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No vamos a tener vocación de mártires: Entrevista a Pablo Beltrán, jefe negociador del ELN en los diálogos de paz con el Estado colombiano

El Ejército de Liberación Nacional (ELN), de Colombia, cumple el próximo 4 de julio sesenta años de lucha armada. El ELN llega a este aniversario en medio de un proceso de diálogos de paz con el Estado colombiano, ahora encabezado por el presidente Gustavo Petro.

Sin embargo, el camino hacia la paz — definida por el ejército guerrillero como algo más, como mucho más que el silencio de los fusiles— ha resultado ser complejo y tortuoso. El ELN busca derrotar el viejo régimen de la oligarquía colombiana —esos «sectores supremamente adversos, contrarios a que esto avance y que persisten en sus propósitos»— la cual ha sumido al país en 75 años de violencia y por ello recuerda que lo que hacen está «sembrando para generaciones futuras».

En esta ocasión, en exclusiva para La Tizza, el comandante Pablo Beltrán, jefe negociador del ELN en la mesa de diálogos nos cuenta no solo por qué es uno de los «revolucionarios de toda la vida», sino cuál es su visión del actual proceso de negociaciones, el horizonte de las transformaciones que deben operarse en el país sudamericano, porque «si usted cree que solo cambiando al ELN se cambia Colombia, está equivocado» y qué le hace expresar, con tanta vehemencia que «no tenemos vocación de mártires». Sirvan estas preguntas y, sobre todo, estas respuestas, como un ejercicio de solidaridad militante realizado bajo la pregunta permanente — que nos recuerda nuestro compañero, el comandante Pablo Beltrán— de «¿qué diría Camilo Torres en estas circunstancias?»

La Tizza (LT): Usted ha dicho que entró al ELN, allá por los años setenta, en parte porque esa organización guerrillera decía que el poder lo debía tener el pueblo. De los setenta hasta hoy ha transcurrido medio siglo. Cincuenta años después, ¿sigue siendo ese su objetivo de vida?

Pablo Beltrán (PB): Otro periodista me preguntó «¿Usted volvería a pertenecer al ELN?» y yo le dije «Claro, yo creo que no me he equivocado en la elección». Es que a nosotros nos tocó una generación en la que hubo mucho compromiso social y político para que Colombia cambiara.

Entonces sí, yo estudiaba Ingeniería en Petróleo. Después de que terminé de estudiar era algo más o menos así: «o me pongo a practicar la profesión o sigo siendo revolucionario». Yo decidí seguir siendo revolucionario. Acuérdate que Lenin decía que «uno tiene que ser un revolucionario profesional», o sea que hace las cosas con excelencia y dedica a esto, a la Revolución, toda la vida, no un rato. Es en ese sentido que fuimos formados nosotros en el ELN: revolucionarios de toda la vida y cada vez hacer mejor las cosas de la Revolución.

LT: Ahorita me decía que parte de los impulsos tienen que ver con hacer que «Colombia cambiara». Han pasado 50 años. Indudablemente se han dado cambios en Colombia. ¿Qué se mantiene de esa Colombia de los setenta que impulsó al joven Pablo Beltrán, en la Colombia de hoy?

PB: Colombia es un país muy rico, muy diverso en muchas formas, pero tiene una desgracia: tiene un régimen que persigue y extermina al que se le opone. Esa es la peor carga que debemos remontar los colombianos: buscar un régimen que tolere que, si yo tengo unas ideas socialistas y el otro no las tiene, yo les respeto las de él y él me respeta las mías, y no por eso nos tenemos que matar. Ese es el principal cambio político que necesita Colombia.

Cuando el presidente Petro dice que no va a perseguir, lo que está diciendo, lo que está haciendo es una afirmación histórica. Pero lo que pasa es que detrás de él hay otros poderes del Estado que sí persisten en eso, en perseguir y eliminar al opositor: ese es el punto donde estamos hoy.

