¿Podrían Cuba y Estados Unidos colaborar sobre la base del respeto mutuo para beneficio de la Humanidad?
Por Enrique Ubieta Gómez.
Cuba y los Estados Unidos son países vecinos, y ese hecho geográfico, ajeno a las ideologías y a las apetencias imperiales, es inalterable. ¿Podrían colaborar en asuntos vitales para ambas naciones, y para la Humanidad? A pesar de la guerra declarada de los Estados Unidos contra la pequeña isla durante casi siete décadas, el respeto y la colaboración han aparecido en momentos críticos, con resultados notables. El pueblo cubano es antimperialista —acto fundacional de sobrevivencia, convertido en principio rector de su política exterior— pero nunca ha sido antinorteamericano.
Uno de esos momentos estuvo asociado a la emergencia sanitaria provocada por el ébola en África Occidental. El 9 de septiembre de 2014 el entonces secretario general de Naciones Unidas Ban Ki-moon solicitó personalmente ayuda a los tres países que en el pasado colonizaron o neocolonizaron a los pueblos afectados, corresponsables de su pobreza: Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Inexplicablemente (para los desconocedores) también llamó a Raúl Castro, presidente de un cuarto país, pobre y bloqueado, que había contribuido a derrotar el colonialismo en África. Los médicos cubanos trabajaban en las zonas más apartadas de ese continente desde 1963. En el momento en que la epidemia del ébola irrumpía, 4 048 colaboradores se encontraban en 32 países africanos (15 en Guinea y 23 en Sierra Leona, dos de los países afectados), en tareas vinculadas con la salud comunitaria. Más de cien voluntarios, integrantes todos del Contingente Internacional de Médicos Especializados en Desastres y Graves Epidemias Henry Reeve, creado por Fidel el 19 de septiembre de 2005 para asistir al pueblo norteamericano tras el paso del huracán Katrina por la ciudad de Nueva Orleans (ofrecimiento entonces rechazado por el gobierno de aquel país), viajarían a Sierra Leona el primero de octubre de 2014; a continuación lo harían las brigadas destinadas a Liberia y Guinea, para un total de 256 colaboradores.
De manera inusual, el vicepresidente de los Estados Unidos declararía el 17 de octubre: «Vemos naciones pequeñas y grandes que aceleran de manera impresionante su contribución en la línea del frente (…) Cuba, un país de apenas 11 millones de habitantes, ha enviado 165 profesionales de salud y prevé enviar cerca de 300 más». La gran prensa estadounidense comenzó a reflejar el hecho. The New York Times, publicaría el 20 de octubre un sorprendente editorial: «La impresionante contribución de Cuba en la lucha contra el ébola». En él se afirmaba:
«Cuba es una isla pobre y relativamente aislada. Queda a más de 7,000 kilómetros de los países africanos donde el ébola se está esparciendo a un ritmo alarmante. Sin embargo, debido a su compromiso de desplazar a cientos de médicos y enfermeros al eje de la pandemia, Cuba podría terminar jugando el papel más destacado entre las naciones que están trabajando para refrenar la propagación del virus».
Aunque el editorial comentaba el hecho como si fuese algo nuevo en la historia revolucionaria de la pequeña isla, y le atribuía un sentido pragmático, «la enorme contribución de Cuba —afirmaba—, sin duda, forma parte de sus esfuerzos por mejorar su estatus en el escenario mundial. Aún así, debe ser aplaudida e imitada», el extraño reconocimiento de un sistema que había ignorado y combatido la presencia de las brigadas médicas cubanas en el mundo, era en sí mismo noticia.
Los lectores desconocían entonces que ya se fraguaba el restablecimiento de relaciones diplomáticas, auspiciadas por los presidentes Barack Obama y Raúl Castro. Como preámbulo de ese acontecimiento The New York Times publicaba el 16 de noviembre, un mes antes de la comunicación efectuada al unísono por ambos mandatarios, el editorial: «La fuga de cerebros en Cuba, cortesía de EE. UU.», título no exento de sarcasmo. En ese editorial se criticaba la política que promovía la deserción de los médicos y enfermeros cubanos que integraban las misiones internacionalistas, con argumentos verdaderamente irrefutables: «Es incongruente que Estados Unidos valore las contribuciones de los médicos cubanos enviados por el gobierno para asistir en crisis mundiales, como aquella del terremoto en Haití en 2010, mientras procura desestabilizar al estado facilitando las deserciones». Y explicaba las razones de esa política, con frases duras y elocuentes: el gobierno de Bush, decía el Editorial, buscaba «sabotear al Gobierno cubano», «atentar contra la principal herramienta diplomática de la isla y humillar al régimen de los Castro». Por último, resaltaba un hecho ya consumado: «En África, los médicos cubanos están laborando en instalaciones construidas por Estados Unidos. El virus ha tenido el inesperado efecto de inyectarle sentido común a una relación innecesariamente tóxica».
