante.

Durante mi trayectoria he visto desaparecer muchas certezas que parecían eternas. He visto cambiar los equilibrios internacionales, derrotar al colonialismo, caer la Unión Soviética, aparecer Internet, transformarse los medios de comunicación y surgir nuevas potencias. Cada época ha tenido sus supuestas verdades definitivas. Por eso una de las lecciones que transmitiría a las nuevas generaciones es ésta : no confíen demasiado en las certezas de su tiempo. Pregunten siempre, insisto, quién las produce, quién las difunde y a quién benefician.

La segunda lección sería: lean. Lean mucho y lean aquello con lo que no están de acuerdo. El algoritmo tiende a encerrarnos en comunidades donde recibimos permanentemente confirmación de nuestras propias ideas. La lectura, en cambio, puede introducirnos en mundos intelectuales que contradicen nuestras convicciones.

La tercera es que el periodismo necesita tiempo. Hay que ir al lugar de los hechos, hablar con la gente, consultar archivos, buscar fuentes, comparar documentos. El periodista no puede convertirse en un simple repetidor de lo que otros periodistas han dicho. Y finalmente les diría que no tengan miedo de equivocarse. En una trayectoria larga, uno inevitablemente se equivoca. Lo importante no es construir retrospectivamente una biografía de certezas perfectas. Lo importante es conservar la capacidad de corregirse cuando los hechos demuestran que uno estaba equivocado. Quizá ésta sea la mayor diferencia entre el dogmatismo y el pensamiento crítico : el dogmático utiliza los hechos para defender sus ideas ; el pensamiento crítico está dispuesto a modificar sus ideas cuando los hechos lo exigen.

Yo he intentado mantener esa actitud durante toda mi vida. Y si tuviera que resumir en una sola frase lo que espero de las nuevas generaciones de periodistas e intelectuales, sería ésta: no sean los guardianes de las verdades establecidas. Sean los investigadores de las verdades que todavía no conocemos. Porque el mundo que viene será sin duda más complejo, más conflictivo y más difícil de interpretar que el que hemos conocido. Y por eso necesitaremos más que nunca periodistas capaces de investigar, intelectuales capaces de pensar sin miedo. Y ciudadanos capaces de no dejar que otros piensen por ellos.

Tomado de Nueva Revolución / Foto: Jayro Vargas

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