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Cuba no está sola

Cuba no está sola. La atención del Papa, la solidaridad internacional y la fuerza moral de sus ciudadanos le permiten negociar sin arrodillarse, dar pasos de apertura sin aceptar el lenguaje de la rendición.
(Editorial de Luciano Vasapollo para Mediafighte

En el ruido ensordecedor de la geopolítica contemporánea, donde casi todo se mide en toneladas de petróleo, sanciones, corredores navales y cambio de régimen, hay noticias que parecen menores y que, sin embargo, abren una grieta en el discurso dominante. Cuba anuncia la liberación de 51 detenidos como gesto de buena voluntad hacia el Vaticano; un convoy internacional prepara la llegada a La Habana de más de 20 toneladas de ayuda entre alimentos, medicinas y paneles solares; de fondo, se reabren contactos con Washington mientras la isla está estrangulada por un nuevo endurecimiento energético. No es una simple crónica diplomática. Es la señal de que, dentro de la asfixia de un asedio prolongado, sigue existiendo una trama de mediaciones, solidaridad y resistencia que impide que Cuba sea reducida a objeto pasivo de la presión imperial.

El primer dato que debe leerse con lucidez es este: el Vaticano, en el asunto cubano, no aparece como un actor episódico, sino como una presencia de larga duración. Desde la crisis de los misiles de 1962 hasta el deshielo Obama-Castro de 2014-2015, la Santa Sede ha desempeñado un papel subterráneo, poco espectacular pero real, en mantener abierto un espacio de interlocución entre la isla y su gran antagonista. La reciente decisión de liberar a 51 detenidos se sitúa dentro de esta continuidad. Reuters informa que el anuncio llega mientras Cuba está bajo creciente presión estadounidense y que el propio Díaz-Canel ha confirmado el inicio de conversaciones con Estados Unidos, insistiendo sin embargo en el respeto de la soberanía y del sistema político cubano.

Aquí conviene evitar dos errores simétricos. El primero es leer el episodio como una simple victoria moral del Vaticano, como si la cuestión cubana fuese solo un capítulo de clemencia humanitaria. El segundo es descartarlo como un detalle táctico de un régimen bajo presión. En realidad, ambas dimensiones coexisten. Hay ciertamente un aspecto humanitario: liberar detenidos, aliviar tensiones, construir gestos de distensión. Pero también hay un significado político más profundo: La Habana señala que quiere negociar sin arrodillarse, que está dispuesta a dar pasos de apertura sin aceptar el lenguaje de la rendición. Y el Vaticano, en este marco, vuelve a desempeñar una función singular: no la de garante de un alineamiento, sino la de mediador capaz de mantener juntas clemencia, dignidad e interlocución.

Para entender el alcance de este momento hay que situarlo en la verdad material del presente cubano. La isla atraviesa una crisis económica y energética muy dura, agravada por el bloqueo de los suministros petroleros y por la presión estadounidense. Reuters ha descrito un panorama de escasez de combustible, apagones, racionamientos y una búsqueda urgente de nuevas fuentes energéticas, incluido el recurso a paneles solares y el aumento de la producción nacional. La diplomacia, en este sentido, no se mueve en el vacío: se mueve dentro de una sociedad sometida a una tensión real, donde la cuestión humanitaria no es separable de la cuestión geopolítica.

Y es aquí donde el convoy internacional de ayuda adquiere un valor que supera ampliamente su dimensión cuantitativa. Más de 20 toneladas de alimentos, medicamentos y paneles solares no resolverán por sí solas la crisis de un país de casi diez millones de habitantes. Pero su significado no es contable: es simbólico y político. Dicen que Cuba no está sola. Dicen que todavía existe una red internacionalista, sindical, humanitaria y civil capaz de oponerse a la pedagogía del castigo colectivo. Dicen que, incluso en un orden mundial marcado por jerarquías feroces, la solidaridad entre los pueblos aún puede traducirse en ayuda concreta. La noticia del convoy, con bienes por unos 900.000 dólares y una fuerte componente energética para hospitales y servicios esenciales, debe leerse precisamente así: no como beneficencia paternalista, sino como un gesto político contra el aislamiento.

