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Lula ganó. Ahora tiene que demostrarlo

Por Alberni Poulot / KardioPensamiento / Especial para REDH.

Lo más difícil no es ganar. Y en esta ocasión no fue fácil. Fue una épica e histórica remontada, sin embargo, insisto, lo más difícil empieza al día siguiente.

La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva representa mucho más que el triunfo de un candidato en las urnas. Es también una victoria de la resistencia cultural frente a una agresión colonizadora que intentó ocupar la conciencia brasileña: la agresión cognitiva, psicológica, ideológica y cultural de una extrema derecha que convirtió la mentira, el miedo y el odio en herramientas de movilización política.

Lula ganó. Y ganó contra todo pronóstico.

La remontada, una de las más impresionantes en la historia de los balotajes brasileños, merece ser estudiada. También merece atención la estrategia que la hizo posible: recuperar las calles, disputar las redes sociales, hablarle a los jóvenes y, sobre todo, devolverle a millones de personas algo que la política suele perder demasiado rápido: la esperanza.

Pero la esperanza no puede convertirse en una consigna vacía. Ahora Lula tiene que demostrar que la esperanza puede transformarse en comida sobre la mesa, empleo digno, seguridad, educación, salud, vivienda y respeto por la democracia.

La victoria electoral es apenas el primer capítulo

El nuevo gobierno tendrá que merecer, día tras día, el respaldo mayoritario y el cariño de ese pueblo que volvió a apostar por el proyecto del Partido de los Trabajadores.

No será sencillo. Lula gobernará con un Congreso donde las fuerzas conservadoras y de extrema derecha mantienen una presencia decisiva. La izquierda ganó la Presidencia, pero no conquistó el poder institucional completo. Y esa diferencia será fundamental.

El desafío consiste en hacer realidad el programa de campaña en un escenario de minoría parlamentaria, presión económica, polarización social y una oposición dispuesta a bloquear cualquier iniciativa que pueda devolverle legitimidad al gobierno.

Durante la campaña, Lula logró conectar con las urgencias concretas de la población. El aumento y adelanto de los pagos de Bolsa Familia —el programa social insignia de transferencias a los sectores de menores recursos— fue decisivo. Se estimaba que más de 19 millones de familias recibirían esos beneficios.

También se ampliaron los programas de alivio para familias endeudadas y los subsidios a los combustibles, como respuesta al aumento internacional del precio del petróleo y a las tensiones geopolíticas.

Además, el Senado aprobó antes del balotaje la reducción de la semana laboral de seis a cinco días, pasando de 44 a 40 horas semanales, una medida de enorme impacto social para millones de trabajadores.

Pero toda conquista electoral genera una nueva obligación: cumplir.

El pueblo no vota únicamente para castigar al adversario. Vota para vivir mejor.

Una lección para la política progresista

La campaña de Lula dejó una enseñanza regional e internacional: la política progresista necesita recuperar su capacidad de comunicar, emocionar y organizar.

No basta con tener razón. No basta con presentar buenos programas. Hay que saber hablarle a la gente en un lenguaje que conecte con sus preocupaciones, sus miedos y sus sueños.

Lula entendió que las redes sociales no podían quedar en manos de la extrema derecha. Entendió que los jóvenes no son un público secundario ni una decoración electoral. Entendió que la disputa política se libra en las plazas, en los barrios, en TikTok, en Instagram, en WhatsApp y en cada conversación cotidiana donde alguien decide si todavía vale la pena creer en la democracia.

La campaña consiguió movilizar a nuevos votantes. Según Regina Reinart, experta en Brasil de la organización Misereor, cinco millones de personas más acudieron a las urnas y Lula obtuvo diez millones de votos adicionales respecto de la primera ronda.

Eso no ocurre por casualidad. Ocurre cuando una campaña logra construir una narrativa de futuro y convertir el rechazo al autoritarismo en una voluntad concreta de participación.

La lección es clara: la izquierda no puede limitarse a denunciar a la derecha. Tiene que ofrecer futuro.

Brasil vuelve a ser un contrapeso regional

La reelección de Lula modifica el equilibrio político de América Latina.

En una región donde han ganado espacio las llamadas “nuevas derechas”, muchas de ellas con discursos antisistema, autoritarios y abiertamente hostiles al orden constitucional, Brasil vuelve a ocupar un lugar central como contrapeso democrático.

La victoria de Lula dificulta la consolidación de una agenda regional basada exclusivamente en la mano dura, la securitización de la política y la reducción de los problemas sociales a una cuestión policial.

Brasil es la principal economía latinoamericana, el país más poblado de la región y una de las naciones con mayor territorio y recursos estratégicos. Su orientación política no es un asunto interno. Tiene consecuencias para todo el continente.

Por eso, el triunfo de Lula representa una derrota para quienes pretendían convertir a América Latina en una plataforma subordinada a los intereses geopolíticos de Estados Unidos y de sus aliados regionales.