LT: Colombia está en el centro, en términos territoriales, de lo que fue el proyecto de Bolívar. ¿Cuánto del fracaso de ese proyecto impulsa al ELN a la lucha?

PB: Una curiosidad, cuando comenzamos este proceso con el presidente Juan Manuel Santos en 2012 — hace 12 años ya— nos dimos la tarea de constituir un grupo de garantes esencialmente latinoamericanos. ¿Por qué? Porque pensamos que estos esfuerzos de paz que se hacen desde un país tienen que involucrar al vecindario en la idea de que América Latina y el Caribe se van a unir a la lucha por una zona de paz. No es fortuito que estemos en Cuba o que vayamos a hacer rondas a México o a Ecuador o a Venezuela o a Brasil: es para involucrar al continente, al vecindario, en este esfuerzo de búsqueda de la paz. Y eso es así por una razón de compensación o de reparación, porque el conflicto colombiano también afecta a los vecinos. Es en ese doble sentido que entendemos la idea de Bolívar de buscar metas comunes — en este caso la paz está viva— y por eso conformamos el grupo de garantes de esa manera.

LT: ¿Es una diferencia con el grupo de garantes del proceso de paz con las FARC-EP? De todas las diferencias vamos a hablar después, es solo para confirmarlo.

PB: Sí, porque en aquel proceso de paz los garantes eran esencialmente europeos.

LT: Usted había dicho, hace un rato, en la previa de esta entrevista, que este era un conflicto aparentemente complejo, indescifrable e irresoluble; al menos así lo presentaban las élites criollas colombianas. Intuyo que cada uno de esos conceptos: «complejo», «indescifrable» e «irresoluble» tienen detrás contenidos, ¿cómo leerlo?

PB: Hay un elemento central de las guerras en la actualidad que le dan más énfasis a la guerra mediática. Hoy las guerras usted las libra en el terreno, pero también las libra en los grandes medios de comunicación social. Por ejemplo, hoy la OTAN hace más énfasis en ganar la guerra a nivel mediático que en el terreno en Ucrania: en el terreno en Ucrania la perdieron, pero ellos todavía mantienen unas matrices de opinión como si estuvieran ganando y tienen a la gente manipulada y desinformada sobre eso. Ese es el concepto de guerra de hoy.

En Colombia es lo mismo. Claro, desde esa matriz, nosotros los revolucionarios somos «terroristas»; nosotros los revolucionarios somos «narcos»; o sea, se trata de un proceso de deslegitimar y va uno a ver y son esas clases dominantes los que son terroristas y son narcos. ¿De dónde salió Pablo Escobar? ¿De dónde salieron los grupos narcoparamilitares, brazos de la guerra interna? Entonces se presenta al que busca cambios como un «loco», un «terrorista», un «delincuente». Ese es el campo de batalla, por decirlo de algún modo, a nivel ideológico. Y el trabajo de nosotros, los revolucionarios, es explicar: nosotros somos delincuentes políticos, no somos delincuentes comunes y la línea que separa eso es… Te pongo un ejemplo: si el ELN hace una «acción de finanzas», eso va a un plan nacional, decidido colectivamente, y a unos hechos y a un plan revolucionario; eso no va para el bolsillo de nadie.

¿Qué es lo que hace la clase dirigente en Colombia? Todo lo que hacen es para el bolsillo de ellos: ¡eso sí es delincuencia común! Porque la política es un medio de enriquecerse, de lucro. Ese debate de quién es el delincuente común está en el centro de la guerra hoy y de ahí se derivan las acusaciones de terrorismo y de narcotráfico.

