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Crónica del roble que supo ser raíz

Por Raúl Antonio Capote* / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.

Aunque se esforzó por ocultarlo, muchas personas repararon en su gesto de dolor contenido de aquel 31 de julio 2006. Mientras los teletipos repetían la noticia del parte médico de su hermano, una mano tomaba el timón sin espavientos, sin necesidad de alzar la voz.

Por la televisión cubana leían la Proclama del Comandante en Jefe al pueblo de Cuba, en tanto, el pesar se extendía y el silenció cubría la Isla de normal bulliciosa; Fidel estaba enfermo y delegaba la conducción de la Revolución en quien por méritos propios era el más indicado.

Raúl Castro nunca buscó el foco, durante décadas su figura se recortó en los bordes de las instantáneas, como un vigía que prefiere el contraluz.

Quienes compartieron con él los días de la Sierra Maestra, recuerdan que, al caer la tarde, mientras otros discutían de estrategia, él se inclinaba sobre los mapas, medía distancias, calculaba provisiones, preguntaba por los heridos, por los nombres de los nuevos reclutas, por el estado de las botas.

Construyó un ejército, con la paciencia del que sabe que la épica se sostiene sobre detalles que los libros muchas veces no registran, esa meticulosidad, casi de artesano, marcó su tránsito por la Historia.

El día que asumió la responsabilidad de conducir a la Revolución, no hubo discursos inflamados, ni promesas, habló de “lo que hay que hacer” con la misma naturalidad de siempre; en aquella sobriedad, los cubanos descifraron un código íntimo: la certeza de que alguien velaba con firmeza, sin grandilocuencias, de que la travesía tendría brújula en medio de la niebla.

Basta recordar la mañana en que leyó el discurso que él mismo definió como “el más difícil de mi vida”, anunciaba medidas que removían los cimientos de lo cotidiano, pero las palabras no llevaban adorno, eran exactas, como un parte militar.

Ese día Raúl no prometió prosperidad; convocó a trabajar unidos, con fe en la victoria, en la capacidad de los cubanos para vencer los más complejos retos.

Por eso su obra no se mide en monumentos, se mide en la certera conducción de la terca resistencia de un país, que aprendió a sobrevivir en medio del más terrible cerco económico, mientras otros buscaban culpables, él ajustaba tuercas en la penumbra de un despacho austero.

Los que trabajaron a su lado dicen que solía preguntar, con una insistencia casi obsesiva, “¿y eso cómo se va a hacer?”. Porque él detesta las respuestas vagas, las teorías que no aterrizaban en un procedimiento concreto.

El día del relevo, en octubre del 2019, un aplauso extenso se extendió, contenido, como el rumor de un río que sabe que será mar. Raúl Castro levantó la mano, giró hacia el público y se llevó los dedos a la sien en un saludo breve.

Algunos buscaron en su rostro algún resquicio de melancolía, pero no hallaron más que la misma concentración serena de quien acaba de cumplir una etapa y se dispone a comenzar la siguiente.

La Revolución, quedaba en manos de una generación que no combatió en la Sierra, ni cargó fusil en Girón. Era, sin que él lo pronunciara, su legado más valioso, el legado de Fidel.

El impacto emocional en el pueblo de su trayectoria, reside en la identificación con un modo de ejercer la responsabilidad que muchos cubanos reconocen: la abnegación sin alharacas, la autoridad que no necesita alzar la voz, la convicción de que el deber está antes que el protagonismo.

Verlo envejecer al frente del país es como ver envejecer a un padre, que madrugó toda la vida para que en la mesa no faltara el pan, para que el orín no carcomiera el acero del machete, para que no dejáramos caer el honor en el pantano de las “nuevas ideas”, para que no se cubrieran de moho la fe y la vergüenza.

Raúl habita hoy en su lugar natural, en el corazón de los cubanos, su obra no concluye con una fecha, queda esparcida por todos los rincones de la Isla, pueblos, ciudades, montañas y llanos, en la tierra, en el agua, en el polvo de los caminos, en la memoria.

(*) Escritor, profesor, investigador y periodista cubano. Es autor de “Juego de Iluminaciones”, “El caballero ilustrado”, “El adversario”, “Enemigo” y “La guerra que se nos hace”.

Foto de portada: Archivo Granma. 

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