Enrique Ubieta: «La fuerza de Cuba, su peligrosidad extrema para el imperio, es su ejemplo»
En esta entrevista, el destacado intelectual cubano observa: «las últimas medidas y declaraciones de Trump con respecto a Cuba, y su pretendido bloqueo petrolero, han desnudado ante el mundo quién es y qué pretende nuestro enemigo histórico y ha unido más a los cubanos».
Por Geraldina Colotti / Resumen Latinoamericano.
Mientras la administración estadounidense estrecha el cerco sobre Cuba, rescatando la retórica de la «amenaza inusual y extraordinaria» —la misma fórmula jurídica utilizada por Barack Obama para iniciar el asedio contra la Venezuela bolivariana—, la batalla se traslada al terreno de la subjetividad y la cultura. No es solo un bloqueo económico y financiero; es una guerra híbrida que busca pulverizar el alma de la Revolución, intentando instigar artificialmente «revoluciones de colores» entre las grietas de las dificultades materiales impuestas por Washington.
En esta trinchera de ideas, la voz de Enrique Ubieta Gómez es una brújula imprescindible. Intelectual agudo, ensayista y director de la histórica revista Revolución y Cultura, Ubieta encarna la figura del intelectual militante que no separa nunca el análisis estético del compromiso político. En esta entrevista, Ubieta se detiene en la crisis interna que vive la sociedad estadounidense, revela el impacto de los sucesos del 3 de enero en Cuba y traza las rutas de una solidaridad internacional que debe hacerse escudo activo contra el chantaje del dólar. Con la lucidez de quien vive el asedio desde el corazón de La Habana, Ubieta nos recuerda que la cultura no es un adorno, sino el oxígeno de un pueblo que ha decidido no volver a ser nunca más el «patio trasero» de nadie.
- Enrique, recientemente la administración Trump ha endurecido el cerco contra Cuba utilizando la misma retórica del decreto de Obama contra Venezuela: calificar a la nación como una «amenaza inusual y extraordinaria». ¿Qué hilos estructurales ligan estas decisiones de presidentes de signos supuestamente opuestos y qué nos dice esto sobre la continuidad de la doctrina imperialista hacia la región?
Es inevitable que empiece diciendo algunas obviedades: el imperialismo tiene intereses y comportamientos globales que ambos partidos, y los grupos de poder, aplican de manera indistinta, pero no es monolítico; hay sectores más o menos poderosos, cuyos intereses no necesariamente coinciden con las estructuras partidistas y se expresan en grupos dentro y fuera de ellas. Ahora bien, la presencia de instrumentos económicos de presión en las relaciones internacionales no es nueva, como lo evidencia la existencia del bloqueo económico, comercial y financiero a Cuba que data del año 1962, cuya extraterritorialidad se basa en prohibir, entre otras cosas, el uso del dólar, la adquisición por empresas con capital total o compartido estadounidense de maquinarias y equipos que contengan níquel cubano, la compra por Cuba a terceros de productos con un 10 por ciento de piezas o componentes norteamericanos, que aquellos barcos que hayan tocado puertos cubanos ingresen a los Estados Unidos durante los siguientes 180 días; sin embargo, ese recurso ha incorporado nuevas variantes como son las llamadas “sanciones colaterales” y las “sanciones inteligentes”. Según la economista Yazmín Vázquez, las primeras se conciben para frenar el apoyo de terceros países a aquellos que previamente han sido castigados (por ejemplo, imponer aranceles más elevados); las segundas están dirigidas a un producto o actividad económica que ocupe un lugar central en la vida de un país, y que por sí solo puede desestructurar todo el funcionamiento de este. Es lo que pretenden aplicar, como en su momento a Venezuela, con la orden ejecutiva recientemente firmada.
La sociedad norteamericana enfrenta una aguda crisis que puede fracturarla: durante las últimas décadas, el pensamiento conservador, incluso reaccionario, de corte fascista, ha permeado a sectores afectados por esa crisis, dispuestos a culpar de sus penurias a migrantes y ateos. Ese pensamiento, actualmente en el gobierno, parece mayoritario, porque se expresa de forma abierta y dicta leyes, delinea conductas, reprime a sus adversarios: es antiinmigrante, supremacista, misógino, racista, se opone al aborto, censura libros, combate a la comunidad LTGBQ+. Toda actitud liberal, en el tradicional sentido norteamericano, es calificada de comunista. Como resultado, se establecen vasos comunicantes espontáneos entre los afectados que pueden derivar en frentes unitarios.