A la luz de esto, la presencia del Vaticano adquiere una fisonomía interesante incluso para quienes no interpretan la historia exclusivamente en clave eclesial. La Santa Sede, de hecho, no sustituye las contradicciones estructurales del caso cubano —el embargo, la presión estadounidense, la rigidez del modelo político, la fragilidad económica— sino que crea un espacio intermedio donde el lenguaje de la humanidad puede forzar, al menos en parte, la lógica del estrangulamiento. No es poco. En tiempos en que la diplomacia parece reducirse a menudo a chantaje, sanción o ultimátum, el hecho de que el Vaticano continúe funcionando como canal de intercambio recuerda que la política internacional no está obligada a hablar solo el léxico de la fuerza.

Esto no significa dejar de considerar el contexto de la crisis imperial en su conjunto. Permanece abierta la cuestión decisiva de cómo será considerado por todas las partes el acto de clemencia humanitaria del gobierno de Cuba respecto a los 51 detenidos liberados. No se trata, por tanto, de cerrar las perspectivas generales de diálogo, teniendo en cuenta también las contradicciones y los límites existentes.

Se trata de rechazar una lectura hipócrita que pretenda separar los derechos humanos de los derechos sociales, en el sentido de que el norte occidental-centrado no puede erigirse como baluarte de los derechos civiles globales —sean humanos y/o sociales— que deben considerarse en su complejidad y totalidad dentro del contexto de asedio económico, presión externa y brutales sanciones y embargo genocida que desde hace décadas marcan la vida de la isla. Los derechos no se defienden imponiendo un bloqueo criminal que hambre a un pueblo.

Aquí el nudo se hace más amplio. Cuba es uno de los lugares en los que la modernidad capitalista ha querido impartir una lección ejemplar: mostrar que ninguna experiencia de soberanía socialista o posrevolucionaria, ni siquiera la más pequeña y aislada, puede sustraerse a los costos de la insubordinación geopolítica. El embargo, las listas negras, el estrangulamiento financiero, la guerra económica no han sido simples instrumentos de política: han sido el dispositivo pedagógico mediante el cual se ha querido enseñar que fuera del orden imperial solo hay privación. Y, sin embargo, Cuba, aun pagando precios enormes, no ha desaparecido. Ha resistido, se ha contraído, se ha equivocado, se ha endurecido, ha buscado aperturas, pero no se ha disuelto. Es dentro de esta resistencia histórica donde debe leerse el gesto actual: no como capitulación, sino como negociación dentro del asedio.

El elemento más notable, entonces, es que precisamente mientras Estados Unidos mantiene una línea de fuerte presión, vuelve a hablarse de conversaciones. Díaz-Canel ha mencionado contactos iniciados y condiciones que deben respetar la independencia cubana. Es un punto esencial. Porque el verdadero tema no es la reanudación mecánica de relaciones diplomáticas, sino la posibilidad de que se abra una rendija que no esté basada en la subordinación. Y aquí el Vaticano vuelve a ser útil para ambas partes de maneras distintas: para Washington, porque ofrece un canal menos tóxico y menos ideologizado; para La Habana, porque permite moverse sin parecer débil frente al vecino imperial.

En definitiva, lo ocurrido en estos días dice al menos tres cosas. La primera: Cuba sigue siendo un nudo estratégico y simbólico del hemisferio occidental, no un relicto de la Guerra Fría. La segunda: la diplomacia vaticana, precisamente porque no dispone de portaaviones ni de sanciones, continúa siendo paradójicamente creíble en los momentos en que las grandes potencias han agotado el lenguaje de la persuasión. La tercera: la solidaridad material —medicinas, alimentos, energía— sigue siendo una forma elevada de política, sobre todo cuando rompe el relato según el cual un pueblo en dificultad merecería solo castigo o reeducación.

Cuba, por tanto, no pide indulgencia. Pide espacio, respiro, respeto por su soberanía y el fin del estrangulamiento. El Vaticano no resuelve por sí solo esta ecuación, pero sigue recordando al mundo que entre la rendición y la guerra todavía existe el terreno de la mediación. Y el convoy humanitario, que lleva paneles solares y medicamentos junto con el signo concreto de una fraternidad internacional, añade una verdad que el mercado no comprende: los pueblos también se salvan así, con una diplomacia paciente y con una solidaridad que no pide permiso a los imperios.

 

 

Luciano Vasapollo

En la foto: el presidente cubano Miguel Díaz-Canel con Luciano Vasapollo.

Tomado de Farodi Roma

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