La oligarquía colombiana en los años sesenta nos decía «subversivos», después evolucionó a llamarnos «insurgentes», después del ataque a las Torres Gemelas en Nueva York, en 2001, nos comenzaron a llamar «terroristas». O sea, va evolucionando la conceptualización, pero en últimas es eso. A su vez, cuando tenían a Osama Bin Laden luchando contra los soviéticos en Afganistán él era un «luchador por la libertad»; cuando organizaron la Contra, en Nicaragua, eran «luchadores por la libertad». Ese cuento lo sostuvieron hasta la última reunión del G8 [el G7 entonces era G8, porque aún estaba Rusia] en Génova a mitad del año 2001. ¡La cumbre del G8 de Génova a mediados de 2001 todavía hacía grandes erogaciones de dinero para esos «luchadores de la libertad»! Estamos en el verano de 2001 y en el otoño, cuando se produjeron los atentados terroristas, corrieron a todos esos «luchadores» y comenzaron a ser «terroristas». O sea, a los que financiaron hasta el verano eran luchadores de la libertad y, a partir de septiembre, eran terroristas. Fíjense cómo es la conceptualización.

Lo mismo pasa en Colombia. Lo más grave es que en el año 1962 el entonces presidente de los Estados Unidos, J. F. Kennedy, envió al jefe de los «boinas verdes» desde Fort Brack a Colombia — se trataba del general William P. Yarborough— e instruyó a las tropas colombianas para que consideraran como enemigo interno a todos los comunistas y socialistas, y organizaran grupos paramilitares para hacer acciones terroristas contra ellos. Todo eso está en el archivo nacional de los Estados Unidos. O sea, desde el año 1962 el ataque terrorista con grupos paramilitares contra los revolucionarios en Colombia se volvió política oficial. Claro, en esa época eran «agitadores comunistas», después eran «infiltrados en las organizaciones sociales», ahora los llaman «redes de apoyo al terrorismo». Esa es la caracterización para poder criminalizar. Esa es la matriz que se enfrenta: deslegitimar a los que luchan por cambios, deslegitimar a los revolucionarios y ocultar lo que ellos son en realidad.

Esa es una explicación para que cuando alguien dice «ah sí, Colombia, Pablo Escobar, el patrón del mal», nadie se acuerde de que Pablo Escobar fue aliado de los Estados Unidos para llevarle armas a la Contra en Nicaragua o de que Pablo Escobar puso los escuadrones mafiosos suyos a matar a la gente del principal partido de izquierda que había en los años ochenta, la Unión Patriótica, y que dejó 5.000 asesinados. Eso fue en alianza con Pablo Escobar. Cuando Pablo Escobar se «creció» mucho, juntaron todos los otros carteles y lo mataron, en el 93. Ahí, en paralelo con la muerte de Escobar, quitaron las leyes que volvían legales los grupos paramilitares.

Esos carteles que juntaron ellos para matar a Escobar después se convirtieron en un grupo de matarifes que se llamó Autodefensas Unidas de Colombia. El primer genocidio lo hicieron contra la Unión Patriótica y el segundo genocidio, entre 1995 y 2005, lo hicieron contra todas las bases de izquierda urbanas y rurales.

¿Quiénes son los narcotraficantes? ¿Quiénes son los narcoparamilitares? ¿Quiénes son los genocidas? Decir eso — aunque es un gran problema— es una cosa y otra cosa es resistir uno a eso.

Por ejemplo, a finales de los años noventa todas las familias de los dirigentes de las FARC-EP y del ELN fueron secuestradas por ese grupo de matarifes: al comandante Nicolás — que en ese momento era el primer mando del ELN— le mataron cuatro hermanos. Todas esas discusiones nosotros las tenemos hoy en las negociaciones. La primera pregunta: ¿el Estado reconoce que hizo eso? Segunda: ¿lo va a volver a hacer? Tercera: ¿cómo va a reparar eso?

El problema de la paz es más que la existencia de una guerrilla, porque si hay algo que sepamos hacer nosotros es luchar; ¡por eso no nos han acabado!