El propio presidente Obama, al anunciar las relaciones con su vecino el 17 de diciembre, enumeraba los rubros en los que ambos gobiernos y pueblos podían colaborar: «la salud, la migración, la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico y la respuesta a situaciones de desastre», los mismos a los que el gobierno cubano ha dado siempre prioridad, con o sin la colaboración estadounidense. Y se refería nuevamente a la experiencia en curso: «Cuba envió a cientos de trabajadores de la salud a África para combatir el Ébola, y creo que los trabajadores de la salud estadounidenses y cubanos deben trabajar hombro con hombro para detener la propagación de esta mortal enfermedad».
Es cierto que cuando los gobiernos de Trump y de Biden abandonaron su política de «buena vecindad», y arreciaron el bloqueo con la esperanza de rendir por hambre al pueblo cubano, el propio The New York Times retomó la vieja narrativa hostil y habló de esclavos, en lugar de heroicos trabajadores de la salud. Pero dejemos a un lado lo que los políticos y la prensa a su servicio dijeron entonces de manera tan clara. Acerquémonos a las vivencias de los protagonistas de aquel episodio histórico.
La Unidad de Tratamiento al ébola donde trabajaron los médicos y enfermeros del contingente Henry Reeve en Liberia fue donada por los Estados Unidos, pero los especialistas cubanos participaron junto a los estadounidenses en su diseño y propusieron adecuaciones al proyecto original que se tuvieron en cuenta. En el terreno, donde chocaban los hombres concretos, hubo colaboración. La persona que se encargó de entrenar en la fase tres a los cubanos en Liberia fue un joven microbiólogo del CDC de Atlanta, especialista en temas de ébola. En la lona del hospital de campaña aparecía, repetida, las siglas del proveedor, la USAID, una organización que cumplía simultáneamente funciones subversivas, como pantalla de la CIA, en América Latina, incluida Cuba, pero en aquel contexto su aporte adquiría un sentido diferente.
El doctor Luis Escalona Gutiérrez, segundo jefe de la Brigada médica cubana en Sierra Leona, me contaba:
Trabajamos en Maforki-Port Loko con una Organización No Gubernamental norteamericana llamada Partners in Health, que tiene su sede en Boston. Al principio marcaron cierta distancia, estaban prejuiciados, pero comprendieron desde la primera semana que la intención nuestra era trabajar, y se abrieron. Se establecieron relaciones muy sólidas, al extremo de que ellos habían puesto banderas cubanas en su local y nosotros pusimos banderas estadounidenses en el nuestro. Como tenían mayor poder económico nos facilitaron un refrigerador, y ventiladores para su uso en el Centro, y nos abastecieron en algún momento de agua, que era la necesidad mayor en las Unidades de Tratamiento al ébola. Usted sabe la cantidad de líquido que se pierde en cada exposición.
Los médicos y enfermeros estadounidenses nos esperaban para entrar a la zona roja, había un cierto raport, admiraban la profesionalidad y el valor de los nuestros, porque ellos al principio no tocaban ni limpiaban a los pacientes y cuando vieron que los cubanos los tocaban y los limpiaban, que hacían abordajes venosos, dijeron, bueno, si ustedes lo hacen, por qué nosotros no. Los médicos de Partners in Health eran personas muy éticas y en su gran mayoría ajenos a la política, dedicados a su profesión; el anuncio del 17 de diciembre fue comentado por ellos de manera breve pero elocuente: «muy bueno», «ya era hora».
La colaboración con Partners in Health se había iniciado en Haití, durante el terremoto de 2010. Su jefe, el doctor Paul Farmer mantenía el contacto con directivos médicos cubanos. No fueron los estadounidenses los únicos que establecieron vínculos y elogiaron la actividad de los médicos cubanos. Hay elocuentes testimonios de la ONG británica Save the children, y de brigadas de la UA, entre otros. Pero la pregunta es esta: ¿pueden colaborar dos naciones vecinas, cuando no median intereses geopolíticos, ni pretensiones de dominación de una de ellas? La respuesta ya fue dada.
Tomado de Periódico Granma / Foto de portada: Doctores cubanos combaten el Ébola en Liberia / Crédito: Liberation News.

