El nuevo futuro de internet desde una perspectiva crítica: ¿Qué es la web3?

Por Esteban Magnani.

Una nueva promesa recorre internet: la Web3. El nombre, creado en 2014 por uno de los fundadores de Ethereum, Gavin Wood, plantea otro giro en la historia de la web.

La primera web, la creada por Tim Berners-Lee en 1990, fue la que detonó el uso de internet para el gran público gracias a sus protocolos libres que permitían sumarse con relativa facilidad. 

 Sin embargo,  los sitios más exitosos de esa primera web estaban marcados por el viejo modelo de los medios masivos en el que un puñado de sitios emitía para una mayoría pasiva. Esto cambiaría con la llamada web 2.0 basada, sobre todo, en la posibilidad de que «todos» publiquen, primero con los blogs y luego con la explosión de las redes sociales. 

La promesa era la democratización y la multiplicación de voces, aunque las cosas resultaron bastante distintas, con un puñado de empresas con demasiado poder.

¿Democracia en la web?
La Web3 (originalmente denominada como Web 3.0 por Wood, pero ahora simplificada), vuelve a depositar en una nueva tecnología, en este caso el blockchain, la posibilidad de quitar poder a los intermediarios para llegar a una web realmente democrática, en manos de usuarios y creadores, gracias a la descentralización de las finanzas, de los datos. En fin, del flujo de información de todo tipo que tanto se concentró en estás dos últimas décadas. 

En el corazón de esta descentralización está el blockchain, herramienta tecnológica que mejoraría la escalabilidad, la privacidad y la seguridad de los datos (algo que también puede fallar por distintas razones). Blockchain es la tecnología subyacente a Bitcoin, como ya se explicó en otros artículos de este suplemento).

Gavin Wood lo explicaba así en una excelente entrevista para Wired: «Creo que el modelo de la Web 2.0 era más o menos el mismo que el de la sociedad anterior a internet. Si se retrocede 500 años, la gente básicamente estaba atrapada en sus pequeñas villas y pueblos. Y comerciaban con la gente que conocían. Y confiaba, en términos generales, en el tejido social, para asegurarse de que las expectativas eran creíbles». 

El problema con este modelo, según Wood, es que no es escalable: cuando la sociedad crece los vínculos de confianza se estiran hasta romperse. Frente a eso se crearon instituciones reguladoras que llegan tarde y entienden mal. Esto, desde su punto de vista, se resuelve con contratos inteligentes almacenados en una blockchain que todos controlan y resulta, en principio, inviolable.

En los últimos años la Web3 recibió cantidad de publicidad y «hype», un entusiasmo a veces sincero, pero otras financiado por aquellos que saben que podrán enriquecerse utilizando, en muchos casos, la necesidad genuina de algunos sectores. Un ejemplo es lo que ocurre con los NFT cuyo potencial útil para artistas es pervertido con frecuencia por prácticas engañosas. 

En definitiva, Web3 es una idea, una marca si se prefiere, cuyos usos concretos resultan difíciles de prever porque se juegan en el complejo entramado social, político, económico en el que reinan desigualdades estructurales.

Críticas
Cuando se despeja el humo del marketing y las relaciones públicas que rodean a la Web3, provisto por jugadores de peso con intereses económicos como, por ejemplo, Mark Zuckerberg, y se aborda la propuesta desde una perspectiva crítica, la propuesta parece más asociada a intereses minoritarios que al de las mayorías.

El investigador Evgeny Morozov publicó en 2013 el libro La locura del solucionismo tecnológico cuyo título resume la postura crítica acerca de quienes creen que las cuestiones sociales pueden resolverse con tecnología. 

No hace falta ser un experto para comprender que los protocolos abiertos diseñados por Berners-Lee, por ejemplo, tenían lo necesario para facilitar la apertura y la participación igualitaria, pero fueron los usos sociales, en situaciones de desigualdad concreta, los que determinaron su devenir. Por decirlo toscamente, «sociedad mata tecnología». 

“Hoy, la Web3 y las finanzas descentralizadas o ‘DeFi’ prometen nutrir a los movimientos sociales de hackers que descentralizarán la propiedad de la economía real. Sin embargo, termina reforzando la concentración del mercado y alimentando una especulación rampante”, explica Francesa Bria, quien trabajó como responsable de tecnología en Barcelona durante el primer gobierno de Ana Colau, en una entrevista que le hace el mismo Morozov. 

Para agregar: “Ese mundo es, con frecuencia, ideológicamente resistente a la regulación y plantea un riesgo al sistema financiero en su conjunto”.

Organización
«Poner la solución tecnológica en el frente y decir ‘como va a estar blockchain no va a haber problema’, es un error: el problema es político, social, cultural», ilustra Pablo Vannini, sociólogo y uno de los referentes de la Federación Argentina de Cooperativas de Trabajo, Tecnología, Innovación y Conocimiento. 

