Decidió el malandrín del mundo: ¡ni gota de petróleo para Cuba!
(Esta es una versión ampliada de Monde diplomatique chile )
Hubo un corte de electricidad en un sector de una ciudad europea. El «problema técnico inesperado», según dijo la empresa, duró cerca de cuatro horas: las personas inválidas y muy mayores no pudieron subir ni bajar las gradas de sus edificios; oficinas y empresas vieron paralizado su trabajo; quienes no tenían servicio de gas no prepararon ni biberones; no se pudo bombear agua; y lo peor: murió una señora que tenía respiración asistida. Con la normalidad, mucha comida tuvo que ser tirada al haberse descongelado. «Fue como estar en una guerra», dijeron los más adultos.
Al conocer ello, que se repite en muchas lugares de Europa y Estados Unidos, me volví a preguntar: ¿qué nos pasaría en Europa si Washington se disgusta porque no corta el comercio con China, o se opone firmemente a la adhesión de Groenlandia, y por eso le prohíbe usar el dólar en transacciones? ¿Le impide acceder a créditos de bancos estadounidenses o sus filiales, pero tampoco al Banco Mundial o el FMI? ¿Si veta a sus farmacéuticas y subsidiarias para que compartan lo básico para producir medicamentos? Y, para rematar, ¿si también decide no venderle más gas o petróleo, directa o indirectamente, y Europa sin poder contar con Rusia porque rompió con esa fuente? ¿Cuánto tiempo sobreviviríamos? A pesar de los recursos con que aún cuenta, he calculado que Europa se le postraría totalmente en unos quince días, pues ya Trump la tiene a su merced. Y millones aprenderían a sembrar y cocinar con leña en las calles.
Eso, y muchísimo más, ha debido soportar el pueblo cubano desde 1960, cuando Estados Unidos empezó a imponerle un bloqueo económico por haberse permitido hacer una revolución, escapando del corral de ovejas y declararse soberana. Bloqueo que se convirtió en agresion sedienta al desaparecer la Unión Soviética, con la cual Cuba intercambiaba un barco de azúcar por otro de petróleo. Es la guerra económica más larga en la historia de la humanidad. Así como se lee.
Casi es normal que Cuba compre medicamentos clandestinamente, hasta aspirinas, como si fuera un delincuente, pues raro es el laboratorio en el mundo que no tiene capital estadounidense. En la India hubo uno que colaboraba con Cuba para la producción de medicamentos contra el cáncer: una empresa estadounidense lo compró y ello se acabó. Entre las más grandes demostraciones de perversidad del régimen estadounidense sucedió durante la pandemia del Covid: Trump prohibió que se le vendiera oxígeno medicinal y ventiladores pulmonares, persiguiendo a quienes se atrevieron.
Cuba se convirtió en ese esclavo que se fugó para ser libre: perseguido sin descanso, con la orden de atraparlo y freirlo en aceite hirviente. Y los aliados de Washington, principalmente europeos, lo apoyan o miran para un lado. A veces llaman al entendimiento entre las partes, como si Cuba agrediera a su agresor. El pistolero del «Far West» no quiere diálogo: solo imponer sus intereses. Y a Cuba no le ha dado la gana de aceptarlo, al pisotear su soberanía: diálogo de igual a igual, sin poner los principios sobre la mesa, repiten los dirigentes revolucionarios. La meta del malandrín más poderoso del mundo es que la revolución se rinda.
La revolución ha sido terca. Y no es por la tan cacareada «represión» que ejerce la «dictadura de los Castro» que se ha mantenido: todos y todas en Cuba tienen una alta formación cultural y militar, que facilitaría un levantamiento popular de no gustarle a la inmensa mayoría.
Y este 29 de enero ha llegado el punto sumo de la perversidad: Trump, empujado por su secretario de Estado, Marco Rubio, de padres cubanos, firmó una Orden Ejecutiva donde declara que Cuba constituye una «amenaza inusual y extraordinaria» para la seguridad nacional de su país, proclamando una emergencia nacional. No es un chiste. El principal motivo: Cuba coopera con sus rivales estratégicos: Rusia, China e Irán. Y en esa región, que consideran su «patio trasero», eso no es posible.
Por lo tanto, todo aquel país que le suministre petróleo a Cuba, directa o indirectamente, será castigado con aranceles. Y la casi totalidad de naciones del mundo, incluida Europa, le tienen pánico a ello.
Trump y Rubio creen que negándole la posibilidad de obtenerlo, al fin la revolución caerá al agravarse la crisis energética que ya vive Cuba. Saben que el efecto inmediato será la paralización de la red eléctrica, lo que atentará aún más contra hospitales, escuelas y la vida cotidiana. Sin combustible todo se detiene en cadena: desde el transporte para la distribución de la producción agrícola; sin agua no se produce en el campo; sin agua la vida de todo está en peligro, y para que llegue se necesitan máquinas que funcionan con petróleo. Aunque Cuba está luchando por obtener electricidad de fuentes alternativas, aún falta mucho.
Calculan, como vienen haciendo hace décadas, que el pueblo hambreado y enfermo se levantará definitivamente contra la dirección de la revolución o pedirá una «intervención humanitaria». Y en ese momento, el régimen considerado la «mayor democracia del mundo», responsable de todo ello, vendrá a salvarlo con sus misiles y militares.
Es una demostración de la miseria humana de sus dirigentes y su sistema, de ahora y de siempre, en especial estos corruptos y pedófilos actuales. Todos han repetido que el objetivo es acabar con la cúpula del gobierno para una transición, sabiendo que agreden directamente a la población.
Siguen sin ver que con sus perversas medidas consiguen compactar aún más la unidad del pueblo, incluidos muchos opositores, pues la Patria y la vida de los cubanos en Cuba es lo que está por defender. Y Patria, en América Latina, dice todo.
(O, ¿acaso Trump y los suyos tienen en mente construir, sobre las ruinas y los muertos, un inmenso centro inmobiliario y turístico como planifican hacerlo en Gaza?)
Para terminar. Hoy veo a Cuba con poco apoyo real, solidario. Algunos de los que fueron sus más cercanos aliados, por los cuales Cuba puso alma y sombrero apoyándolos en tiempos bien difíciles, apenas pueden tartamudear al decirle: “disculpa, pero el del Norte nos lo prohibió».
Cierto es que hoy casi todo el mundo está paralizado por el miedo a Trump y su sistema. Es cierto que las protestas y acciones contra el genocidio al pueblo palestino no han logrado detener la barbarie, trayendo la desilusión, y, especialmente, la impotencia: nada se puede hacer contra el poder de los asesinos.
Lo más irónico es que el imperio odia a la revolución cubana, pero la respeta como enemiga porque es digna, indomable y ni intenta arrodillársele.
Tomado de Mediapart

