Internacionales

El iceberg de violencias en la atención en salud mental

Por Marta Plaza

Las violencias machistas que sufren las personas psiquiatrizadas quedan relegadas a un segundo plano y las que se ejercen desde el propio sistema sanitario dificultan la recuperación.

Pensemos en la imagen de los icebergs que muestran las violencias machistas. En un formato similarcreo que podríamos desarrollar cómo sería un iceberg específico de las violencias del sistema psiquiátrico y de la sociedad cuerdista. Sería interesante desarrollarlo colectivamente. Este texto no tiene ánimo de definir de forma cerrada este iceberg propio de violencias, sino esbozar algunas de ellas.

Las contenciones mecánicas (que nos aten con correas a las camas), práctica denunciada por el relator contra la Tortura, el Maltrato y los Tratos Degradantes de la ONU y que continúa dándose a diario tanto en las urgencias psiquiátricas como en las unidades de ingreso, podrían estar en la cúspide del iceberg como violencia explícita, clara y visible. Organizaciones como el Colectivo LoComún han impulsado campañas exigiendo la abolición de esta medida. En la web www.0contenciones. org explican que “es una práctica común en las unidades de psiquiatría del Estado español y otros países que consiste en atar a una persona a la cama con correas, sujetándola de la cintura, muñecas y tobillos, para impedir que se mueva libremente. La persona puede permanecer atada durante horas o incluso días, dependiendo de la decisión del personal sanitario. La contención en el Estado español se suele practicar de forma opaca y no controlada (no es posible acceder a registros por unidades donde se explique quién es atado, por qué, durante cuánto tiempo ni cómo) y en caso de secuelas graves o mortales, queda impune”. Estas secuelas graves o mortales no son ninguna exageración: entre otros ejemplos, la familia de Andreas Fernández González, joven de 26 años fallecida en 2017 tras más de 70 horas atada en el Hospital Universitario Central de Asturias, sigue hoy embarcada en un proceso judicial que exige responsabilidades por su muerte.

Esta violencia no podría darse sin ser sostenida por tantas otras. Muchas de ellas son también explícitas, como las esterilizaciones forzosas de las que se ha hablado en Pikara MagazineLos ingresos involuntarios son una muestra más de las violencias y la coerción cotidiana que enfrentamos, supuesta y perversamente, “por nuestro bien”. Estos ingresos, que a menudo se inician con una intervención policial en la que te sacan a rastras de tu casa para meterte en una ambulancia donde, atada, te llevan a un hospital en el que seguirás atada varias horas, presuponen además nuestra incapacidad de cuidarnos y de pedir ayuda, resultan retraumatizantes y dificultan cualquier vínculo terapéutico posterior. A la vez tapan las carencias de un sistema en el que los profesionales no saben (¿o no quieren?) trabajar desde el consenso con las personas que atienden, creando una relación terapéutica y de confianza, pactando planes de cuidados conjuntos o desarrollando mano a mano con sus pacientes herramientas como la planificación anticipada de decisiones en salud mental. Estas componen uno de los modelos de planes de crisis donde podemos pensar, expresar y dejar escrito cómo queremos ser atendidas y cuidadas (y cómo no) si en algún momento de mayor malestar o desconexión de las propias necesidades no podemos hacernos cargo del dolor o de nosotras mismas ni de nuestro cuidado.

Otra violencia clara y explícita en la atención psiquiátrica sería la ausencia de consentimiento informado a la hora de recibir algunos tratamientos con importantes consecuencias sobre nuestras vidas. Por ejemplo, la medicación forzosa con psicofármacos tan potentes como antipsicóticos, ansiolíticos… o tratamientos como el electroshock, que se sigue practicando cotidianamente en las unidades de psiquiatría bajo el nombre de TEC (Terapia Electro Convulsiva). A pesar de las secuelas que genera en la memoria y en el sistema cognitivo, a menudo este se realiza solo con la firma de nuestros familiares, con un consentimiento sesgado por la falta de información, o conseguido bajo coacción (por condicionar el alta hospitalaria a acceder a recibir sesiones de TEC). Pero en la práctica y más allá de estas violencias que podríamos situar en la parte visible del iceberg, el sistema de atención psiquiátrica en sí es coercitivo. Las violencias, amenazas, chantajes, coacciones… son una constante, así como presuponer nuestra incapacidad para cuidarnos o para tomar buenas decisiones sobre nosotras mismas y nuestras vidas.

