Washington y sus turbias extensiones territoriales
Por Hedelberto López Blanch* / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.
Que el presidente Donald Trump quiera apoderarse ahora del Canal de Panamá, de Canadá, Groenlandia y hasta de Ucrania no resulta nada nuevo en la historia de Estados Unidos pues desde su surgimiento como nación ha realizado todo tipo de maniobras turbias para expandir su poderío.
La trayectoria de su expansión aparece en 1803 cuando una Francia debilitada por varios factores le vendió a Estados Unidos (por intermedio de Napoleón Bonaparte, entonces primer cónsul francés) 2 144 476 kilómetros cuadrados de Luisiana por solo 15 millones de dólares.
En 1836 el territorio de Tejas se independiza de México a consecuencia de una revuelta iniciada por inmigrantes estadounidenses que proclamaron unilateralmente la República de Texas. El 4 de marzo de 1845, el presidente estadounidense James Knox Polk manifestó su aprobación de la «reunificación» de la República de Texas con los Estados Unidos en su discurso inaugural y el 29 de diciembre de ese año se produce oficialmente su anexión.
Los estudiosos afirman que fue resultado, en ese momento, de la debilidad de México, la inestabilidad política-económica que arrastró desde la Independencia, las guerras civiles y el descuido de las provincias en la frontera por falta de recursos.
Fue un acto de expansionismo y el primer paso del despojo de más de medio territorio a México, motivado por la defensa de los intereses de los terratenientes algodoneros y de mantener esclavos en su territorio y el afán expansionista de Estados Unidos.
Un año después, en 1846, el presidente Polk solicitó la retirada británica del territorio de Oregón (que compartían ambos países desde 1819). Esto fue posible por los complicados problemas que tenía el imperio inglés que no contaba con condiciones para impedirlo.
Las mutilaciones territoriales a México continuaron tras la guerra entre los dos países (1846-1848).
El Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1849 establecía la línea fronteriza entre ambos países, a partir del río Grande o río Bravo del Norte y con ello la pérdida de los territorios comprendidos en los nuevos límites, que serían pagados a la República mexicana por la burlesca suma de 15 millones de pesos.
De esa forma, México, perdió el 55 % de su territorio, incluyendo, California, Nevada, Utah, Nuevo México, Arizona y partes de las actuales de Colorado, Oklahoma, Kansas, y Wyoming. A las débiles condiciones de México tras el conflicto, debe agregarse el expansionismo norteamericano, basado en el “Destino Manifiesto” pues para eso hacían la guerra.
Para comienzos de la década de 1840, Hawai se había convertido en una de las paradas más importantes para los barcos norteamericanos en la ruta a China. Esto generó el interés de ciertos sectores de la sociedad norteamericana. Los primeros norteamericanos en establecerse en las islas fueron comerciantes y misioneros. La muerte en 1891 del rey Kalākaua y el ascenso al trono de su hermana Liliuokalani provocó una fuerte reacción por parte de la comunidad norteamericana en las islas, pues la reina era una líder nacionalista que quería reafirmar la soberanía hawaiana.
Los azucareros y misioneros norteamericanos la destronan en 1893 y solicitaron la anexión a los Estados Unidos. El estallido de la Guerra hispano-cubano-norteamericana en 1898 abrió las puertas a la anexión de Hawai.
El principal objetivo de los expansionistas en la década de 1850 fue la isla de Cuba por ser ésta una colonia española esclavista de gran importancia económica y estratégica para Estados Unidos. Hacia 1854, los norteamericanos trataron, sin éxito, de comprarle Cuba a España por 130 millones de dólares.
Pero Washington tuvo que esperar más de cuarenta años (tras una turbia explosión en 1898 del buque Maine anclado en La Habana) para declararle la guerra a España y conseguir por las armas lo que no logró por la diplomacia. Esa neocolonización estadounidense fue abolida tras el triunfo de la Revolución cubana en enero de 1959.
Alaska había sido explorada a lo largo de los siglos XVII y XVIII por británicos, franceses, españoles y rusos. Sin embargo, fueron estos últimos quienes iniciaron la colonización del territorio. En 1867, Estados Unidos y Rusia entraron en conversaciones en relación con el futuro de Alaska. Ambos países tenían interés en la compra-venta de ese territorio por diferentes razones. Para Washington, la compra era necesaria para garantizar la seguridad del noroeste norteamericano y expandir el comercio con Asia. Por su parte, los rusos necesitaban dinero, Alaska era una carga económica y la colonización del territorio había sido muy difícil. En marzo de 1867 se llegó a un acuerdo de compra-venta y Rusia lo cedió por 7.2 millones de dólares.
Para finales del siglo XIX la expansión territorial norteamericana entró en una nueva etapa caracterizada por la adquisición de territorios ubicados fuera de los límites geográficos de América del Norte. La adquisición de Puerto Rico, Filipinas, Guam y Hawai dotó a los Estados Unidos de un imperio insular.
Así ha sido la expansión del imperio norteamericana desde su creación y hoy, en el siglo XXI, intenta agrandarlo con Groenlandia, el Canal de Panamá, Canadá y hasta Gaza o Ucrania. Esperemos que sus ambiciones territoriales no se concreten para bien de la Humanidad.
(*) Periodista cubano. Escribe para el diario Juventud Rebelde y el semanario Opciones. Es el autor de “La Emigración cubana en Estados Unidos”, “Historias Secretas de Médicos Cubanos en África” y “Miami, dinero sucio”, entre otros.
Ilustración de portada: Adán Iglesias Toledo.