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Libros para ser libres

Por Michel Torres Corona / Foto: Joaquín Hernández

En latín, liber significa “libre”, pero también se denominaba con esa palabra a la corteza de la planta con que se hacía el papel. Son dos usos distintos, no una raíz etimológica común, pero la coincidencia pudiera resultarnos particularmente ilustrativa de lo que hoy se pueda entender por libertad. La capacidad que tenemos los seres humanos de transmitir el conocimiento, ya sea de forma oral o por escrito (incluida en esta última todo lo derivado del mundo digital, vía software) nos distingue entre los demás elementos vivos de la Naturaleza. La condición humana es, ante todo, una construcción cultural, una creación que, generación tras generación, se reconfigura, y de la que los libros —esos artilugios hechos a partir de los árboles en la Antigüedad y que hoy también son leídos en pantallas de diverso tamaño— pueden ser testimonio o, incluso, catalizador. 

Para idealistas como Hegel, idealistas en el sentido filosófico y más bien metodológico del término, la libertad parte del reconocimiento, de la acción consciente que asume lo concreto como abstracto y puede, en definitiva, transformar lo abstracto en concreto. Es un proceso individual, en el que cada persona se emancipa como espíritu, asumiendo las riendas de su destino; y un pueblo de “hombres libres” asume el espíritu mismo de la Historia y dirige a otros pueblos, bárbaros e inopes, que ni pasado ni historia tienen. 

Y no deja de tener razón: ¿acaso no se suele repetir, atribuyéndole la frase a Bolívar, que un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción? La colonización tiene muchas aristas: política, militar, económica… pero también es cultural, también opera sobre las mentes y corazones de los colonizados, que muchas veces se vuelven cajas de resonancia del discurso colonizador, se vuelven cómplices de su subyugación. Los hombres y mujeres colonizados no pueden ver, sometidos a las penurias de sus circunstancias materiales concretas, las causas reales de su miseria, a su enemigo real, en tanto son incapaces de alzarse hasta tal punto de abstracción que les permita analizar con objetividad dichas circunstancias y, por ende, entender la necesidad de transformarlas. O sea, no pueden “reconocerse” como iguales de aquellos que intentan venderse como sus superiores. 

Para los clásicos del marxismo, esa libertad no podía limitarse al plano individual. En tanto el humano era un ser social, y la sociedad y la cultura no eran meros adornos sino elementos constitutivos de su identidad, la libertad implicaba una emancipación colectiva, una erradicación de la dialéctica hegeliana entre amos y esclavos, un hecho histórico que no solo alteraba la forma de comprender el mundo sino que pasaba a revolucionar el mundo en sí. Lecturas ulteriores, viciadas de dogmatismo, vieron en ese análisis una fórmula que menospreciaba la voluntad, la actividad del individuo y de las masas (y sus vanguardias) organizadas: la Revolución era resultado ineludible de una ley histórica-ahistórica, de una acumulación de factores metafísicos para explicar el materialismo como ciencia, de la espontánea victoria de la clase proletaria. 

No obstante, toda Revolución verdadera pone a prueba dogmas y lecturas maniqueas. La Revolución cubana lo hizo, sin dudas: un proceso radical en una isla pobre y subdesarrollada, a escasas noventa millas del más poderoso imperio de la historia, que pese a cualquier análisis no solo triunfó sino que condujo a la conformación del primer Estado socialista del hemisferio occidental. Y triunfó porque siempre tuvo, a la par del atinado examen sobre las condiciones materiales, el peso justo de las ideas como arma para la lucha. 

“Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”, dijo Martí, y Cuba toda fue el ejemplo más fidedigno del valor de aquella frase. El Che se refería al comunismo como el resultado del desarrollo material más la conciencia: no bastaba con la elevación del nivel de vida la población, sino que se debía forjar en ese proceso un “hombre nuevo”, un ser humano capaz de entender su entorno, de reconocerse como sujeto revolucionario. Fidel lo diría también, en los primeros años: es más fácil morir por la Revolución que entenderla. 

De ahí que esa Revolución triunfante hizo de todo pero siempre le brindó prioridad a la cultura y a las ideas. ¿Qué fue la masiva y épica Campaña de Alfabetización sino el propósito exitoso de Fidel y del gobierno revolucionario de masificar el acceso a la lectura, al desarrollo cultural, a la conciencia que hiciera al pueblo cubano verdaderamente libre? ¿Cómo entender la apuesta por hacer de la educación un derecho universal y gratuito, aún en condiciones financieras precarias, sino como un ejercicio de democratización del saber, que es la más eficaz forma de democratizar la política?

También lo dijo Martí: “Ser cultos es el único modo de ser libres”; y también dijo que a pensamiento era entonces la guerra mayor que se le hacía al proyecto independentista. “Ganémosla a pensamiento”, concluía, sin dejar de acopiar fusiles. La Revolución no era un esfuerzo separatista más: era la transformación radical de la sociedad cubana, el doloroso parto de una República nueva, donde se rindiera culto a la dignidad humana. Y, demorado por décadas de neocolonialismo, el parto se dio. 

Los libros, esos aliados sempiternos de la cultura, se convirtieron en un instrumento de la hegemonía socialista, que no pretendía imponer sino enamorar a los cubanos con la idea de un porvenir de lucha y de felicidad. “La Revolución no te dice cree, te dice lee”, dijo Fidel en un discurso y rápidamente se convirtió en consigna de la época. Pero no solo consigna, por supuesto: se fundó la Imprenta Nacional, en 1959 —que luego fuera, en 1962, Editora Nacional de Cuba, con la dirección de Alejo Carpentier— y se hizo una tirada de 400 mil ejemplares de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. 

Heredero de esa tradición y de esa voluntad de emancipación cultural, el Instituto Cubano del Libro, fundado un 27 de abril de 1967, hace 59 años, sigue velando por la suerte de escritores y lectores. Sus trabajadores y especialistas hacen ingentes esfuerzos para, en medio de la precariedad y de las prácticamente imposibles condiciones que impone el bloqueo a Cuba, no se abandonen nunca las trincheras de ideas. Sin papel ni tinta para imprimir masivamente, como en épocas anteriores, se apuesta por el libro electrónico y por pequeñas tiradas, privilegiando la literatura infanto-juvenil, a los “lectores en formación” de cualquier edad que tanto necesitan —aunque todavía no lo puedan reconocer— de la lectura. 

No solo de pan vive el hombre, ni tampoco depende única y exclusivamente la libertad de la cultura y las ideas. A Cuba hay que saber defenderla con las armas, si es preciso, si la amenaza cotidiana del imperialismo se llega a concretar, pero el alma misma de la Revolución solo se salvaría si, tras la lucha diaria por la supervivencia o luego de una contienda bélica —que nadie desea, más allá del círculo de Epstein—, conserváramos el legado, la memoria, la genuina identidad de nuestro pueblo y los rasgos exactos de su rebeldía, no solo contra la prepotencia de los colonizadores, sino contra todo dogma, contra toda forma de vasallaje intelectual, contra la mediocridad y la ignorancia. 

Necesitamos combustible y comida y medicamentos… pero también necesitamos libros para ser libres.

Fuente: Agencias

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