El rostro del que no se rinde
Por Henry Omar Pérez.
He visto en las últimas horas una ola de comentarios que no me sorprenden, aunque sí me indignan. No por el blanco elegido —que ya sabemos contra quién apunta siempre la artillería mediática— sino por la miseria moral que revelan.
Se burlan del rostro cansado de Miguel Díaz-Canel. De las ojeras. Del gesto tenso. De la barba crecida. Como si gobernar un país bloqueado hasta la asfixia fuera un paseo por Miami Beach. Como si enfrentar una guerra económica, una pandemia sin tregua y una campaña de descrédito financiada desde el exterior fuera un trabajo de oficina de nueve a cinco.
Y uno mira a los que se ríen y descubre que muchos de ellos son los mismos que defienden, votan y justifican a un presidente lleno de escándalos por abuso sexual y otras desvergonzadas acciones.
Los mismos que aplauden cuando ese señoro, desde su resort de lujo, dice que Cuba será la próxima.
Los mismos que celebran los apagones, la falta de medicinas, las colas interminables, porque piensan que así doblegarán a un pueblo que lleva décadas demostrándoles que no se doblega.
No es casualidad que se burlen del cansancio. Es lo único que pueden atacar cuando no encuentran corrupción, ni lujos, ni cuentas en paraísos fiscales, ni hijos estudiando en Harvard mientras el pueblo sufre.
No encuentran nada de eso, porque no existe. Entonces se agarran a una arruga, a una mirada agotada, y tratan de convertir la resistencia en debilidad.
Pero ese rostro que algunos ridiculizan es, precisamente, el espejo de un país que resiste. Es el rostro de alguien que no duerme tranquilo mientras su pueblo enfrenta dificultades.
Que no se va de vacaciones mientras los hospitales luchan por mantener los equipos encendidos. Que no hace chistes mientras el imperio amenaza con capturar o eliminar.
Lo más patético del asunto es que los mismos que se burlan se creen superiores. Se creen libres. Se creen con autoridad moral para juzgar.
Pero la libertad que ellos defienden es la de reírse del que lucha, no la de luchar ellos mismos. Es fácil burlarse desde la distancia, desde el exilio dorado, desde la cuenta anónima en redes sociales, desde el país que bloquea y sanciona sin consecuencias.
El cansancio de Díaz-Canel no es debilidad es dignidad.
Es la prueba de que hay un hombre que se juega la vida y el prestigio todos los días por mantener a flote un proyecto que otros quieren destruir.
Es la señal de que, pase lo que pase, no se rinde.
Y mientras tanto, los que se ríen siguen venerando a quien se ríe del sufrimiento ajeno. Siguen aplaudiendo a quien hizo del bloqueo un arma de castigo colectivo.
Siguen perdonándole todo a cambio de que les dé el espectáculo de odio que necesitan para justificar su propia vacuidad moral.
Que se rían. Que sigan. Cuba sigue en pie.
Eso, para empezar, les duele más que cualquier bloqueo.
Cómo todos opinan, también tengo derecho a dar mi opinión.

