Venezuela: Después del terremoto
Por Alejandra García Elizalde*
Desde las 6:05 de la tarde del 24 de junio, Venezuela no ha sido la misma. La tierra rugió con una fuerza desconocida y, en apenas unos segundos, cientos de hogares se convirtieron en escombros. El doble sismo, de magnitudes 7.2 y 7.5, dejó en el país una herida hecha de polvo, recuerdos rotos y ausencias.
Tres semanas después, la tragedia continúa marcando la vida de quienes lograron sobrevivir. La pregunta más sencilla se convirtió en la más difícil de responder: «¿Cómo estás?». Decir «bien» parece una traición al dolor de un país que llora a sus muertos. Venezuela no está bien. Duelen quienes se fueron, pero también quienes permanecen para enfrentar el vacío, las historias interrumpidas por una fuerza imposible de detener.
Entre los rostros marcados por la pérdida está el del señor Pablo, un hombre que regresaba a casa en autobús cuando el terremoto lo sorprendió en la autopista que conecta Caracas con La Guaira. Durante aquellos minutos de caos jamás imaginó que, al llegar a Catia La Mar, encontraría su vida reducida a escombros. El edificio donde vivía con su esposa y su hija había colapsado. Ambas quedaron atrapadas bajo toneladas de concreto.
Las imágenes que circularon en redes sociales mostraban a Pablo con una pala entre las manos, luchando contra el tiempo y la desesperación, buscando entre los restos del edificio a las dos personas que más ama. No buscaba únicamente cuerpos; buscaba una última oportunidad para cambiar el destino. El día del sepelio fue una despedida desgarradora. Pablo, un hombre de profunda nobleza, cargaba con una culpa imposible: no haber podido prever la tragedia, no haber estado allí para protegerlas y no haber podido entregar su propia vida a cambio de la de ellas.
Mientras tanto, miles de familias permanecen aferradas a una esperanza: recibir noticias de quienes aún no han regresado. Las labores de rescate continúan sin descanso en los últimos puntos donde todavía existe la posibilidad de encontrar sobrevivientes. Sin embargo, estimaciones no oficiales hablan de más de 10 mil personas desaparecidas. Detrás de cada cifra hay un rostro, una historia y una familia que espera una llamada capaz de cambiarlo todo.
Aun en medio de la destrucción, la ternura insiste. Mientras los rescatistas continúan buscando vida bajo el concreto, jóvenes voluntarios recuperan entre los escombros aquello que logró sobrevivir al desastre: una fotografía, una carta, un recuerdo familiar. Álbumes de fotos, adornos, juguetes, cubiertos y trozos de tela. Cada objeto recuperado representa la posibilidad de devolver a una familia un fragmento de su historia.
En los campamentos temporales instalados en la parroquia San Bernardino, en Caracas, también surgieron iniciativas para sanar heridas invisibles. Niños que habían perdido sus hogares encontraron en los pinceles y las acuarelas una forma de expresar aquello que las palabras no podían explicar. En sus dibujos no aparecían solo las ruinas; también estaban el mar de La Guaira, el sol y sus familias. Sobre el papel, por unos instantes, el desastre dejaba de existir y se abría una pequeña ventana hacia la esperanza.
En medio de tanto dolor, otra historia conmueve. Un joven que perdió ambas piernas años atrás se acercó a un niño a quien acababan de amputarle una tras los derrumbes para decirle, con su propia vida como ejemplo, que el futuro sigue siendo posible.
La solidaridad también salva. En estos días de duelo, esa certeza cobra un sentido especial y trae a la memoria una frase de Hugo Chávez: «Si pudiera sacar mi corazón y entregarlo como regalo, se lo daría al pueblo de Venezuela».
Al caer la tarde en La Guaira, cerca de uno de los campamentos de refugiados, un niño juega a la pelota con su padre entre los escombros. El escenario es una herida abierta, pero ellos construyen un instante de normalidad. Allí permanece la esencia de una nación que, pese al dolor, sigue buscando motivos para levantarse.
Como escribió Haruki Murakami en Después del terremoto: «Después del terremoto, la vida sigue, aunque el cielo se derrumbe, aunque la tierra, rugiendo, se abra».
(*) Periodista cubana. Corresponsal de teleSUR. Colabora con Resumen Latinoamericano-US.

Foto de portada: AFP.
