Cuba llegará al otro lado
Sobre la solidaridad que no negocia y el legado que no prescribe
Por Nésio Fernandes*
Hay algo que el bloqueo nunca logro hacer: apagar la memoria de lo que hizo Cuba por el mundo. Médicos en los confines de África. Maestros en cada aldea que la escuela no alcanzaba. Combatientes internacionalistas en Angola cuando el continente sangraba bajo el apartheid y el colonialismo. Oftalmólogos devolviendo la vista a millones de latinoamericanos que jamás habrían podido pagar esa dignidad. Ningún bloqueo borra ese registro — porque no está guardado en bibliotecas. Está inscrito en las condiciones materiales de poblaciones enteras que Cuba transformó sin pedir autorización ni esperar permiso de ninguna potencia.
Escribo esto no como oración, sino como dato. Soy médico formado en la Escuela Latinoamericana de Medicina en La Habana — una institución que solo existe porque Cuba decidió que la salud era un derecho humano antes de que ningún organismo multilateral incluyera esa frase en sus documentos. Estudié en una isla que, bajo bloqueo, enseñó medicina a hijos de trabajadores pobres de más de 120 países que jamás habrían llegado a una universidad convencional. Ese es el tamaño de lo que se discute cuando se discute Cuba.
EL COLAPSO ES REAL, LA RESPONSABILIDAD TAMBIÉN
Cuba no llegó al límite — el límite le fue impuesto. Criminalmente. No hace falta romanticismo para reconocerlo, ni es necesario traicionar la solidaridad para ver la realidad. Apagones de veinte horas. Cirugías suspendidas. Panaderías funcionando con leña. Aviones sin combustible. Tres meses sin recibir un cargamento de petróleo. Una crisis energética tan profunda que el país que sobrevivió al Período Especial enfrenta ahora algo que muchos analistas describen como peor.
Pero esta comparación exige precisión. La sociedad cubana de hoy no es la de finales de los 80 y principios de los 90. Décadas de bloqueo, de subsistencia precaria, de empobrecimiento material acumulado, dejan marcas que van mucho más allá de lo económico. Más del 80% de la población cubana nació y creció bajo el bloqueo — no como dato de resistencia, sino como advertencia: nadie debería sorprenderse de que las duras condiciones materiales de toda una vida terminen impactando en lo espiritual, en lo ideológico, en lo político. La sociedad que enfrenta esta crisis es más frágil, más escéptica y más agotada que aquella que atravesó el Período Especial.
Y hay un segundo elemento que no puede omitirse: la falta que hace Fidel — un líder carismático. Podía hablar por horas y lograr la atención de quienes discrepaban de él — algunos decían que terminaba convenciendo por agotamiento, que si no te persuadía al menos te hacía dudar. Líderes con esas características, tan necesarias en tiempos de crisis profundas, no se producen en el cotidiano. No se decretan ni se heredan.
La responsabilidad criminal es del bloqueo. Más de seis décadas de asfixia económica deliberada — un crimen contra un pueblo entero, condenado sistemáticamente por la Asamblea General de la ONU durante más de treinta años consecutivos e ignorado con el cinismo de quien sabe que el poder no necesita legitimidad para imponerse. El bloqueo no es política exterior. Es castigo colectivo aplicado a once millones de personas por no aceptar la tutela del capital yanqui. Prohibir medicamentos, bloquear piezas de repuesto para hospitales, impedir que otros países vendan combustible a una isla — eso tiene nombre en el derecho internacional: crimen contra la humanidad.
Pero hay que decir también lo que hay que decir: el silencio cobarde de los aliados y amigos profundizó el colapso. Parece que después de Gaza el mundo se acobardó. La solidaridad declarativa, que existe en el discurso pero no se traduce en acción en los momentos de máxima presión, es una forma sofisticada de abandono.
No señalo con el dedo sin medir el mío propio. El internacionalismo que defiendo exige honestidad, incluso sobre las limitaciones de la izquierda global frente a las crisis que importan. Cuba no puede ser solo bandera de congreso partidario. Tiene que ser compromiso concreto de los gobiernos cuando la crisis golpea. Treinta gramos de acción valen más que una tonelada de intenciones.
CUBA SEGUIRÁ SIENDO CUBA
Las negociaciones están en curso. Canales múltiples, actores que no aparecen en los pronunciamientos oficiales, posible mediación del Vaticano, contactos reportados en México y el Caribe. La Habana negocia bajo presión máxima. La tercera generación de la revolución se posiciona. La dinámica es real, compleja, y todavía no tiene desenlace visible.
No sé qué pasará. El materialismo histórico no me dio bola de cristal, y desconfío de quien afirma que tiene. Lo que sé es que entre continuidad y transición, entre reforma y ruptura, entre «Cubastroika» y resistencia, existe una variable que ninguna negociación en St. Kitts ni en la CIA puede comprar ni vender: lo que el pueblo cubano construyó, lo que vivió, lo que enseñó al mundo sobre organización colectiva y conciencia de clase.
Ese legado no pertenece a ningún gobierno. Pertenece a las clases trabajadoras que lo produjeron y a las que se beneficiaron de él. Y es por eso que la solidaridad no es condicional al resultado de las tratativas. La solidaridad con el pueblo cubano no es una apuesta sobre quién gobernará la isla mañana. Es el reconocimiento objetivo de lo que ese pueblo hizo con los recursos que tenía, bajo las condiciones que le impusieron, y con la conciencia política que construyó bajo bloqueo permanente.
EL DESTINO DE CUBA LE PERTENECE A CUBA
Hay una trampa en la que la izquierda internacional cae con frecuencia: convertir la solidaridad en tutela. Querer a Cuba de una manera que, en el fondo, le quita a la isla el derecho de decidir su propio destino. Defender el pasado como si fuera una prisión dorada que el pueblo cubano debiera habitar para siempre en nombre de nuestras convicciones.
No. Cuba, con sus retos, debe elegir su destino. Sus contradicciones y sus límites son suyos. Solo a ellos corresponde decidir cómo atravesar este momento histórico. La soberanía no es un principio que se defiende únicamente cuando el resultado nos complace. Defendemos la soberanía cubana porque creemos que ningún pueblo debe tener su futuro secuestrado por potencias externas — y eso vale tanto para el imperialismo yanqui que impuso el bloqueo, como para cualquier solidaridad que llegue con agenda oculta.
¿Qué pasará con nuestra solidaridad? Seguirá. Internacionalista, proletaria, humana, latina, fidelista y martiana. No como nostalgia, sino como proyecto. No como homenaje a los que ya partieron, sino como compromiso con los que todavía construyen, agotados, bajo el apagón, incluso cuando los amigos se callaron.
El proyecto internacionalista más consecuente que la periferia del capitalismo ha producido merece, al menos, que la solidaridad que recibe esté a la altura de lo que construyó. Cuba atravesará este momento — porque los pueblos que edifican conciencia colectiva no se disuelven. Lo que se nos exige no es lealtad sentimental, sino posición de clase: clara, consecuente, sin agenda y sin abandono.
17 de marzo de 2026
(*) Nésio Fernandes es médico formado en la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), en La Habana, Cuba. Es miembro del Comité Central del Partido Comunista de Brasil (PCdoB).

