Reír en plaza sitiada
¿De quién nos reímos? ¿De quién o quiénes nos debemos reír? Y es allí donde el humor político se funde con su materia prima, que es la información…
Por Michel Torres Corona* / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.
A propósito de la recién concluida II Bienal Internacional de Humor Político, celebrada en La Habana del 9 al 14 de junio, creo que puede resultar útil compartir algunas ideas en torno a la risa y a su potencial subversivo. Muchas de estas ideas se deben a un panel teórico que sesionó durante el evento, llamado “Retos actuales del humor como herramienta de la comunicación política”, que tuve el privilegio de moderar y en el que brillaron los artistas plásticos Arístides Hernández (Ares) e Ismael Lema, y los intelectuales Víctor Fowler y Jorge Ángel Hernández.
El punto de partida no puede ser otro que el de declararnos sometidos a la “dictadura del algoritmo”, ese ejercicio de poder disfrazado de tecnología que hace de las redes digitales un ecosistema donde el que paga no solo manda sino que controla lo que vemos y escuchamos. Ese ecosistema también modifica nuestros juicios sobre lo que resulta simpático o, más peligroso aún, de quién o quiénes merecen recibir el golpe de ese “látigo con cascabeles en la punta”, como llamara Martí al humor.
Resulta ingenuo pensar que podemos contrarrestar al algoritmo o dominarlo, pero igual de ingenuo e incluso nocivo resulta la actitud ludita de rechazar de plano esa dimensión virtual de la existencia humana. No podemos abstraernos, ni como individuos ni como proyecto colectivo, del ciberespacio y de esas redes digitales que se venden como praderas de libertad pero no son más que productos de empresas transnacionales capitalistas, sujetos por ende a las férreas reglas del mercado y el interés plutocrático. La clave está en articular una resistencia que subsista en ese entorno y que, más importante aún, nos permita articularnos en la realidad “analógica”, en las calles, en la esfera más carnal y tangible de nuestras relaciones.
Fotos: Graciela Ramírez.
Y en ello la producción humorística y, en específico, el humor político o politizado, tiene un peso vital. Hablamos de un ejercicio de resistencia cultural, que implica asumir al algoritmo como regla del juego, como instrumento de dominación, pero no dar por perdida la partida. Ocupar los espacios donde se genera y consume contenido, donde se transfiguran subjetividades y se forjan caracteres, es vital para abrirle cauces al pensamiento crítico, al cuestionamiento de lo establecido; señalar y ridiculizar a los poderosos nos ayuda a desafiarlos, a demoler falsos ídolos y prepararnos, en el plano de la conciencia, para emprender las acciones que nos permitan trastocar jerarquías de poder en la realidad.
Por supuesto, no es eso lo que propician hoy las redes digitales. Estamos llamados a nadar contra la corriente. El humor en boga, incluso el político, parte de presupuestos muy básicos (pudiéramos decir, además, ignorantes o enfermos de cretinismo) o de un conservadurismo rancio que enerva hasta conquistas del progresismo liberal, o sea, lo “políticamente correcto”. Así vemos a “influencers” que ganan likes a raudales con chistes racistas o misóginos, o reels que se comparten millones de veces con un discurso analítico ramplón.


Foto: Conferencia de Michel Torres Corona en la Upec.
En ese sentido, pudiéramos hablar de una Paganísima Trinidad de las redes digitales: banalidad, falsedad y viralización. Mientras más superficiales son los contenidos, más se difunden; mientras más desconsideren la verdad, más morbo provocan. A ello se suma la variable de la colonización cultural, que hace que nos riamos de chistes que se construyen desde la “supremacía racial” (velada o expresa) o desde el absoluto desprecio por la historia y por el compromiso con la veracidad. El entretenimiento sin atisbo de complejidad coadyuva a que los internautas se conviertan en cajas de resonancia de un discurso que subyuga ideológicamente sin amenazas: es la “idiocracia” que hace del pensar críticamente un ejercicio aburrido, abrumador y que anula la rebeldía funcional del individuo y de los pueblos.
El meme le va ganando a la caricatura: menos texto, menos símbolo, en favor de la reiteración y de lo frívolo. Y, sin embargo, no podemos renegar del meme como instrumento para la comunicación política. El algoritmo tiende a premiar lo que genera indignación rápida o clics fáciles, y si vamos a tratar de jugar al juego de las redes digitales, debemos intentar entender esos mecanismos. No debemos establecer una oposición maniquea entre caricatura y meme, aunque la primera sea más “lenta”, más elaborada y el segundo apele a lo inmediato y efímero. El elemento democrático del meme —cualquiera puede hacerlo, cualquiera puede publicarlo— funciona como catalizador de la mediocridad, pero también como llamado a la participación colectiva.
El humor político necesita ambas velocidades; y necesita del talento, del genio artístico individual, y de la apelación a las masas, sobre todo si hablamos de un humor político que tribute a esa resistencia cultural que ha de ser democrática e inclusiva, frente a las élites que se camuflan. Es imprescindible combinar el potencial de “viralización” del meme con la capacidad de la caricatura para construir un discurso que, en su fugacidad, rara vez alcanzan las redes digitales.
