Los heraldos de la intolerancia se reunieron en Washington
Por Raúl Antonio Capote
El olor a azufre no llegó del mar, avanzó, desde el salón donde un puñado de heraldos de la intolerancia se reunió a finales, bajo los reflectores cómplices de, una derecha que ya no se disfraza, en la Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político, presidida por el secretario de Estado Marco Rubio el pasado 16 de julio en Washington, fue, en rigor, un cónclave macartista, un altar donde fueron aireadas las viejas sotanas del fascismo.
Allí, Rubio, ofició de sumo sacerdote. No fue un debate de ideas, sino un aquelarre de consignas, un remedo de las sesiones que el senador Joseph McCarthy encabezó en el Capitolio durante la caza de brujas. El libreto es el mismo: fabricar un enemigo absoluto —“el socialismo”, “el comunismo”, “la izquierda”— para justificar cualquier tropelía.
Quizás lo más obsceno fueron los silencios, mientras la cumbre macartista invocaba la “libertad”, en las calles de Estados Unidos y Europa las banderas con la esvástica vuelven a ondear sin vergüenza.
En el ataque de Buffalo en 2022 —diez afroamericanos asesinados por un joven que citaba la “teoría del gran reemplazo”— fue la enésima evidencia de que el terrorismo de extrema derecha no es una anécdota, sino una emergencia nacional silenciada por quienes hoy se rasgan las vestiduras contra supuestos regímenes autoritarios.
Grupos como Atomwaffen Division, The Base o los Proud Boys proliferaron, junto a centenares de grupos y milicias nazis, con la complicidad, de estructuras de poder que los utilizan como arietes.
Luego está Ucrania, cuyo batallón Azov —fundado por neonazis confesos— es blanqueado por Occidente mientras recibe armas y entrenamiento para combatir a Rusia y exterminar a todo el que no reverencie a Stepán Bandera.
Los movimientos neonazis y de supremacía blanca se están envalentonando y proliferan en todo el mundo, alimentados por discursos políticos que los normalizan. En Washington se regularizaron, efectivamente, con alfombra roja y micrófono abierto.
No es casual, sino causal, el fascismo, como lo definió Fidel en su informe al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba en 1975, “no es más que la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios del capital financiero”.
Aquella definición, que algunos tildaron de trasnochada, describe hoy con precisión quirúrgica el entramado que une los clubes de la ultraderecha internacional, los fondos oscuros del magnate que paga tuits incendiarios y la agenda de un imperialismo que, cuando no convence con el bombardeo de “libertad”, está dispuesto a soltar los perros del odio.
El macartismo reciclado que Rubio capitaneó, no es un accidente. es la coartada ideológica de una maquinaria que necesita demonizar a la izquierda para ocultar las vergüenzas propias: la desigualdad obscena, la violencia racial sistémica y la corrosión democrática que carcome a la metrópoli.
Como en las peores horas del siglo XX, el anticomunismo vuelve a ser el biombo tras el cual la bestia se maquilla de demócrata. Hace casi un siglo, los camisas pardas incendiaron el Reichstag, hoy, los heraldos del macartismo prenden fuego a la verdad desde tribunas alfombradas.
El guion es viejo, aunque el decorado sea moderno, mientras no se apague ese incendio, la historia amenaza con repetirse, como la más brutal de las tragedias.
Porque hay una ironía aciaga en todo esto, Rubio y Miller hablaron de «terrorismo político» mientras ellos mismos practican una forma de terrorismo institucional: el uso del aparato del Estado para perseguir a adversarios ideológicos, la estigmatización de millones de personas por sus convicciones, la construcción de un enemigo interno al que hay que «aplastar».
No es casualidad que el discurso del Secretario de Estado incluyera frases como «la rebelión de los peores contra los mejores», una formulación que el Museo del Holocausto identifica como propia del fascismo. Ni que Miller hablara de «enemigos de la civilización» y de personas «deformadas”, propia del lenguaje fascista.