Negarnos el derecho a equivocarnos y a aprender de esos errores es en sí una violencia. Ruth Almansa, trabajadora de uno de los recursos de la red madrileña de atención para personas con diagnóstico psiquiátrico, nos dice al respecto: “Ningún recurso de salud mental, ninguno, está libre de ejercer violencias. No son las mismas, por supuesto: no es lo mismo que el recurso tenga la posibilidad de atar o de medicar forzosamente a la gente o que se controle el tabaco a cambio de que cumplan no sé qué normativas. No es el mismo grado de violencia, pero la posibilidad de ejercer violencia existirá siempre que esté presente la idea de que la gente diagnosticada es diferente a los profesionales que trabajamos en esos recursos. En salud mental esa diferencia está sostenida en la idea (muy común) de que tienen un problema en el cerebro o en los neurotransmisores o lo que sea, que hace necesario que haya otros que les digamos cómo tienen que vivir su vida”.

¿Qué otras violencias sustentan las de la cúspide y están presentes también en la atención que recibimos? Un puñado tendrían que ver con los psicofármacos: con la sobremedicación y con no valorar nuestra experiencia, deseos o necesidades en este ámbito. ¿Cuántas de nosotras no hemos sido escuchadas al pedir cambios porque sentíamos demasiada somnolencia por los medicamentos, porque estos nos estuvieran haciendo coger peso o porque nos hubieran retirado la regla, y la respuesta recibida ha sido “eso no es importante, ya te acostumbrarás” o incluso “pues eso que te ahorras”, en el caso de la retirada de la menstruación, sin atender nuestra queja?

Otras de las violencias cotidianas tienen que ver con la relectura que de nuestra propia vida hace alguien externo, en clave patologizadora, claro o el poder del profesional de salud. No solo la figura de la psiquiatra, sino de todas las implicadas en el acompañamiento profesional: desde psiquiatras a psicólogas, enfermeras, educadoras sociales, orientadoras. Nuestras vivencias, nuestros malestares y a menudo nuestra distancia de lo normativo se ve reducida a síntomas y a etiquetas diagnósticas. Incluso nos encontramos con frecuencia con ciertos diagnósticos que enmascaran nuestra denuncia de violencias y maltratos sufridos, que quedan así impunes o relegados a un cuarto o quinto plano. Tampoco es extraño que desde la consulta médica veamos patologizados nuestros hábitos de vida desde una mirada —oh, sorpresa— patriarcal con fuertes sesgos de género. Así, nuestra orientación o identidad sexual, la frecuencia de las relaciones sexuales que mantenemos, las tareas de la casa que hagamos o nuestra estética se ven sujetas también a la aprobación externa con pretextos clínicos. Lo vemos además cuando por nuestro sufrimiento psíquico contamos con figuras profesionales destinadas supuestamente a darnos apoyo específico para nuestra autonomía, en las actividades de la vida diaria, gestiones… No es raro que estos equipos de apoyo acaben siendo nuevas figuras de control y que hagan sus “intervenciones” no según nuestras necesidades expresadas, sino según lo que ellas deciden que necesitamos. ¿Está tu casa suficientemente limpia?, ¿has hecho la compra adecuadamente?, ¿estás gestionando bien tu dinero? ¿Quién decide ahí cuál es la frontera entre bien o menos bien, adecuado o inadecuado? ¿Cuándo ese pisar la frontera tiene que ver con nuestro diagnóstico y requiere de una intervención clínica, de aumentar la medicación, de ingresar o de solicitar una incapacitación?

Algunas otras situaciones con las que nos encontramos las personas psiquiatrizadas en el sistema médico que también podemos considerar violencias son las relacionadas con la desatención de dolencias físicas. Recuerdo cómo una psiquiatra compartía en unas jornadas que a menudo en sus guardias le avisaban siempre que llegaba un paciente con historial psiquiátrico, independientemente del motivo por el que iba a urgencias. “Dice que se ha caído y le duele mucho el pie, pero como es “es de los tuyos…”, ponía como ejemplo de esas consultas que se le hacían antes de haber investigado siquiera si efectivamente el pie podía estar hinchado, roto… o no. Y, por supuesto, son innumerables los problemas médicos que quedan sin diagnosticar por la falta de atención de síntomas más subjetivos (como los que tienen que ver con el dolor, destacando también la endometriosis o la fibromialgia porque, de nuevo, las patologías más feminizadas reciben aún menos atención). Nos quejamos por gusto, siempre hemos sido histéricas de más, exageradas, ya sabéis. Y si ya hay un diagnóstico certificando nuestra locura, para qué decir más.