Llevamos 60 años y ¿qué no ha usado el imperialismo contra nosotros? ¡Todo! Pero, claro, el que sufre es el pueblo. El año pasado hubo cerca de 18.000 homicidios en Colombia — ¿cuántos hay en Cuba? ¿mil? no alcanza — . De esos 18.000 solo el 4 % corresponde a enfrentamientos de la insurgencia con el Estado. Mire la magnitud del problema de Colombia. ¿Por qué? Porque entonces hay clanes regionales, bandas, hay mafias, hay carteles, hay disidencias, o sea grupos que quedaron después de la inmovilización con las FARC-EP…

Es la teoría de que a usted le desorganizan un país para volverlo incontrolable para ellos poder meter la mano. ¿Qué hicieron con Ecuador? Destruir todo lo que hizo Correa con bandas. ¿Y qué están haciendo ahora? Los yanquis ofreciéndose para salvar a Ecuador: meter miedo para después ser ellos la solución. Esa es la guerra perpetua y que se diga que un proceso de paz de estos quiere sacar a Colombia de la guerra perpetua es — como dicen ustedes— fajarse con los Estados Unidos. No es solamente con las clases dominantes colombianas.

Así, con este muy rápido panorama se puede explicar el por qué se vuelve tan indescifrable, tan incomprensible el conflicto colombiano y por qué, sobre esas dos bases, ellos dicen «es irresoluble, mantengámonos eternamente en guerra».

Nosotros hemos dicho: «¡no! ¡Es entendible, es descifrable y es resoluble!». Se puede resolver y eso significa oponerse a la matriz instaurada por ellos, porque ¡se puede resolver hablando!

LT: Estos 75 años de conflicto — aunque en el ELN son un poco menos, ¿no? 60 años— y tanto tiempo sobre las armas — es decir la extensión del conflicto, de tener personas sobre las armas tanto tiempo con mayor o menor presencia territorial—, ¿cómo ha complejizado también la vida de los combatientes, las cuestiones internas de quienes están ahí en la lucha — que entran como ustedes siendo jóvenes, probablemente igual que usted— y han pasado este tiempo ahí? ¿Cómo impacta a los combatientes?

PB: Voy a decirle en qué está concentrado el genocidio hoy en Colombia. Las FARC-EP firmaron un acuerdo en noviembre de 2016. De ese año a 2023 son ¿cuántos años? siete, en siete años han asesinado a 300 excombatientes de la FARC-EP que firmaron ese acuerdo.

¿Qué quiere decir eso? Que los convirtieron en un objetivo militar. ¿A quiénes han matado? A todos los antiguos guerrilleros que se convirtieron en líderes sociales en sus comunidades; o sea los que persistieron en su idea de lucha, pero se convirtieron en líderes en sus comunidades, líderes comunales, sociales, ambientales, de derechos humanos… muertos, asesinados. ¿Qué quiere decir eso? Que «todo el que intente un cambio se muere».

El ELN ¿qué lección extrae de eso? Que no vamos a tener vocación de mártires.

Es legítima la defensa, es legítima la seguridad. Hablemos de un proceso de paz donde, primero, usted me reconozca en mis ideas y, segundo, cese su plan de exterminio y de persecución. Y exigimos esto, porque si cesan el plan de persecución y exterminio contra nosotros, tienen que cesar el plan de exterminio contra el resto del liderazgo popular.

Nosotros, en la guerrilla, somos los que menos sufrimos esas arremetidas, porque sabemos tácticas, tenemos armas, tenemos zonas bajo nuestro control, tenemos recursos, sabemos pelear. Pero un líder comunal anochece y no amanece. Lo que ha pasado siete años después de la firma de la paz con las FARC-EP es una enseñanza.

Llegó Petro. ¿Se detuvo eso? No se detuvo, se incrementó. ¿El culpable es Petro? No, el culpable es el viejo régimen que sigue ahí. Nosotros hemos tenido esas discusiones en la mesa de diálogos.