Los políticos que se autodenominan liberales, tradicionalmente representantes del establishment en los Estados Unidos, empiezan a reivindicar conceptos antes impensables, como el de socialismo. Para la alcaldía de New York es elegido por una significativa mayoría de votantes un candidato musulmán que se declara socialista democrático. La etapa histórica que vivimos ha roto la modorra, la corrección sistémica, el inmovilismo de la izquierda norteamericana, todavía acéfala de líderes y horizontes compartidos, obligada a reaccionar frente a una derecha que no oculta sus objetivos y sentimientos, y que ha roto con las reglas de la democracia burguesa. Esa reacción todavía es tímida, lenta, de cierto modo tardía, pero puede conducir a una guerra civil. Ante la ruptura de la democracia burguesa, es todavía el reclamo de su conservación. Se trata, por el momento, de un comportamiento sustentado en la legítima defensa.
Barack Obama utilizó las dos herramientas clásicas de la política imperial: la zanahoria y el garrote. Mientras trataba de engatusar a los cubanos con una convivencia envenenada, reto aceptado, promovía el golpe de estado en Honduras, declaraba a Venezuela como “amenaza inusual y extraordinaria” e intervenía en Libia. Un artículo de opinión, que el New York Times publicaba en 2016, era titulado así: “El inesperado legado de Obama: ocho años de guerra continua”, eso, a pesar de haber recibido el Premio Nobel de la Paz. Es entendible la furia del egocentrista Trump que aspiraba también a recibirlo, y le fue negado. La diferencia entre ambos mandatarios —y puede parecer insignificante, pero no lo es— es que la tendencia que Trump representa, consciente de la caída en picada del poder estadounidense, se ha propuesto recuperarlo a toda costa, sin tiempo ni ganas de enmascarar sus acciones. El guapetón del barrio ahora no fabrica excusas, o al menos no oculta que lo sean, porque quiere que todos sepan que en lo adelante actuará según su imperial deseo. Si bien necesitaba la fabricación de un falso cartel de drogas para acusar judicialmente a Maduro, a quien definió como narcoterrorista, Trump dejó bien claro que su objetivo era el petróleo venezolano. La actual administración ha roto de manera abierta con todas las reglas internacionales de convivencia y con las instituciones que las representan.
Cuba no posee reservas significativas de petróleo, ni recursos naturales especialmente codiciados, pero sí es portador de un activo inaceptable: un pequeño país insubordinado a noventa millas de las costas estadounidenses que ha resistido el asedio, las agresiones y un cruel bloqueo durante 67 años y 13 presidentes, incluyendo al actual. La fuerza de Cuba, su peligrosidad extrema para el imperio, es su ejemplo. Cuba es un símbolo. No exporta ni apoya el terrorismo, lo ha padecido durante seis décadas; exporta su ejemplo, incluso sin proponérselo, con su resistencia silenciosa, con su colaboración médica en más de sesenta países, con su política exterior de principios.
- Tras este decreto y el recrudecimiento del bloqueo, ¿cuál es el escenario real que se vive en la isla? Frente a los intentos de Washington por instigar una «revolución de colores» instrumentalizando las carencias económicas, ¿cómo está respondiendo la vanguardia intelectual y el pueblo organizado?
El pueblo cubano vive dos agresiones simultáneas: la del bloqueo, que ahora alcanza niveles inauditos de extraterritorialidad en su criminal propósito de asfixia económica, con su consecuencia más visible, apagones de doce y más horas diarias, y la de los medios y las redes sociales, que intentan manipular a la opinión pública del país, inducir la creencia de que esa situación es el resultado del mal gobierno. En tales circunstancias siempre aparecen los cipayos, los mercenarios, los “sietemesinos”, como los calificara en su tiempo Martí, dispuestos a regalar la Patria, con tal de conservar o acceder a un dudoso bienestar personal. Los cubanos no callamos nuestras dudas e inconformidades, pero cuando suena la corneta mambisa que llama al combate, sorprendemos al observador externo con una respuesta masiva. Paradójicamente, las últimas medidas y declaraciones de Trump con respecto a Cuba, y su pretendido bloqueo petrolero, han desnudado ante el mundo quién es y qué pretende nuestro enemigo histórico y ha unido más a los cubanos. Nuestra intelectualidad es consciente del peligro que entraña ese intento de recolonización para la cultura nacional, para la mera existencia de la nación y lo expresa en declaraciones, poemas, canciones, audiovisuales, obras plásticas, en su disposición de cambiar sus armas creativas, por el fusil que defenderá la Patria. José Martí, el más grande escritor cubano, lo anunció: “no me pongan en lo oscuro a morir como un traidor”. Y entregó su vida, pistola en mano, de cara al sol.
