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Venezuela: cuando la tierra se partió en dos

Por Raúl Antonio Capote* / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.

Cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de la montaña del Ávila y los venezolanos se aprestaban a disfrutar de un feriado largo, el de la conmemoración de la Batalla de Carabobo, muchos estaban en casa, algunos, en la calle, regresando del trabajo, nadie imaginaba que el suelo, se convertiría de pronto en una trampa mortal.

El primer golpe llegó como un rugido sordo que ascendía desde las entrañas de la tierra, un sismo de magnitud de 7,2. No hubo tiempo para reaccionar, apenas 39 segundos después, cuando los edificios aún se bamboleaban y la gente corría despavorida hacia las calles, un segundo sismo, aún más violento, de magnitud 7,5, sacudió el país con una furia incontenible, como un puñetazo directo al corazón de la tierra.

Dos golpes, casi uno encima del otro, como si la naturaleza hubiera decidido descargar de una vez toda su ira contenida.

El estado La Guaira, esa franja costera que abraza el mar Caribe y alberga el aeropuerto internacional de Maiquetía, se convirtió en un escenario dantesco. Más de cien edificios colapsaron, muchos de ellos con sus habitantes dentro, Caraballeda, Catia La Mar, pueblos enteros quedaron reducidos a montañas de hormigón, acero retorcido y polvo.

Las cifras, en esas primeras horas, eran apenas un esbozo de la magnitud real de la tragedia. La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, declaró el estado de emergencia y, más tarde, el de «zona de desastre» para La Guaira.

El balance actual habla de 589 personas fallecidas y 2.980 personas heridas, pero el Servicio Geológico de Estados Unidos advierte que la cifra de muertos podría superar los diez mil.

Miles de personas pasaron la primera noche a la intemperie, acampadas en jardines, aceras y parques, temerosas de que las réplicas —que ya superaban las 130— derribaran lo que los sismos habían dejado en pie. Otros dormían sobre colchonetas sábanas, mirando al cielo, esperando el amanecer para saber si aún tenían un hogar al que regresar.

Los equipos de rescate trabajaban contrarreloj, con maquinaria pesada, equipos de percusión para romper el hormigón, y en muchos casos, con las manos desnudas, cavaban entre los escombros en busca de señales de vida

Voluntarios de toda la región se movilizaban por la autopista Caracas-La Guaira llevando agua, comida y medicinas, la solidaridad, ese instinto humano que florece en medio de la desgracia, se abría paso entre el polvo y el dolor, ahí estaban también el personal de la salud de Cuba, socorriendo y salvando vidas.

La tierra se partió en dos aquella tarde de junio. Y con ella, se partieron también miles de vidas, de sueños, de historias cotidianas que de pronto se volvieron extraordinarias por la fuerza de la tragedia. Venezuela, un país ya golpeado por años de crisis económica, enfrenta ahora la peor catástrofe natural de su historia reciente.

Pero en medio del polvo y los escombros, entre el llanto y la desesperación, hay también un gesto que se repite: la mano que ayuda a cavar, la botella de agua que se ofrece, el abrazo que consuela, porque cuando la tierra tiembla, lo que realmente se pone a prueba no es la solidez de los edificios, sino la de los corazones y, el corazón de Venezuela, herido, pero en pie, sigue latiendo.

(*) Escritor, profesor, investigador y periodista cubano. Es autor de “Juego de Iluminaciones”, “El caballero ilustrado”, “El adversario”, “Enemigo” y “La guerra que se nos hace”.

Foto de portada: Los Ángeles Time. 

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