Hay 54 clanes regionales. Esos clanes regionales dominan cada esquina del país, compran a los políticos, están asociados con las bandas, tienen escuadrones armados y esos clanes dominan los partidos y esos partidos dominan el Congreso: es una maquinaria donde las armas no están monopolizadas por las Fuerzas Armadas estatales, sino están repartidas. Aquí el Estado tiene 500.000 armas, el ELN tiene 5.000; pero en manos de gente por fuera hay cuatro millones de armas. El asunto no es solo las armas sino para qué se usan las armas. ¿Para qué usan las armas los terratenientes? Para expulsar a los campesinos. ¿Para qué usan las armas los terratenientes en una localidad del sur de Córdoba llamada Tierra Alta? Los terratenientes le pagan al Ejército para que se quite el brazalete y se disfracen de paramilitares y vayan a expulsar a los campesinos que quieren expulsar. Eso se volvió un escándalo en Colombia hace como tres meses y al ministro de Defensa de Petro le tocó expulsar a los tipos que hicieron eso, incluido el jefe de la brigada. Pero ese escándalo se dio porque se dejaron pillar, pero eso pasa siempre, todos los días, en todas las esquinas de Colombia: ¡es el viejo régimen!

LT: Ese escenario entonces le imprime una singularidad a su comprensión del proceso de paz, ¿cuál es?

PB: Que no hay que dejar a nadie ir por fuera, así sean los sectores más extremos. Hay que llamarlos y preguntarles qué piensan de la paz, cómo creen que es la paz.

Muchos de esos sectores creen que la paz es más soldados y más policías y nosotros pensamos que no, que la paz es ir a las causas estructurales del conflicto social, político y armado y resolverlas. Sabemos que no las vamos a resolver de aquí a que se vaya Petro en 2026, pero sí se puede comenzar un proceso que permita que lo que hagamos hoy esté encadenado con lo que vamos a hacer en 10 años: eso es lo responsable.

La transición energética y el cambio de modelo productivo duran 40 años. ¿Cuánto dura sacar a Colombia de esa cultura de guerra? ¡Décadas! El que crea que eso se saca en un gobierno se equivoca. Estamos sembrando para generaciones futuras.

LT: O sea, que lo distintivo, para confirmar, es la participación de la gente.

PB: Sí, claro. Por ejemplo, en Bogotá está funcionando un proceso de participación donde hay sectores indígenas, afros, campesinos, de trabajadores de todas las regiones, de todas las religiones, empresarios. En Cuba vamos a tener una reunión con todos los partidos. El objetivo es ese, que todos digan qué piensan de la paz, cómo creen que es la paz. También plantearnos una meta aún más compleja: construyamos una visión común de paz que no sea la de Petro o la del ELN. ¡No! Hagámoslo entre todos. Esa es la invitación.

¿Por qué es tan amplia la convocatoria? Porque mucha gente considera que, si todo esto avanza, entonces habrá sectores que se tienen que ir de Colombia. Nosotros decimos que no, que no se vaya nadie, tenemos un país muy grande y muy rico donde todos cabemos. Esa es la manera de acabar con la lógica del viejo régimen de perseguir y exterminar. ¡Todos cabemos! Y yo por eso no voy a dejar de tener una idea socialista. No creo entonces que en estos 10 años vamos a construir socialismo, pero sí vamos a democratizar el país. ¿Quiénes somos socios para eso? ¡Miremos!

Son problemas de mucho tiempo. Hace 75 años mataron a Gaitán, él era liberal socialista y cuando la oligarquía vio que él iba a ganar, lo mataron. Parte de su partido se volvió guerrilla: nació la guerrilla liberal. Después se acabó esa guerrilla liberal, pero parte de esa guerrilla liberal formó las FARC y formó el ELN. Los jefes experimentados con que contó el ELN para arrancar venían de la guerrilla liberal; o sea, hay un continuo de la resistencia del alzamiento armado.

LT: Yo voy a insistir, por lo menos, en dos o tres cuestiones de su respuesta.

Una es ¿cómo se prepara el ELN, las personas, las mujeres, los hombres que están en el terreno para la paz? Más allá de la declaración «vamos a hablar de la paz», ¿cómo se están soñando, imaginando, pensando, practicando si fuera posible, una Colombia en paz? Esa sería una pregunta.