- El pasado 3 de enero marcó un punto de quiebre con el secuestro del Presidente Maduro y Cilia Flores. Ustedes en Cuba han recibido a los soldados y colaboradores cubanos sobrevivientes de esa agresión. Ante la propaganda sucia internacional, ¿qué nos dicen estos testimonios sobre la magnitud del plan conspirativo que se intentó ejecutar ese día?
Aunque las agresiones y el cerco lo anteceden, el 3 de enero marca el inicio de la más grande cruzada de fuerza del imperialismo sobre los pueblos de Nuestra América. El relativo éxito de la operación de secuestro, en una ciudad bombardeada, ha envalentonado al emperadorcillo, y sus amenazas suben de tono. La muerte en combate de los 32 cubanos que defendían al presidente Maduro, con bajas enemigas aún no reconocidas, muestran otra realidad: la más sofisticada tecnología militar es insuficiente cuando existe la decisión de vencer o morir. Paradójicamente, esa decisión es la única garantía de la victoria. La llegada a suelo patrio de esos mártires del internacionalismo, de la Revolución venezolana, cubana y latinoamericana, conmocionó al pueblo, que durante horas, bajo una lluvia intensa, aguardó para rendir el póstumo homenaje. La actitud de esos compatriotas logró algo que Trump debiera considerar: reavivó la llama de la mística revolucionaria. No son públicos aún los detalles de lo ocurrido aquella madrugada, pero lo que sabemos es suficiente. Esa mística es el motor impulsor de las revoluciones.
- Como director de la revista Revolución y Cultura, usted sabe que la cultura es el alma de la resistencia. ¿Cómo se articula hoy la batalla de ideas frente a un asedio que no solo es financiero, sino comunicacional y simbólico? ¿Qué papel juega la revista en la defensa de la subjetividad revolucionaria frente a la ofensiva neoliberal?
Desde la Antigüedad los conquistadores saben que no basta con ocupar los territorios extranjeros; es necesario ocupar la mente de sus pobladores. En la era del Internet, la guerra cultural adquiere una intensidad mayor. Las revoluciones restituyen la autoestima de sus ciudadanos, rescatan la historia de sus pueblos y enfrentan a sus enemigos, externos e internos, con valentía y éxito. Es el primer e imprescindible paso para romper las cadenas de la dependencia mental: sentirnos orgullosos de lo que somos y de lo que hemos logrado. La neocolonización actúa en sentido inverso: quiere hacernos creer que somos inferiores, que no podremos vencer al imperialismo, que debemos imitarlo y acatarlo. Cada proyecto socio-político tiene su panteón de héroes, porque necesita, exige, un pasado que lo sostenga. La cultura del tener convierte a los millonarios en “héroes” que deben ser imitados, mide el éxito en posesiones personales. Nuestros héroes son otros, e intentan construir una sociedad en la que sus ciudadanos sean juzgados por sus aportes al bien común. José Martí escribió que ser cristiano era ser como Cristo, nuestros niños repiten en la escuela “seremos como el Che”. No se trata de morir en la Cruz, o en La Higuera, se trata de seguir la estela del humanismo que ambas figuras a su modo encarnan.
La cultura cubana se forjó en las luchas anticoloniales y antimperialistas. Mientras Cuba terminaba de conformarse como nación, se definía el imperialismo estadounidense a 90 millas de sus costas, y la primera guerra imperialista de la Humanidad, según la definición leninista de ese estadio de desarrollo capitalista, tuvo lugar en Cuba, en 1898. Un recorrido por la obra de los principales pensadores cubanos de los siglos XIX, XX y XXI, arrojará que la principal preocupación de nuestra cultura radica en esa relación asimétrica que fue apoderándose de nuestras riquezas hasta su total liberación en 1959. El bloqueo petrolero no solo afecta el funcionamiento de hospitales, escuelas, fábricas, el de nuestra cotidianidad hogareña, afecta también a la cultura. Hemos tenido que suspender este año la realización de la Feria Internacional del Libro, el evento cultural más masivo del país, a solo días de su inauguración. Pero no habrá apagón cultural. Trasladaremos las actividades a las comunidades, crearemos nuevos espacios de creación. Como ha dicho nuestro ministro de cultura, haremos más con menos.
El aporte de la revista Revolución y Cultura, fundada en 1961, y que me honro en dirigir en la actualidad, es modesto. Aspira a enlazar esos términos en la actividad nacional e internacional de nuestros artistas e intelectuales, a reforzar los caminos de reafirmación identitaria. Después de seis años sin aparecer impresa, hemos recuperado la secuencia con el apoyo de la solidaridad internacional.
