La Historia con mayúscula
Hay momentos en los que se siente que se está viviendo la historia. La Historia con mayúscula. El 24 de marzo pasado fue uno de esos días. Nadie necesitó ver el diario ni las redes sociales para saber qué había pasado, porque se sintió en todas partes. En todas partes. Un aluvión de contundencia popular de la que todes fuimos parte. Incluso quienes no fueron a ninguna de las muchas manifestaciones que recorrieron el país entero. Porque hubo tantas, pero tantas… La Plaza de Mayo es particularmente conmovedora, porque ha sido testigo de acontecimientos determinantes, pero no hubo ciudad, pueblo, comarca, que no haya tenido su acto. Cincuenta años. Medio siglo. Mucho más tiempo de lo que vivieron la mayoría de las personas que fueron secuestradas durante la dictadura.
No hay luz como la que emana de una idea compartida y encarnada por un cuerpo colectivo. No hay justicia como la que se dirime en el fuero popular. Quien no haya cargado la sulfatada pila de la esperanza el martes pasado, será porque ese día estuvo inconsciente, en coma, en una galaxia muy distante y triste.
Las conversaciones que los esbirros del asco intentaron aplastar con sus discursitos imbéciles volvieron o vinieron, porque antes quizás nunca habían estado. ¿Quiénes eran los desaparecidos? ¿Eran guerrilleros? ¿Todos? ¿Qué idea tan poderosa los hacía abrazar una lucha tan peligrosa? ¿Ponían bombas? ¿Qué sistema querían bombardear? ¿Será posible todavía tomar el cielo por asalto? ¿Los desaparecidos les faltan sólo a sus familiares?
El dolor, aunque sostenido por el abrazo común, también ardió, como ardió la memoria. El agujero dejó de ser ese plato vacío en una mesa dominical, en una familia que puede no ser la nuestra. Porque de pronto, gracias a los números redondos, pero también, quizás, a los tiros que explotan en las culatas más inesperadas, los desaparecidos y las desaparecidas hicieron falta en los clubes, en las escuelas, en los pueblos, en las fábricas, en los barrios, en las canchas, en los teatros, en los coros, en las facultades, en los bares, en los campos, en las piletas, en todos los deportes, en todas las artes, en las tertulias, en las veredas de la tarde. La ausencia cobró un cuerpo muy material en las tramas de todos los tejidos sociales. Los muertos se nos murieron a todes.
La pregunta retórica de cómo llegamos a esta situación de distopía naturalizada tal vez tenga como respuesta, entre otras muchas posibles, la falta de todas esas personas que pensaban el país, el poder, la sociedad, el arte, la vida. Esas personas que suman un número de cuenta imposible, porque probablemente nunca sabremos hasta dónde llegó la mano asesina. Como decía un cartel en la marcha, hay desaparecidos que no tienen foto. Ni foto, ni nadie que levante su pancarta, ni borde su nombre, ni lo recuerde cada vez que se grita ¡presente!
¿Cómo sería la literatura si todas esas personas que estaban escribiendo hubieran podido seguir desarrollando sus herramientas? ¿Hasta dónde habría llegado la ciencia? ¿En qué habrían devenido las organizaciones políticas? ¿Qué conquistas habrían conseguido los sindicatos? ¿Cuántas rajaduras más tendría el patriarcado? ¿Cómo serían las escuelas con todas esas maestras y maestros que practicaban una educación para la libertad? ¿Serían las infancias propiedad de sus familias o serían criadas en comunidad? ¿Sería la cárcel la única solución para los delitos? ¿El matrimonio y la monogamia serían la cereza de las tortas de las relaciones? ¿Seguiría siendo “lo diferente” todo lo que no fuera heterosexual? ¿Sería el capitalismo el regidor de nuestras vidas? ¿Sería la solidaridad la moneda más corriente? ¿La fama y el dinero sería la medida del éxito de un artista?
Cómo sería nuestro mundo si toda esa vanguardia de pensamiento político, filosófico, artístico, hubiera podido seguir desarrollándose. Ay, cómo sería.
