El apagón
Por Michel Torres Corona (*)
Hace varios años escribí en Granma que cuando mi madre era una niña también había apagones. “Nosotros siempre hemos estado en Período Especial”, era y es aún su mantra. Para ella, los “buenos tiempos” fueron suerte de treguas que nos fuimos ganando por el camino, treguas que se esfumaron sin que pudiéramos valorarlas en su justa medida. Éramos felices y no lo sabíamos…
Yo creo que fuimos felices y no lo supimos hasta que Donald Trump asumió por primera vez la batuta al frente de Estados Unidos. Con Trump no solo se rompió la esperanza del obamismo, sino que inició un periodo de recrudecimiento del bloqueo. 243 medidas aprobó el emperador para asfixiar a Cuba. No lo logró. Su sucesor, Lord Biden, no hizo apenas por modificar «ese paquete de sanciones´´. Y por entonces yo escribía en Granma y creía que «la cosa estaba mala´´. Resulta que no, que podía empeorar, y que sí éramos felices y tampoco lo sabíamos.
Antes, en los 60 y 70, también hubo apagones. Y desabastecimiento. Mi abuela solía cambiar ropa por comida. Siempre estaba a la caza en el mercado negro. Mi abuelo le entregaba su sueldo casi íntegro y ella se encargaba de mantener la casa en pie. Mi madre recuerda que su hermano menor no conoció el pollo de niño y que a la mantequilla la gente la bautizó como Ulises: se perdió por diez años.
Luego vino la década de los 80, universalmente conocida en Cuba como los «buenos años´´, cuando más nos parecimos al socialismo como ideal: justicia social e igualdad, despensas llenas, una modesta pero profunda prosperidad.
Yo nací en los 90. Para ser exactos, en el 93. Había caído el muro en Berlín y se había desintegrado la URSS. Corrían los años del Período Especial en Tiempos de Paz, un eufemismo táctico para nombrar la peor crisis económica y social de Cuba. Hasta hoy. Mi generación no ha conocido otra cosa que no sea crisis. La gente hablaba de “alumbrones” porque el tiempo con luz eléctrica era mínimo.
Treinta años después, el recrudecimiento del bloqueo por parte de Trump en su «segunda temporada´´ ha hecho que volvamos a esos momentos de cruenta escasez, y que para muchos los hayamos «superado´´. Hay días en los que apenas tenemos dos horas de corriente: es prácticamente imposible refrigerar alimentos, las personas (y, sobre todo, los niños) padecen largas madrugadas de calor y mosquitos, trabajar o estudiar se convierte en un acto de sacrificio y equilibrismo.
En algunos barrios, en medio de la cerrada oscuridad, se escuchan calderas sonando. Las personas, exasperadas por la ausencia de electricidad, hacen ruido… pero en el fondo todos saben que la protesta no llevará a nada. El gobierno no quita la corriente por capricho: no hay combustible suficiente. Meses pasó el país sin que entrara una gota de petróleo. Un barco ruso, en marzo, rompió (u horadó, mejor dicho) el bloqueo total de Trump, pero su carga solo contribuye a evitar el colapso. A la escasez de combustible se suma el mal estado de las termoeléctricas. El cuadro, en su conjunto, puede resultar desalentador, incluso deprimente.
Lo que está haciendo el gobierno de Estados Unidos con el pueblo cubano es un brutal ejercicio de tortura. Trump y su camarilla (con el infame Marco Rubio a la cabeza) se han ganado un lugar sobresaliente en la escala de cinismo y malevolencia que casi siempre acompaña a las administraciones yanquis. No solo han aplicado el cerco más insidioso contra Cuba sino que hablan a los medios y solo culpan a Díaz-Canel y al Partido Comunista por la crisis. Cualquier otro país hubiera colapsado, sea cual fuere su modelo político o económico, pero Cuba permanece.
Cuando escribía en Granma, la corriente eléctrica y su interrupción solía ser un inconveniente. Hoy se hace difícil hallar el tiempo y la energía para llenar cuartillas. No se sabe cuándo aparecerá el apagón, ni cuándo volverá la luz… ni por cuánto tiempo. Pero sigo escribiendo, del mismo modo que el pueblo sigue su vida, incluso en circunstancias tan adversas, sosteniendo en sus hombros el peso de un país, impidiendo con su heroísmo cotidiano que el país se derrumbe.
Y así vamos, amenazados no solo por la pobreza impuesta sino también por la hipotética invasión o el prometido bombardeo. Son, indudablemente, tiempos difíciles, tiempos que no son propicios para eso que conocemos como felicidad. Pero ya vendrán tiempos mejores, ya podremos ser felices de nuevo y, quizás, no ignorarlo. Nada ni nadie podrá apagarnos jamás esa tozuda determinación de imaginarnos la luz al final del túnel, incluso cuando no se llegue a ver.
(*) Michel E. Torres Corona, abogado y comunicador cubano, conductor del programa «Con Filo» de la Televisión Cubana. Director del grupo editorial Nuevo Milenio, es además colaborador de varios medios de su país y el mundo.
Fotografía de portada tomada en La Habana diciembre 2025, Claudia Suárez
Tomado de Mate Amargo

