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«Sin petróleo, pero invencibles»: la vibrante denuncia de la Dra. Aleida Guevara desde la trinchera de la salud pública cubana

En el evento de solidaridad Convoy Nuestra América que ha desafiado el bloqueo para traer ayuda a Cuba, la voz de la Dra. Aleida Guevara March resonó con la fuerza de quien habla desde el corazón mismo de la batalla diaria.

Con la honestidad que la caracteriza y las marcas aún visibles de una reciente enfermedad que, sospecha, «viene de un buen laboratorio» por la toxicidad que deja, Aleida no se guardó nada. Pintó un retrato desgarrador y a la vez profundamente humano de lo que significa ser médico en la Isla hoy.

«Los médicos que usted va a ver hoy trabajando en esos hospitales, todos podrían ser héroes nacionales del trabajo», sentenció. No es una hipérbole. Es el reconocimiento a un ejército de batas blancas que, con salarios devorados por la inflación y un cansancio extremo, se empeñan en mantener una sonrisa para sus pacientes.

Son héroes anónimos que, en medio del apagón y la escasez, deciden amar su profesión por encima de todo.

Pero sus palabras fueron más allá de la épica. Fue un diagnóstico certero de una realidad cruel. La falta de combustible paraliza no solo el transporte, sino la propia capacidad de salvar vidas. «Hay que decidir en qué mano te pones el guante y qué operación puedes hacer», reveló, exponiendo cómo la escasez de derivados del petróleo (guantes, catéteres) obliga a decisiones quirúrgicas que rozan lo absurdo. Incluso la producción de medicamentos naturales, como el que se elabora con el palmiche de la palma real, se ve frenada porque no hay cómo transportar la materia prima.

Con una mezcla de ternura y crudeza, explicó el drama de un pueblo que «vive como pobre, pero muere como rico», sucumbiendo a infartos y enfermedades crónicas para las que a veces no hay medicamentos. Frente a ello, no hay resignación, sino ingenio: acupuntura, homeopatía, medicina verde. El pueblo cubano, dice, «sabe usar medicamentos de plantas naturales» y resuelve. Pero el drama de fondo persiste.
Y en ese punto, su mensaje se volvió un puñetazo en la mesa: todo esto, cada ampolla que falta, cada dolor que no cesa, tiene un nombre y una dirección: el bloqueo de Estados Unidos. No es una excusa, es el marco material de la tragedia.

Sin embargo, su intervención no fue un lamento, sino una declaración de principios. Al recibir al convoy solidario, dejó claro que el gesto vale más que cualquier cargamento: «El que ustedes estén aquí hoy… ya eso es para nosotros una fuerza extraordinaria. Porque entonces sí nos damos cuenta, de verdad, que no estamos solos.»

Y en un acto de profunda coherencia internacionalista, recordó que la lucha no termina en la Isla. Vinculó la resistencia cubana con la masacre en Medio Oriente, advirtiendo que mientras no tengamos la fuerza para frenar esos crímenes, seremos cómplices.

«Hay un pueblo que vive, un pueblo que sigue el día a día… El gobierno de Estados Unidos tiene un ejército capaz de poder entrar a mi país. Son más fuertes militarmente que nosotros, pero no más corajudos. Podrían entrar, pero estoy segura que les costaría muchísimo salir. Es posible que salgan, pero en sus cajitas también.»

Con esa mezcla de ironía, dignidad y amor infinito por su pueblo, la hija del Che dejó una enseñanza: la solidaridad no es caridad, es un puente que nos salva a todos. Y mientras haya quien tienda esos puentes, Cuba, con todas sus carencias, seguirá siendo invencible.

Fotos: Jorge Alejandro Ortega Márquez y Leonardo Calás Rojas.

Tomado de Naturaleza Secreta.

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