Otra es «En Colombia cabemos todos», esa frase suya. Aquí traemos una provocación: ¿tendría cabida esa oligarquía que ha demostrado durante 200 años ser incompatible con la democracia y la soberanía popular? Es una pregunta o una provocación quizás, eso lo reconozco.

Dirigido a eso mismo. Ya tienen delante la experiencia de las FARC-EP pero hay otras experiencias, digamos en Centroamérica, donde antiguas guerrillas han firmado la paz y no han logrado trascender los marcos de la democracia burguesa y el electoralismo. ¿Cómo lee eso el ELN? Son tres preguntas en una.

PB: Yo me voy por lo sencillo, con varios ejemplos.

En estas cuestiones de la paz he ido varias veces al Pacífico colombiano, al Chocó, que es una región con cinco docenas de consejos comunitarios negros, cinco grandes etnias indígenas, más un poquito de los mestizos. ¿Qué me dice la gente? «Hagan su proceso de paz como quieran, pero nunca se vayan de al lado de nosotros». ¿Usted sabe lo que eso significa?

Otro ejemplo es lo que dijo la gente cuando hubo combates con los narcoparamilitares en la frontera con Venezuela — que fue una campaña como de tres años— , los campesinos le decían a las unidades nuestras cuando llegaban a una zona donde no había guerrilla nuestra antes: «yo le voy a colaborar a usted, pero le pongo una condición, que después no se vayan». ¡Ese es el sentir de la gente!

Tercer ejemplo. Una líder afro del Darién — donde Colombia hace frontera con Panamá, específicamente en Urabá— en una conferencia me preguntó «¿ustedes también van a dejar disidencias que nos martirizan y nos hacen sufrir?».

Vea la gente lo precisa que es para decir sus cosas. ¿Qué le dije yo? Cada cosa que nosotros hacemos en este proceso de paz sigue una lógica: esta delegación de diálogos va a los frentes, explica, resuelve dudas, y con nuestra dirección, vuelve y recoge instrucciones, y vuelve y se sienta. Esto no es un ejercicio individual, todos participan, o sea que aquí nadie está ciego y todos saben qué está pasando. Cualquier acuerdo todo el mundo sabe y lo cumple. Es la manera de que no haya disidencias.

Ahí le respondo cómo vive la gente, los combatientes, el problema de la paz, el proceso de paz y qué cosas quiere la gente que no se repitan.

A nosotros nos dicen: «¿Qué quiere el ELN? ¿Ir al Senado? ¿Ir al Congreso?». ¡No, no! Yo incluso digo una expresión: «Dios me libre». No.

El trabajo nuestro es la inserción social, estar con la gente, acompañar a la gente. Incluso al combatiente desde que entra se le dice: «siempre junto al pueblo» y el día que usted no lo sirva, se jodió.

Si el ELN hoy crece y lleva 60 años de lucha es porque ha sabido de alguna forma no poner sus armas en contra del pueblo, no ser una carga para la gente y que vean que en nosotros tienen una garantía de que el país cambie y en las regiones más azotadas, una garantía de seguridad, de estabilidad, de tranquilidad.

Ese es el primer factor que lleva a que el ELN esté como esté y tenga un apoyo popular y, segundo — que ya se lo he explicado antes— , si nosotros no tuviéramos la legitimidad que tenemos hubiéramos sucumbido a toda esa guerra mediática.

En Colombia la gente sabe que cuando nosotros nos equivocamos, lo reconocemos, lo reparamos; que cuando nosotros decimos «se va a hacer esto», se hace: hay un cierto valor de la palabra de lo que nosotros decimos. Eso es la legitimidad.

Si uno defiende esas dos cosas — que la gente lo vea a uno como parte suya y que el conjunto del país lo vea a uno como una fuerza legítima— eso hace posible, por ejemplo, mantener esperanzas de que en la lucha va a haber cambios, porque cuando la esperanza se pierde el único camino que queda es el fascismo.