Más importante aún que los mecanismos o instrumentos utilizados es precisar quién o quiénes deben ser blanco de ese humor político: ¿de quién nos reímos? ¿De quién o quiénes nos debemos reír? Y es allí donde el humor político se funde con su materia prima, que es la información, y donde el pacto de élites se evidencia como fusión entre los que dominan las plataformas tecnológicas y los que dirigen los consorcios mediáticos. Esas fuentes, donde abrevan los humoristas —profesionales o amateurs— y los consumidores del humor, están contaminadas por los monopolios.
Disney, China Mobile, Paramount Global, Comcast y AT&T son cinco empresas que prácticamente deciden qué vemos, cómo nos informamos y qué consumimos en nuestras pantallas. Cuatro de ellas son estadounidenses. A ese quinteto pudiéramos “oponerle” otro: Google, Amazon, Microsoft, Meta y Apple, todas empresas estadounidenses que dominan los rumbos técnicos, materiales e informáticos de la modernidad. Uno pudiera pensar que se informa al contrastar lo dicho en CNN con lo que vio en Facebook pero todo parte de un mismo reducido grupo de tecnócratas y plutócratas cuyos intereses, en última instancia, siempre coinciden, a pesar de que compitan entre sí. Pertenecen a la misma clase.
Ese diseño en el que unos pocos deciden por la mayoría, que es la esencia antidemocrática del capitalismo como sistema-mundo, tributa a la creación en el ciberespacio de nichos o cámaras de eco, donde personas afines coinciden y se enajenan de la realidad, compartiendo puntos de vista similares. La verdadera articulación de clase, que rompe esas burbujas, se hace imposible, en tanto nos sentimos cómodos en nuestros microespacios virtuales donde “todos pensamos igual”. Y en esa comodidad está la clave del sometimiento y de la capacidad de esas élites de construir discursos mediáticos segmentados que apunten con distintos códigos a distintos públicos meta. Con esas posibilidades, es fácil armar campañas de asesinato moral o de ridiculizar a líderes o proyectos que intenten subvertir esa arquitectura de poder establecida.
De ahí que, para saber de quién y cómo reírnos, también debemos entender e identificar los hilos invisibles que sostienen esa obra de teatro que llamamos “sociedad política”. Cuando nos reímos de las burlas que promueven en redes cuentas automatizadas contra la Revolución cubana o sus dirigentes, no estamos siendo rebeldes: estamos obedeciendo al guion de las verdaderas élites, del verdadero poder global que amasa fortunas inconmensurables y puede decidir sobre la vida y la muerte de los prescindibles, los proletarios. Es irónico pero no da risa.



Reír, en definitiva, puede ser tan complejo como llorar, y tan dramático en sus consecuencias. Nos toca a nosotros, los que creemos en el eje de resistencia que puede articularse tanto en las redes como en la realidad, acelerar el cambio cultural que implica la transición de nuestros contenidos a lo digital, con sus reglas (injustas) y sus particularidades. Debemos producir contenidos que respondan a esos códigos sin abandonar la profundidad que necesitan aquellos sujetos receptores que puedan trascender la frivolidad imperante en estos días.
El humor, y sobre todo el humor político, es una tecnología más, un instrumento que puede servir de legitimación para los poderosos que nos hagan reírnos de nuestros compañeros o de aquellos que realmente tratan de luchar por la justicia; o un arma de emancipación intelectual, que nos permita ridiculizar a aquellos que se sienten muy seguros en sus torres de marfil. Necesitamos desarrollar el humor, con la inteligencia artificial y, más aún, con la inteligencia natural de los que nos sabemos en el lado correcto de la historia, pero sin engreimientos ni vanidades, sino con la actitud humilde del que aprende y ensaya y yerra.
Solo así podremos lograr que la humanidad llegue al día en que reír no sea un acto reflejo del sometido ni un sarcasmo de resistencia, sino simplemente eso: la felicidad. Pero para ese día falta mucho llanto y mucho humor político… y mucha conciencia de lo valioso que puede resultar reír en una plaza sitiada como lo es hoy Cuba.
Cuba necesita de un humor político iconoclasta pero que sepa identificar qué iconos merecen ser torpedeados; Cuba necesita de un humor político descolonizado y descolonizador, que abjure de los facilismos reaccionarios para inspirar la carcajada más primitiva y que tribute al “hombre nuevo”, al hombre mejor y más culto que necesitamos para ser verdaderamente libres, verdaderamente soberanos. Cuba necesita de un humor político que sea, por supuesto, crítico, pero que no disfrace su cobardía con falso ingenio: es más sencillo reírse de Díaz-Canel que de Trump, cuesta menos… ¿pero es más justo?
Es por eso que, sin petróleo y en medio de un bloqueo genocida, se ha decidido celebrar un evento como la II Bienal de Humor Político, para pensar y pensarnos, que hace falta para todo en esta vida. Saber sonreír —y de quién burlarnos— es otra de las claves para nuestra resistencia.
(*) Joven abogado cubano, periodista y conductor del programa Confilo de la TV cubana.


