En esta organización se prioriza el software libre como propuesta potente para democratizar el conocimiento (entre otras ventajas) pero sin creer que con eso alcanza: por eso se organizan como cooperativas y formaron una federación vinculada al movimiento en general. 

«La importancia de la tecnología descentralizada existe hace mucho, por ejemplo, con las redes p2p. Es decir, con la tecnología sola no alcanza. Más allá de que blockchain sea interesante y que puede servir para algunas cosas, está siendo bancada en este caso por un montón de capitales de inversión. Creo que el blockchain no sirve para evitar el monopolio, sino que sirve para saber que hay monopolio y que el monopolio se construye por un montón de lados. Por ejemplo, en el caso paradigmático de bitcoin, la generación pasa a ser monopólica por cuestiones que no están relacionadas con la tecnología en sí», señala Vannini, también programador y docente de UNPAZ.

Ese solucionismo tecnológico no viene solo: «Atrás de esto, en general, vienen discursos que buscan minar las capacidades de un Estado que, hay que reconocer, hace bastante poco por demostrar que sabe y que conoce de tecnologías. Y ahí se hace una encrucijada para los que somos defensores del rol del Estado, en el sentido de ser un actor fundamental para mediar en relaciones económicas”, apunta.

Posneoliberalismo digital
Uno de los pilares de la Web3 es la descentralización financiera. La hipótesis es que las criptomonedas, al no estar controladas por ningún banco, favorecen la democratización. De hecho, bitcoin creció al calor de la indignación que produjo la crisis de 2008 en la que quienes se enriquecieron y causaron la crisis no pagaron las consecuencias. Sin embargo, la solución genera problemas ya conocidos.

«La descentralización financiera permite a sectores que concentran capital no sólo mover activos inmateriales de un lugar a otro, sino también condicionar fuertemente a los Estados en la toma de decisiones económicas, productivas, sociales», afirma Mariana Gutiérrez, doctoranda en Ciencia Política, Magíster en Sociología y Licenciada en Administración por la UNC. 

«La digitalización creciente es parte de una revolución tecnológica mayor que involucra transformaciones en la esfera del trabajo, de la producción y está enmarcada en un sistema geopolítico determinado. Algunos economistas también hablan de un posneoliberalismo digital”, agrega. 

Para Gutiérrez el fenómeno tiene también otra cara. Advierte que “el desarrollo de las llamadas ‘aplicaciones descentralizadas’, como parte de la promesa de la Web3, significa disputarle a las Big Tech la monetización de los datos. Pero detrás de esa retórica, hay una búsqueda de mayores tasas de ganancia a partir de altas inversiones en investigación y desarrollo para soluciones que permitan aprovechar un contexto de escasa regulación».

Concentración de bitcoin
Gutiérrez indica que la perspectiva optimista sobre la Web3 «está asentada sobre la idea de que es posible transformar la organización de la economía a partir de un objeto técnico neutral, sea una criptomoneda o ‘contratos inteligentes’, basados en complejas operaciones matemáticas. En la narrativa de ese tecnosolucionismo, se elude e invisibiliza la presencia de asimetrías, oligopolio y concentración económica». 

Por ejemplo, en la práctica, un estudio calcula que el 0,01 por ciento de los tenedores de bitcoins concentran el 58,2 por ciento del total. En general la mayoría de los análisis coinciden en que el 95 por ciento de los bitcoins está concentrado en el 2 por ciento de las billeteras. Poca queda de la desconcentración tecnológica si unos pocos jugadores pueden manipular el mercado con facilidad.

Por otro lado, como aclara Gutiérrez, “hoy vemos que tanto las instituciones bancarias tradicionales como los Estados están experimentando con la tecnología blockchain. Incluso la supervivencia de la criptoeconomía depende del dinero fiduciario y las instituciones financieras, tanto tradicionales como fintech”. Es decir, la misma tecnología, supuestamente descentralizadora del poder, también puede estar en manos de Estados.

Palabra de moda
También personas insospechadas de tecnofobia como Jack Dorsey (el creador de Twitter) o Elon Musk (dueño de Tesla y SpaceX, entre otras) consideran que la Web3 es poco más que una palabra de moda funcional a inversores de riesgo que quieren embellecer proyectos. 

Tal como se presentan hasta ahora, las criptofinanzas son la columna vertebral sobre la cuál se construirá la Web3, lo que explica también la enorme inversión en promover desarrollos que se publicitan como disruptivos, imparables o, incluso, como el futuro mismo. Del otro lado quedan las escasas miradas críticas provenientes en general de académicos y sectores con conocimientos tecnológicos asociados a los intereses de las mayorías.

En resumen, detrás de la promesa de liberación por medios tecnológicos promocionada con bombos y platillos, vendrá la disputa de poder económico, social y político, siempre desigual, en la que se dirimirá la realidad de la Web3 y su impacto en la sociedad.

 

Tomado de Página/12.

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