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Guerra contra Cuba: Para los ojos de un niño

…que no haya más bloqueo, que puedan ser más alegres de lo que ya son, que no tengan tantas dificultades para enfrentar la vida

Por Carmen Maturell Senon.

Son alrededor de las 10:00 a.m. de un lunes. Desde un aula llegan ráfagas de murmullo. Se ve a una profesora sentada en el piso con seis caras pequeñas que apenas han recorrido la vida: algunos tienen espejuelos, otros un ojo tapado con gasa, y otros están a la espera de la solución a su tratamiento.

Es una de esas mañanas en las que hay corriente, pero cuando falla, la claridad del día es tan escasa para estos niños, que deben salir al patio y continuar allí las actividades docentes.

Un niño de espejuelos azules y no más de un metro de altura, apenas distingue la forma de las letras y los números, pero habla de la luna, del sol… Como él, más de 80 infantes necesitan espejuelos que deben ser cambiados anualmente.

Sin embargo, la escuela de enseñanza especial Flor de la Revolución, creada para niños con discapacidad sensorial visual, no puede suministrarlos –porque a Cuba se le ha obstaculizado esa posibilidad–  y el mayor peso ha recaído en la familia, que debe comprar los dispositivos de corrección visual a precios elevados en otro mercado.

Lo que se hacía en la consulta oftalmológica, hoy se hace todos los días en las aulas. Foto: Nieves Molina

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Sentada en un aula, Danna, de cuatro años y miopía moderada, sostiene entre sus manos un libro amarillo. Con libros como ese –hechos de cartón, tela, botones y cordones– los niños y niñas de este lugar realizan, a través del juego, las actividades correctivas compensatorias.

A la escuela Flor de la Revolución asisten infantes de seis municipios de la capital. Su misión no se limita a la enseñanza general, pues imparten el mismo programa de estudios que cualquier escuela primaria regular. Lo que la distingue es que todas las acciones docentes están encaminadas a la corrección del defecto visual.

Dice Greisy Hernández, directora de la institución, que la escuela acoge a niños desde los tres hasta los nueve años de edad. El objetivo es que ingresen, reciban tratamiento y, en la medida en que se corrige la deficiencia, transiten hacia la enseñanza regular.

«Este curso empezó la modalidad presencial de lunes a jueves, y los viernes asisten a la escuela primaria de sus comunidades». Así, expresa la directora, se adaptan al nuevo medio en el que estarán vinculados.

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Los maestros en las aulas utilizan materiales didácticos creados por ellos mismos. «Al no existir los equipos necesarios hemos sido capaces de crear con lo mínimo.

«Lo que se hacía en la consulta oftalmológica del centro, hoy se hace todos los días en las aulas. Los niños enlazan, rasgan, recortan, colorean, utilizando colores primarios y fuertes que permitan fijar la visión».

Ciertamente, el tratamiento se ha vuelto una carrera de obstáculos. Los equipos de oftalmología, que un día llegaron a diagnosticar, están obsoletos. Y el cerco económico ha hecho la mayor parte: sin electricidad estable, sin materiales gastables, «sin esparadrapo, sin gasa, sin gotas para dilatar pupilas…». Nada de eso para los más de 230 niños que estudian aquí.

A decir de Yanisel Santana, maestra de enseñanza primaria, antes de la covid-19, «el policlínico proporcionaba a veces los materiales. Las especialistas hacían la oclusión para que el niño pudiera rehabilitar el ojo afectado. Y cuando se rompía un espejuelo, podíamos arreglarlo aquí.

«Después de ese tiempo, con el bloqueo y las demás limitaciones, no tenemos materiales. Aun cuando la familia ha gestionado y donado recursos, es difícil para la escuela mantener el trabajo educativo y compensatorio para la visión».

Sin embargo, agrega Yanisel, «en Flor…, hemos roto todas las barreras y los maestros intentan que nuestros niños reciban la docencia; asistan diariamente a clase; que su desarrollo síquico sea por todo lo alto y, cuando transiten a la enseñanza primaria regular, sean niños capacitados para enfrentar nuevos desafíos». 

El niño de los espejuelos azules. Foto: Nieves Molina

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En el patio, entre el rumor de la guagua que no siempre llega, encargada de traer a los niños, dos madres esperan.

Yunelis León, mamá de Vanessa, cuenta que «enfrentamos muchísimos desafíos para poder sostener la educación. Pero, con pocos recursos hemos salido adelante. Mi niña está muy feliz aquí».

A todas estas, cuando existe afectación total de combustible para el traslado de los estudiantes, el centro ha tomado la alternativa de crear grupos de WhatsApp.

«El maestro orienta tareas específicas que debe realizar la familia con el niño. Cuando ya se restablece el servicio de los ómnibus, esas actividades son revisadas y valoradas por la maestra», explica Greisy.

La cocina de la escuela tampoco está exenta de carencias. Como en muchos lugares del país, aquí se cocina con leña. «Y ese personal lleva un mérito grandísimo, porque enfrentarse hoy a cocinar con leña para más de 230 niños y niñas y más de 48 trabajadores, no es lo mismo que en casa».

Aunque eso sí, «el desayuno y almuerzo siempre están en la mesa». Porque hay algo que nunca podrán bloquear: la voluntad de un colectivo que ha aprendido a construir la luz con las manos.

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«Lo ideal sería contar con todos los recursos para que nuestras niñas y niños no tuvieran tantas dificultades para enfrentar la vida.

«Habría más tiempo para la docencia. Para que los maestros se preparen y los estudiantes sean mucho más alegres de lo que ya son. A pesar de las dificultades, los recibimos siempre con una sonrisa. No hay nada más bonito…».

Tomado de periódico Granma / Foto de portada: Nieves Molina.

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