Cuba

A seis décadas de una medida punitiva unilateral

Por José Luis Méndez Méndez* / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.

El 26 de julio próximo se evocarán las seis décadas transcurridas, desde que en igual fecha en 1964, Cuba aprobara la heroica Declaración de Santiago de Cuba, en respuesta a las maniobras gestadas en la Organización de Estados Americanos (OEA), para sancionar a la Isla, con el pretexto espurio de “exportar su Revolución” y la complicidad de los gobiernos dóciles imperantes entonces en Costa Rica, Venezuela, Guatemala y Nicaragua, entre otros.

Este pronunciamiento fue continuidad de las Primera y Segunda Declaración de La Habana, emitidas respectivamente el 2 de septiembre de 1960, cuando aún la Revolución no había anunciado su carácter socialista y después el 4 de febrero de 1962, entonces tembló la Plaza Cívica José Martí, en acto de asistencia combativa y multitudinaria, allí el pueblo habanero en representación de todo el país rechazó de manera contundente la ofensiva de la OEA, dirigida al aislamiento político, diplomático, económico y financiero para derrocar el sistema social en desarrollo en Cuba.

Después de la experiencia de la invasión mercenaria vencida en abril de 1961, este aislamiento continental sugería que se gestaba un nuevo lance agresivo militar con la participación de ejércitos regionales y los miles de mercenarios de origen cubano que se entrenaban en bases estadounidenses integrando las llamadas Unidades Cubanas del Ejército de Estados Unidos, entre octubre de 1962 y el verano de 1963.

El líder histórico cubano Fiel Castro Ruz, con su proverbial transparencia y estilo educador explicó los detalles de la llamada IX reunión de la OEA, como una maniobra agresiva más contra Cuba, detalló las presiones de la administración demócrata de turno en Estados Unidos, que presionó a los países de América Latina, algunos de ellos ofrecieron digna resistencia como Uruguay. Chile, México y Bolivia, cuyos gobiernos se negaron a firmar las sanciones, pero después sucumbieron a la voluntad estadounidense con la digna y permanente posición de la nación Azteca, para todos los tiempos solidario con la isla irredenta.

El aislamiento se mantuvo, hasta que la presión continental una década después comenzó a agrietar el muro imperial, así los ministros de Exteriores de la Organización de Estados Americanos (OEA) acordaron por consenso, en su 39 asamblea general celebrada en Honduras en febrero de 2009, revocar la decisión de “expulsar” a Cuba, la figura de tal medida no aparece en sus estatutos.

Gobiernos latinoamericanos durante años habían instado a revocar la sanción impuesta, incluso algunos normalizaron sus nexos bilaterales plenos, abrieron Embajadas y Consulados en las capitales. Mientras, La Habana repitió hasta la saciedad que no pretendía entrar ni tener nada que ver con una entidad a la que se le asociaba con los peores crímenes de las dictaduras latinoamericanas de décadas anteriores; tanto que el líder cubano Fidel Castro y el Partido Comunista de Cuba calificó a la OEA de “basura, pestilente cadáver y vetusto caserón de Washington”, entre otras consideraciones.

El acuerdo se alcanzó cuando casi todo estaba debatido, y tras la precipitada salida de la reunión de la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, todo indicaba que la readmisión de Cuba era ya imposible. La jefa de la diplomacia estadounidense dijo al partir que no había consenso.
Los miembros del grupo de trabajo designado específicamente para negociar un acuerdo al respecto se habían pasado diez horas debatiendo el asunto, sin éxito.

El problema residía en los condicionantes a los que un grupo de países encabezados por Estados Unidos, deseaba supeditar la derogación de la “suspensión” decretada hacía 47 años: se trataba de que La Habana asumiera los compromisos de democracia y defensa de los derechos humanos adoptados en su día por los 34 miembros, según el dibujo estadounidense de esos valores.

La señora, sin entender todavía a sus años la realidad cubana, la diseñó imaginaria, soñada por las administraciones estadounidenses que la precedieron y fracasaron al condicionar el regreso de la Isla a esa entidad internacional, al respecto expresó: “Miramos hacia el día en que Cuba pueda unirse a la OEA, pero tal pertenencia debe venir con responsabilidades y debemos estar a la altura de los estándares de la democracia y la gobernabilidad que trajeron tanto progreso al hemisferio”, declaró Clinton.

En junio de ese año 2009, esa misma entidad regional emitió pálidas reacciones cuando se produjo el cruento golpe de Estado de manera brutal y humillante contra el Presidente Manuel Zelaya, con la participación de soldados estadounidenses asentados en la poderosa base militar de Palmerola, con total desprecio a la propugnada democracia al estilo Made in USA.

El Gobierno bolivariano de Hugo Rafael Chávez y otros más cercanos rechazaron que la resolución de readmisión contuviera términos como democracia, no intervención y libertad, según la versión que dio el subsecretario de Estado norteamericano, Thomas A. Shannon, quien trajo de la administración de turno el guión para conducir la reunión, el objetivo era claro sentar a Cuba en el banquillo de los acusados.
De acuerdo con las declaraciones finales de algunos delegados de izquierda, la balanza se habría inclinado a favor de los menos exigentes con La Habana. El canciller de Ecuador, Fander Falconí, dijo: “El texto no condiciona”.
Para Washington, sin embargo, esa supuesta falta de condicionantes no fue tal. La resolución establece que “la participación de Cuba en la OEA será el resultado de un proceso de diálogo iniciado a solicitud del Gobierno de Cuba y de conformidad con las prácticas, los propósitos y principios de la organización”. Y los norteamericanos incluyen la democracia entre tales principios.

El Gobierno de Estados Unidos, quiso apropiarse del consenso y presentó el acuerdo como una victoria diplomática suya: “Hemos trabajado duro para asegurar que el retorno de Cuba a la OEA se efectuará de acuerdo con los principios y propósitos de la democracia y los derechos humanos”, dijo el portavoz del Departamento de Estado, Robert Wood.

Tanto desde Washington, como desde Latinoamérica se destacó no obstante el carácter “histórico” de la decisión. Mientras, en Cuba, aún resonaban las últimas críticas hacia la OEA: una organización “cómplice de los crímenes cometidos contra Cuba”, dijo. El acuerdo de ayer puede ser histórico, pero no resultará fácil materializarlo.

Lejos de reincorporarse, otros países decidieron abandonar al organismo como Nicaragua y Venezuela, por el carácter injerencista de su proceder sobre todo en los tiempos del impresentable Luis Almagro, lacayo asalariado de Estados Unidos, de triste comportamiento durante los días posteriores al golpe de Estado en Bolivia, que provocó la salida del líder cocalero Evo Morales, tras más de una década de construcción fecunda.

Como decían los canticos escolares de los niños cubanos en la década de los sesenta, la OEA, no es más que otra empresa americana.

(*) Escritor y profesor universitario. Es el autor, entre otros, del libro “Bajo las alas del Cóndor”, “La Operación Cóndor contra Cuba” y “Demócratas en la Casa Blanca y el terrorismo contra Cuba”. Es colaborador de Cubadebate y Resumen Latinoamericano.

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