- El intercambio Cuba-Venezuela es el blanco predilecto del chantaje imperial. En la práctica, ¿cómo se logra mantener el flujo de solidaridad médica, científica y cultural bajo el actual estado de sitio? ¿Cómo se están blindando ambas naciones frente al chantaje de las sanciones?
Cuba no abandona. El internacionalismo está en el ADN constitutivo de la nacionalidad cubana: “vengo de todas partes y hacia todas partes voy”, sentencia un verso de José Martí, quien imaginó como Bolívar la unidad de Nuestra América. El imperialismo condicionó en otras épocas la flexibilización del bloqueo a nuestra retirada de Angola, o a la suspensión de la ayuda a la Nicaragua sandinista de los primeros años. Nada de eso ocurrió. La respuesta siempre fue la misma: nos vamos cuando nos lo pida la autoridad legítima; el agredido, no el agresor. No negociamos principios. La relación solidaria de complementariedad que Cuba y Venezuela (Fidel y Chávez) impulsaron es un ejemplo de lo que serán algún día las relaciones entre todos los países del mundo. Como ha dicho nuestro Presidente han sido relaciones de complementariedad, ejemplares para países del Tercer Mundo, que se expandieron con el ALBA-TCP, la Misión Milagro, PetroCaribe, los programas cubano de alfabetización “Yo sí puedo”, con la recepción en la Escuela Latinoamericana de Medicina de miles de jóvenes latinoamericanos, africanos e incluso, estadounidenses pobres. Cuba fue el único país que envió brigadas médicas al África Occidental en 2014-2015, para combatir la epidemia del ébola, cuando aún no se conocía plenamente los modos de propagación de ese virus mortal, y en 2020 extendió su presencia solidaria a 42 países del mundo, incluyendo algunos altamente desarrollados como Italia.
He dicho en otras ocasiones que hay dos tipos de pueblos (de historias humanas): los pueblos conquistadores y los libertadores. Los segundos, no solo pelean por la libertad propia, contribuyen también a la de los otros, porque se ven en ellos. A Bolívar lo llamaron el Libertador, y no admitió que cambiasen ese tinte de gloria por el espurio título de emperador. Los venezolanos liberaron la mitad del territorio continental. José Martí creó un partido para lograr la independencia de Cuba y de Puerto Rico y luchó por impedir que el imperialismo cayese sobre nuestras tierras de América. Los cubanos en el siglo XX contribuimos de manera decisiva a la independencia de África. Nada recibimos a cambio. La cultura de la solidaridad nos define. Aplaudimos al médico que “nos deja” para asistir a los necesitados de cualquier continente, incluso del llamado Primer Mundo. Admiramos al combatiente que se juega la vida por una causa justa en algún rincón “oscuro” del planeta. Chávez y Fidel conformaron la dupla imbatible de la solidaridad. La solidaridad es la esencia de una Revolución.
- ¿Qué aliados y qué escenarios prevé usted para Cuba en el corto plazo? ¿Cómo valora el papel de los BRICS+ y de potencias como China y Rusia para romper la hegemonía del dólar y garantizar la supervivencia de los proyectos soberanos en el Caribe?
En lo interno el escenario será necesariamente el de la resistencia creativa, y el de la preparación combativa. Como ha dicho nuestro Presidente Díaz-Canel, esta agresión criminal debemos transformarla en oportunidad para la creación de mecanismos de autosuficiencia energética, mediante la refinación de nuestro petróleo y la red en crecimiento de las fuentes de energía renovable. En los años 80, incluso antes de que se “desmerengara” el llamado campo socialista, Cuba supo que debía depender de sus propias fuerzas, que la seguridad de sus fronteras, de su proyecto de justicia social, dependía únicamente de la unidad y la determinación de su pueblo. La “guerra de todo el pueblo” fue el concepto que se instrumentó ante un enemigo más fuerte en lo militar, pero no en lo moral. No obstante, puedo decir que hemos recibido testimonios prácticos de apoyo de potencias como China y Rusia. A las declaraciones, han seguido acciones. No es necesario enumerarlas, ya podrán ser comprobadas en la práctica. La solidaridad internacional crece, la de los pueblos y la de gobiernos dignos. Cuba no es un activo petrolero, es un activo moral, que el imperialismo odia, pero los pueblos del mundo necesitan. Y no solo los pueblos, también los gobiernos.