En la base del iceberg: la sociedad cuerdista

Las violencias que vivimos, tanto desde el sistema psiquiátrico como desde la propia sociedad cuerdista, están íntimamente entrelazadas, son sostén la una de la otra. Así como el racismo en la sociedad explica que toleremos las violencias en los CIEs o su propia existencia, también situarnos a locos y locas en una otredad ajena asociada a mitos fuertemente instalados de peligrosidad, agresividad, imprevisibilidad… permite que la vulneración de nuestros derechos sea práctica cotidiana asumida además como necesaria e inevitable. Las violencias del sistema psiquiátrico están invisibilizadas a veces por los propios muros (no solo físicos) tras los que se nos encierra.

Quizás si no has pasado por un proceso de psiquiatrización o no lo ha hecho nadie de tu entorno más cercano, las desconozcas. No todos sabemos que los electroshocks o las esterilizaciones forzosas han continuado haciéndose hasta nuestros días. Pero las violencias del cuerdismo, que sustentan y posibilitan las otras, son mitos compartidos cultural y socialmente, creencias extendidas de las que somos parte. Entendemos este cuerdismo como una opresión específica armada en torno al eje cordura/locura (a veces otras personas hablan de neurotipicidad/ neurodivergencia, aunque yo lo uso menos por si vuelve a entenderse como situar en primer plano lo neurológico y cerebral). Presuponiendo la cordura como modelo de salud, de bienestar, racionalidad, productividad, funcionalidad… lo que no encaja en esos marcos rígidos se ve patologizado y señalado como problemático. Hablaríamos así, según definen las compañeras de Rebelión Feminista, de una opresión estructural que consiste en un conjunto de prácticas e ideología que presuponen la superioridad de los pensamientos y experiencias cuerdas sobre las de las personas locas.

¿Cómo se manifiesta este cuerdismo en la sociedad? Con las ideas que recaen sobre las locas de peligrosidad, agresividad e imprevisibilidad; la falta de credibilidad y fiabilidad, la deslegitimación de nuestras vivencias, discursos y narrativas; el continuo señalamiento como personas problemáticas, tóxicas, dañinas, que es mejor no tener cerca, que hacemos sufrir a nuestro entorno, que somos una carga y que no sabemos lo que necesitamos ni lo que nos conviene y precisamos por ello una tutela y una dirección externa.

No es raro que cuando somos objeto de estas violencias no las detectemos desde un inicio y, de hecho, nos consideremos merecedoras de ese mal trato. El “nadie me va a querer” como creencia instalada con fuerza podría tener su reflejo en “es que soy muy problemática, soy irrecuperable, nunca voy a encontrarme mejor”. El cuestionamiento de por qué no nos defendimos mejor, ni pudimos detectar más rápido la violencia, o alejarnos antes, que por qué no denunciamos… también se nos repite a quienes hemos soportado tanto tiempo las violencias del sistema psiquiátrico. Yo misma no sé cuándo me voy a perdonar del todo. Pero a la vez sé que la responsabilidad no es nuestra por no haber detectado a tiempo ciertas violencias o no haber encontrado herramientas para protegernos mejor, si no de quien nos maltrata, de quien nos agrede y de quien la conoce y tolera. Más aún cuando quien nos maltrata es el mismo sistema que debería cuidarnos y apoyarnos durante los momentos más vulnerables de nuestro sufrimiento psíquico. Por eso, también es necesario un trabajo colectivo en el que hablemos de estas violencias, las nombremos, las visibilicemos, como paso necesario para su eliminación tanto del sistema médico como de nuestra sociedad y cotidianeidad.

Ojalá este texto pueda ser una aportación más para ese horizonte que buscamos.

Tomado de Pikara Magazine/  Imagen de portada: Señora Milton

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