Hace cincuenta años, Rodolfo Walsh todavía estaba vivo. Su hija Victoria también. La Carta a Vicky no se había escrito, ni se había escrito la Carta a mis amigos ni tampoco la Carta de un escritor a la junta militar. El último cuento, ese que está tan desaparecido como el cuerpo de Rodolfo, se estaba cocinado, y las críticas al documento de Montoneros no se había producido, porque ese polémico texto triunfalista aún no había visto la luz.
De ninguna manera quiero tomar a uno de los muertos queridos y ponerlo por sobre otros muertos, otras muertas. En mi caso, nadie me falta más que mi mamá, nadie me falta más que mi papá, ni la vida que hubiera vivido si la catástrofe no se hubiera ensañado con mi familia. Tampoco me gustaría que se me asociara a la idea progresista del tiempo, esa noción algo absurda de que todo avanza y avanza de lo peor a lo mejor. Pero, lo que puedo decir a ciencia cierta, es que el trabajo continuado suele afinar la herramienta. Y, si algo era esa generación que nos arrancaron, era devota de la diosa de la voluntad. Rodolfo Walsh fue un exponente de esa voluntad a prueba de toda fiaca. Por eso hoy, me gustaría compartir algunas mínimas piezas que nos dejó alguien que apenas estaba llegando a su madurez como artista, como político, como periodista. Invito a leer y a hacer la cuenta (ya que esta es una época tan afecta a las cuentas), de lo que podríamos estar viviendo si esas vidas siguieran entre nosotres.
A las pruebas me remito:
“Era una fealdad que parecía sugerir excelencias del espíritu, de esas que se llaman o deberían llamarse fealdades inteligentes, porque una fuerza interior las ha ido moldeando paulatinamente desde sus orígenes, hasta volverlas tolerables y aun inadvertidas”.
“Diciembre y allí estaba en la punta del andén, haciéndose el distraído para no encontrase con la mirada de mi padre. Me había sacado una cabeza de ventaja, pero esa no era su medida, ni los pantalones largos y el cigarrillo colgando del labio, sino el gesto de rechazo, de conquista y de invención con que probaba el filo del mundo y rebotaba, descubriendo siempre una nueva manera de lanzarse al asalto, como un revólver que se agota su carga y luego se dispara a sí mismo, el cañón, el tambor y hasta el gatillo, quemado de furor y desmesura”.
“En la más temprana y cenicienta luz del mes de junio, después de la misa y la escuálida ceremonia del café con leche tibia en el tazón de lata que mantenía con vida al pueblo todas las mañanas, el cajón de la basura se alzaba tan alto, poderoso y pleno en la leñera, detrás de la cocina y frente al campo, que el pequeño Dashood empezó a bailotear y patear el suelo e incluso las tablas del cajón en un ataque torrencial de furia mientras gritaba ‘Me cago en mi madre’, cosa que al fin multiplicó su dolor, cólera y vergüenza, porque amaba a su madre por encima de todas las cosas y la extrañaba cada, cada noche cuando se acostaba entre las sábanas heladas oyendo lejanos trenes que volvían a su casa y lo partían en dos, una mano acariciante y un lloroso cuerpo defraudado”.
“Allí acabó la felicidad, tan buena mientras duraba, tan parecida al pan, al vino y al amor”.
Podría seguir hasta agotar el espacio de todas las ediciones de este diario. Pero se entiende, creo. No se sabe, nadie puede saber, cuál es el homenaje que puede ser digno de una entrega como la de esa generación que hoy nos falta. Cada quien, en la intimidad, hace sus rituales, sus rezos privados, sus constricciones. Sin embargo, me atrevo a proponer un homenaje público: no permitamos que se muera la imaginación sobre el mundo que hubiera sido posible si hubiera estado en manos de quienes no están. No está bueno romantizar e incluso infantilizar a esa generación especulando sobre un acuerdo sobre qué querrían, cuando militaron la pasión por el debate y el derecho al disenso. Pero creo que podemos tener la seguridad de una cosa: hubieran despreciado una vida berreta. Lancemos la piedra de la imaginación fuerte y lejos, todas las veces que haga falta, hasta romper el vidrio de la mediocridad que nos impide delinear un mundo que valga la pena. Todas las penas. Incluso la pena inconmensurable de vivir sin ellos, sin ellas.
Tomado de Página 12 / Foto: Sandra Cartasso

