Un oscuro personaje presidirá Colombia
Por Hedelberto López Blanch
El 7 de agosto asumió la presidencia de Colombia un oscuro personaje que ha estado envuelto en varios sucesos de narcotráfico y lavado de dinero, pero como es amigo del convicto mandatario estadounidense, Donald Trump y de otros ultraderechistas de esa nación norteña, sus delitos fueron silenciados.
El 2 de junio, Trump felicitó a Abelardo de la Espriella por haber obtenido una pequeña mayoría de votos en la primera vuelta y agregó en su cuenta Truth Social: «como presidente, Abelardo tendría un éxito tremendo al liderar a Colombia para hacer crecer la economía, crear empleo, promover el comercio, detener la inmigración ilegal, tomar medidas enérgicas contra el crimen y las drogas, y restablecer la ley y el orden.
«Debido a sus enormes logros en la vida y su apoyo político hacia mi, personalmente es un honor darle a Abelardo mi respaldo total y absoluto», añadió.
En respuesta, De la Espriella señaló: «Vamos a hacer una llave con el gobierno de Washington y con el presidente Trump como nunca antes la ha tenido Colombia con otro gobierno de Estados Unidos.
Con esos truenos, la suerte estaba echada. Con fraude o como fuera posible, el candidato ultraderechista tenía que ganar las elecciones.
Sus primeras acciones han sido lamentables: anunció que romperá relaciones diplomáticas con Cuba y Nicaragua; que la embajada de Colombia la trasladará a Jerusalén ocupado y el «derecho de Israel» de adueñarse del Golán sirio; reconocerá a Marruecos como «dueño» del Sahara Occidental pese a los años de lucha anticolonialista de los saharaui y el apoyo que se le ha dado a ese hermano pueblo en Naciones Unidas.
El Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, emitió una declaración al respecto en la que expresó: «De concretarse esta decisión, que no tiene la más mínima justificación y tampoco responde a los intereses nacionales colombianos, quedaría en evidencia la clara subordinación del próximo gobierno de Colombia a la política de división y confrontación entre nuestras naciones, promovida desde siempre por Estados Unidos, así como sus conexiones con lo más infame y vulgar de la política anticubana en ese país».
¿Quién es Abelardo de la Espriella?
La doctora y analista internacional Diana Carolina Alfonso lo describe en las páginas del Diario Red como «un individuo cuyo nombre aparece una y otra vez en versiones libres de exjefes paramilitares, en expedientes judiciales, en investigaciones periodísticas y en testimonios que, aunque no siempre terminaron en condena, sí dibujan un patrón inquietante. Este empresario jurídico, hizo carrera donde la ley se mezcla con el despojo y la política se cocina en fosas, fincas y fundaciones civiles.
Nació en Bogotá en 1978 en el seno de una familia acomodada. Entre 2001 y 2002, su padre, también llamado Abelardo, coordinó la campaña electoral regional de Córdoba para Álvaro Uribe, quien resultó elegido presidente a pesar de sus turbios vínculos con narcotraficantes y grupos paramilitares.
Los gobiernos de Uribe (2002-2010) se caracterizaron por reformas neoliberales divisorias y la represión sistemática de todas las fuerzas de la sociedad civil que consideraba «enemigos internos» culpables de «subversión», incluyendo partidos políticos de oposición, sindicatos y organizaciones de derechos humanos por lo cual lo catalogan como un fascista.
Al igual que Uribe, De la Espriella tiene amplios vínculos con el paramilitarismo. Durante el proceso de desmovilización del gobierno de Uribe con las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), la principal federación paramilitar del país, Abelardo fue asesor del grupo. También se desempeñó como asesor legal de políticos involucrados en escándalos de «parapolítica», como Eleonora Pineda y Dieb Maloof.
Con base entre Bogotá y Miami, De la Espriella se destacó como abogado defensor de paramilitares, empresarios y políticos acusados de corrupción. En 2007, representó al exministro de Justicia Alberto Santofimio, sospechoso de estar involucrado en el asesinato del candidato presidencial Luis Carlos Galán en 1989. Posteriormente, defendió a David Murcia Guzmán, un empresario colombiano que, mediante un esquema piramidal, estafó a decenas de miles de personas de bajos recursos, robándoles los ahorros de toda su vida y blanqueando ganancias del narcotráfico.
De la Espriella creó la Fundación para Iniciativas de Paz (FIPAZ), que dio voz a comandantes paramilitares en foros universitarios e hizo campaña para prohibir las solicitudes de extradición. En 2008, Ernesto Báez, un paramilitar que había participado en eventos de FIPAZ, declaró que la AUC «buscaba estudiantes, a través de Abelardo de la Espriella, como canal de difusión para justificar la guerra». En 2011, la Suprema Corte de Justicia de Colombia afirmó que FIPAZ «no promovía la paz cuando los grupos de autodefensa masacraban, desaparecían, asesinaban y torturaban, sino que buscaba proyectarse políticamente a través de estudiantes universitarios». La Corte ordenó una investigación contra De la Espriella por conspiración y lavado de dinero, pero ésta fue bloqueada por la Fiscalía General de la Nación, entonces dirigida por Mario Iguarán, amigo de De la Espriella. Varios paramilitares han testificado que el nombramiento de Iguarán para el cargo se produjo después de que pagaran a su oponente para que se retirara de la contienda.
Abelardo mantiene una relación particularmente cercana con el ex paramilitar encarcelado Salvatore Mancuso, cuyas fuerzas llevaron a cabo unas 10 000 desapariciones forzadas y más de 40 000 desplazamientos. Ambos asistieron al mismo colegio en Montería, y cuando el gobierno de Uribe extraditó a Mancuso a Estados Unidos (lo que algunos creen que fue para impedir que testificara sobre los vínculos entre políticos y paramilitares) De la Espriella defendió a su amigo, diciendo: «Mancuso es de mi pueblo y cargó con una lucha que todos los cordobeses deberíamos haber librado», dando a entender que los asesinatos y la violencia estaban de alguna manera justificados.
Al igual que otros líderes de extrema derecha, De la Espriella utiliza símbolos y lenguaje militaristas. Ha prometido intensificar la confrontación violenta con grupos armados ilegales en lo que él denomina una política de «seguridad democrática renovada». Su gorra de la Fuerza Aérea y sus saludos militares refuerzan la narrativa de seguridad de mano dura, que busca explotar la preocupación ciudadana por la violencia y la delincuencia.
Hasta aquí algunas de las innumerables «virtudes» fascistoides del nuevo presidente colombiano que se unirá a otros nuevos mandatarios latinoamericanos surgidos de la mano del jefe de la Casa Blanca, Donald Trump.