La fortaleza de los BRICS no radica en el potencial aislado de cada uno de sus miembros, por muy alto que sea, sino en la capacidad que estos tengan de actuar como bloque. Alguna vez la Unión Europea pudo ser eso: un estado supranacional, con una moneda fuerte, que hiciera contrapeso a la hegemonía imperial estadounidense. Pero el imperialismo subvirtió esa unidad ofreciendo seguridad militar en las fuentes de abasto de materias primas y atizando las viejas aspiraciones de grandeza y los intereses de unos sobre otros. En realidad, el imperialismo que solemos identificar como estadounidense, porque su centro rector, militar, económico y simbólico radica en los Estados Unidos, es un fenómeno supranacional y necesita a una Europa subordinada. Algunos autores lo denominan “imperialismo occidental”, una definición geopolítica, no geográfica. Ese imperialismo está en decadencia, y por eso sus zarpazos hoy son más violentos, ya que intenta a toda costa mantener su antigua hegemonía global. Lo curioso es que sus acciones también contribuyen a debilitarlo, a fracturarlo. La fuerza de los BRICS solo puede crecer fuera de ese ecosistema; ser aliado de Estados Unidos significa aceptar su hegemonía, la primacía de sus intereses.
En este contexto, la izquierda, aturdida por el fracaso del llamado socialismo real durante demasiado tiempo, ha sido discreta, políticamente correcta, en ocasiones ambigua; ha pretendido erigirse en defensora de una democracia burguesa que la burguesía abandona. No es posible ser de izquierdas “para adentro”, y no serlo “para afuera” (y viceversa), lo que hoy le hacen a un vecino, como diría Bertold Bretch, te lo harán mañana a ti. Se han producido grandes manifestaciones de apoyo a Cuba y a Venezuela frente a las embajadas del imperio en muchas capitales del mundo.
- A nivel internacional, ¿qué acciones considera urgentes para pasar de la solidaridad retórica a una defensa activa? ¿Cómo ve el escenario continental: estamos ante un nuevo Plan Cóndor judicial y mediático o cree que la resistencia de Caracas y La Habana está gestando un nuevo despertar en el Sur Global?
No hay que esperar mucho de los actuales gobiernos latinoamericanos. Expreso con ello una opinión personal. Excepto México, cuya presidenta ha defendido la hermandad histórica de nuestros países, con un extraordinario temple para resistir las presiones del imperialismo y las de una derecha interna, corrupta y dependiente del comercio con los Estados Unidos, y algunos de los dignos pequeños estados del Caribe insular, siempre valientes y solidarios, la llegada al gobierno de fascistas abiertos o solapados, ridículos imitadores de Trump, vendepatrias, crea un escenario adverso. La izquierda gris, tartamuda, aunque parezca preferible, nada tiene que ofrecer. Esa realidad trae consigo una enseñanza: las mujeres y los hombres, los partidos y los movimientos honestos de izquierda, o asumen su condición antisistémica, o perecerán en la nada. El fascismo es hijo del imperialismo, del capitalismo en su fase más decadente; o se combate en sus raíces, o nos perdemos en la restauración de la “normalidad” colonial y neocolonial. No pretendemos inmolarnos ni hacemos llamados a la inmolación, pero la caída en combate de los 32 héroes cubanos en Caracas es un aviso. Cuba peleará hasta el final.
8. Enrique, estamos a las puertas de una fecha de enorme peso simbólico: el centenario del nacimiento de Fidel Castro en agosto de 2026. ¿Cómo se está preparando Cuba, desde el pensamiento y la creación, para celebrar este siglo de legado fidelista? En un contexto de asedio recrudecido como el actual, ¿cómo se logra que estas celebraciones no sean solo un acto de memoria, sino una herramienta de lucha política viva, y de qué manera la situación económica actual podría intentar empañar o condicionar este homenaje mundial al Comandante?
De alguna extraña manera, los grandes próceres latinoamericanos siempre regresan cuando más se necesitan. Lo hizo José Martí en 1953, al cumplirse el centenario de su nacimiento y en 1995, en el centenario de su caída en combate, ante la desaparición del ecosistema socialista. Lo hace Fidel, que este año cumple su primer centenario de vida. Recordarlo no es evocarlo, llevarle flores, ofrecer discursos laudatorios; es seguir su ejemplo de firmeza en los principios, de confianza en el pueblo, en la victoria, de flexibilidad en las tácticas de lucha, de estar siempre con los humildes y para los humildes de cualquier rincón del mundo. “Yo soy Fidel” fue la consigna que el pueblo repitió durante su funeral en 2016; no significa que seamos exactamente como él, algo imposible, significa que conservaremos y multiplicaremos su legado. Existe un amplio plan de actividades a ejecutar durante el año, que ahora se adecuarán a las condiciones de guerra impuestas por Trump, pero el verdadero homenaje será solo uno: resistir y vencer.