No significa que Brasil romperá relaciones con Washington. La política exterior de Lula seguirá siendo pragmática. Habrá cooperación, comercio e inversiones. Pero no existirá la misma libertad para entregar sectores estratégicos del país a intereses extranjeros sin negociación ni condiciones.

La disputa por las tierras raras, la Amazonía, la energía, la tecnología y los recursos naturales colocará a Brasil en el centro de una batalla geopolítica de alcance global.

China, los BRICS y el mundo multipolar

La victoria de Lula también ofrece mayor margen para profundizar las relaciones comerciales y de inversión con China, un socio clave de Brasil y de buena parte de América Latina.

En medio de la presión estadounidense para limitar la presencia china en la región, Brasil mantendrá previsiblemente una posición pragmática: comerciar con todos, subordinarse a nadie.

Ese equilibrio es importante.

Lula no gobierna para convertir a Brasil en una pieza automática del bloque occidental ni para transformarlo en un satélite de Beijing. Su apuesta histórica ha sido otra: fortalecer el multilateralismo, ampliar la autonomía estratégica y construir un mundo menos dependiente de una sola potencia.

En ese marco, los BRICS seguirán siendo un espacio fundamental. Brasil es miembro fundador y una de las voces más influyentes de este grupo de economías emergentes. Con Lula, el país podrá mantener un papel activo en la discusión sobre nuevas formas de cooperación financiera, comercio internacional y gobernanza global.

También habrá oportunidades para avanzar en la relación entre el Mercosur y la Unión Europea, aunque el acuerdo birregional continuará enfrentando obstáculos políticos y económicos.

Ucrania: Brasil no será una voz obediente

En relación con la guerra en Ucrania, Lula mantendrá una posición crítica frente a la política europea y estadounidense.

Brasil defenderá la soberanía, el diálogo y una salida negociada al conflicto, sin aceptar que el Sur Global tenga que alinearse automáticamente con una de las partes.

Esa postura incomoda a Washington y a varias capitales europeas. Pero también expresa una realidad: muchos países latinoamericanos rechazan la doble moral de un sistema internacional que condena ciertas guerras mientras guarda silencio ante otras.

Brasil no está obligado a repetir el discurso de ninguna potencia. Su responsabilidad es defender sus propios intereses y contribuir a una solución política que evite una mayor escalada militar.

El gran obstáculo: gobernar con un Congreso conservador

La victoria presidencial no debe ocultar una realidad incómoda: Brasil giró hacia la derecha en las elecciones legislativas y locales.

Lula tendrá que gobernar con un Congreso más conservador y más inclinado a la extrema derecha que en cualquier otro momento desde el retorno de la democracia. Eso limitará su margen de maniobra y lo obligará a negociar permanentemente.

El riesgo es que el gobierno termine atrapado entre dos presiones: una base social que exige cambios profundos y un Parlamento que intentará ralentizar, recortar o bloquear sus políticas.

Por eso, la movilización popular será indispensable. No basta con esperar que el gobierno resuelva todo desde el Palacio de Planalto. La sociedad civil, los sindicatos, los movimientos sociales, las organizaciones comunitarias y la juventud tendrán que acompañar, fiscalizar y presionar.

Gobernar también significa construir correlación de fuerzas.

El desafío del relevo político

A mediano y largo plazo, el Partido de los Trabajadores enfrentará una discusión inevitable: la sucesión de Lula.

El presidente asume este nuevo mandato con una edad avanzada y con una responsabilidad histórica enorme. Pero ningún proyecto político puede depender eternamente de una sola figura, por carismática y decisiva que sea.

La izquierda brasileña tendrá que formar nuevos liderazgos, conectar con generaciones más jóvenes, renovar su lenguaje y demostrar que el lulismo puede ser algo más que la presencia de Lula.

Ese será uno de sus mayores desafíos: convertir una victoria personal en un proyecto duradero de país.

Lula ganó. Ahora empieza la prueba

La derrota de Bolsonaro no elimina el bolsonarismo. La extrema derecha conserva fuerza social, capacidad parlamentaria, influencia mediática y presencia en las redes.

La polarización no desaparecerá por decreto. La democracia seguirá bajo presión. Y cada error del gobierno será utilizado para alimentar el desencanto.

Por eso, Lula no puede gobernar mirando únicamente a quienes ya lo apoyan. Tiene que convencer también a quienes votaron contra él, a quienes desconfían de la política y a quienes dejaron de esperar algo de los gobiernos.

La victoria fue histórica. Pero la historia no se gana una sola vez.

Ahora toca convertir los votos en derechos, la esperanza en políticas públicas y el discurso democrático en una vida más digna para la mayoría.

Lula ganó. Ahora tiene que demostrarlo.

*Un artículo especial para REDH.

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