La tarea nuestra como revolucionarios — y en este caso vemos la mesa como un instrumento— es mantener esa esperanza de que con la lucha pueden darse los cambios. Ellos están apostando a que los intentos de cambio de este gobierno de izquierda no sirvan, sean inservibles y lo que hay que hacer es seguir como venimos, y para seguir como veníamos toca ponerse más duro frente al fascismo.

La apuesta es más allá del futuro del ELN, es el futuro del país.

Me faltó responder a la provocación. [RISAS]

No está resuelto. El sector que más se opuso a los cambios en la época de Santos fue el sector del expresidente Uribe y hoy ese sector hace parte de la delegación del gobierno, a través del jefe de los empresarios ganaderos de Colombia.

LT: ¿Y qué explica ese cambio?

PB: Voy a hacer una explicación que será más irónica. Yo creo que hay gente que se «mete» en estas cosas también con propósitos personales. Por ejemplo, muchos se meten a hacer impulso de procesos de paz porque quieren ser candidatos presidenciales. Yo pienso que dentro de los sectores que se opusieron mucho al proceso de paz con Santos, y que ahora quieren estar, hay gente bien intencionada en el sentido de querer intentarlo, con honestidad; pero también hay quien piensa que los procesos de paz son como una buena sombra para sus intereses personales. Yo no sabría distinguir qué prima, pero sí, así son.

Otro ejemplo. En el proceso de participación que se está desarrollando en el marco de los diálogos de paz — el cual incluye a todos los sectores y a todas las regiones— está un sector de Iglesias protestantes evangélicas, las cuales votaron en contra del proceso de paz con las FARC-EP cuando lo propuso el presidente Santos en el famoso plebiscito de 2016 — aquel en el que la gente dijo que no quería paz — , ese grupo de Iglesias participó por el «No» en esa ocasión y ahora está participando por impulsar este proceso. ¿Qué quiere decir eso? Que sí hay cosas nuevas, que sí hay como un cierto acercamiento a buscar términos comunes de lo que es la paz.

Pese a eso, hay sectores supremamente adversos, contrarios a que esto avance: no es que eso no haya terminado, eso persiste.

LT: Hace unos días el defensor de la Defensoría del Pueblo, en esa perspectiva mediática que formatea las conductas de los líderes de opinión pública, llamó a que ustedes requirieran a algunos frentes de las guerrillas, introduciendo una visión que se mantiene como matriz de que hay frentes del ELN que son más proclives a mantener el conflicto y pudiera haber otros frentes y, por lo tanto, otros mandos que están más en la vocación hacia la paz. ¿Ustedes llevan muchos años fuera del monte? ¿Desde el 2012?

PB: El equipo este de diálogos lo hemos renovado bastante, de los que comenzaron en el 2012 no queda sino uno, Gustavo, el resto ha sido renovado.

LT: Es decir, llevan un tiempo fuera de la complejidad territorial del conflicto, ¿eso introduce diferencias en la organización y en la percepción del proceso de paz?

PB: Sí y no. Cuando la delegación de diálogos estuvo en Cuba cuatro años y medio — fue en la época de Iván Duque— obvio que la percepción — y a mí me correspondió estar en esa esquina— que uno tiene del país es distinta de la de estar en el país y eso, obvio, conduce a lecturas distintas y puntos de vista distintos, con los cuales hay que saber lidiar.

Pero eso no existe hoy porque desde que la delegación regresó al país en septiembre de 2022 — un mes después del triunfo de Petro— , los integrantes de la delegación — todos pertenecen a los frentes— vienen a los ciclos de diálogo y después regresan a sus frentes.

Se están haciendo no solamente explicaciones a nuestra dirección de dónde va todo, sino que se hace lo que se llaman «pedagogías». Por ejemplo, el año pasado, en octubre, estuvimos en seis regiones distintas: yo fui al Chocó y no iba al Chocó desde el 2017.

Todo eso ayuda a mantener el pulso y a nivelar las lecturas de lo que se está haciendo.

Tomado de La Tizza / Fotos: D. R. / La Tizza.

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