1981: La batalla de Fidel contra el dengue.
Crónica de un joven estudiante de Relaciones Internacionales.
Tenía yo 18 años y empezaba a cursar mi primer año de Relaciones Internacionales en el ISRI cuando el dengue golpeó a Cuba de una manera brutal.
Mi mundo era entonces el de los tratados, la historia, los análisis geopolíticos. Recuerdo que pasabamos las noches leyendo a Marx, a Martí, discutiendo sobre bloques de poder, teorías del desarrollo y tambien disfrutando la juventud, el teatro, las conquistas juveniles y las cervezas hipocalóricas en circulo social «Ferretero» de 1ra y 18.
Pero 1981 nos enseñó que las relaciones internacionales no se escriben solo en los libros: se escriben en las salas de un hospital, en el rostro de una madre, en la decisión de un líder que elige estar donde más duele.
La epidemia fue abominable.
No tiene otro nombre. Cientos de niños ingresaron en los hospitales. Los partes médicos en radio y televisión eran devastadores: 101 menores de quince años perdieron la vida en todo el país.
101 vidas que no llegarían a la universidad, que no discutirían de política ni soñarían con cambiar el mundo.
Y entonces, en medio del caos, Fidel.
Como estudiante de Relaciones Internacionales, estudiabamos su figura desde una perspectiva de líder internacional, hacedor de batallas, orador brillante, estratega político que sabia mas de EEUU que los propios políticos de aquel país.
Pero nada en los libros reflejaba lo que significaba ver aquellas fotos de Fidel caminando por los pasillos de los hospitales.
No una vez. Sino muchas.
Recuerdo una foto especialmente aparecida en el diario Granma.
No estaba acompañado por una comitiva numerosa, estaba gigante como siempre, como el gigante que advierte que cada segundo era oro: costaba vidas.
Dicen que se detenia en cada cama, preguntaba por las edades, los tratamientos de cada infante.
Pero lo que más me impactó de aquellas fotos, lo que aún hoy, cuarenta años después, me conmueve, fue verlo sentado junto a las madres.
Aquellas mujeres, muchas de ellas más jóvenes que yo ahora, miraban a Fidel con una mezcla de esperanza y desesperación. Y él no les daba discursos geopolíticos. No les hablaba de bloques socialistas ni de bloqueos imperialistas.
Les preguntaba por sus hijos, por sus nombres, por sus sueños.
Un líder que en la crisis no se esconde tras las poltronas, sino que se sienta a la junto a los niños graves, cabecera de un niño grave por una peste que nos tiraron, porque despues supimos que nos tiraron el dengue, como quemaron la caña, como pusieron bombas, o incendiaron el circulo infantil Le Van Tham en Marianao.
Fidel, un líder que trasciende la teoría política que yo estudiaba en las aulas.
Para mí, que analizaba las relaciones de poder entre estados, aquello fue una lección que ningún profesor podía darme, y mira que tuve buenos profesores.
Entendí entonces que la política internacional no es solo la relación entre gobiernos; es también la forma en que un país cuida a los suyos.
Fidel no estaba allí como jefe de Estado; estaba allí como cubano, como padre, como hombre que entendía que una epidemia no es solo un problema de salud pública, sino una prueba de humanidad.
Los médicos y enfermeras, se animaban al verlo llegar a cualquier hora.
No daba órdenes; indagaba, asumia. Cuando la epidemia calmó, cuando los hospitales volvieron a respirar, Fidel fue a dormir, siguió trabajando: yo se que quebrado por la muerte de sus compatriotas, sobre todo de sus niños.
Porque para Fidel la Revolución era el niño que sobrevivió, la madre que pudo llevarlo a casa, el médico que encontró en su presencia la energía para una guardia más.
Y hoy, al celebrarse el centenario de su nacimiento, no puedo evitar hacer un paralelo doloroso con nuestro presente.
En aquel 1981, el dengue no llegó por casualidad. Todos lo sabíamos. Fue una agresión biológica, un arma más en la guerra silenciosa que el imperio libraba contra nosotros.
Nos inocularon aquella epidemia que nos costó la vida de niños inocentes. Y lo hicieron con la misma saña con que hoy tratan de asfixiarnos con una medida cada mañana, con la misma crueldad con que hoy nos están costando otra vez la vida de nuestra gente, de nuestros niños.
Esa politica no es solo un castigo económico. Es hambre. Es medicinas que no llegan. Es equipos médicos que no se pueden comprar.
Es un niño que no tiene leche, un anciano que no tiene insulina, una madre que no tiene esperanza. Es una condena a muerte lenta y silenciosa que, como aquel mosquito del 81, va cobrando vidas sin que el mundo quiera verlo.
Entonces Fidel estuvo allí, en cada cama, en cada mirada, en cada madre que sostenía entre los brazos.
Y ahora, cuando el bloqueo se recrudece y el mundo nos da la espalda, ¿Dónde están los tratados que protegen a los pueblos? ¿Dónde están los organismos que debían condenar el genocidio silencioso que hoy nos asfixia?
Fidel nos enseñó que la soberanía no se negocia, que la dignidad no se rinde, que un pueblo unido es más fuerte que cualquier epidemia, que cualquier bloqueo, que cualquier imperio.
Nos enseñó que la vida de un niño vale más que todos los discursos del mundo.
Hoy, al cumplirse cien años de su nacimiento, siento que aquella batalla contra el dengue fue un ensayo de lo que vendría después: la lucha constante por la supervivencia de un pueblo que cara pálida quiere engullirse.
Recordar aquella batalla de Fidel, del pueblo es un tributo a sus cien años. Porque en cada niño que sobrevivió, en cada madre que recuperó la esperanza, en cada médico que encontró fuerzas para seguir, está el legado de un hombre que entendió que la grandeza de una revolución no se mide en discursos ni en tratados, sino en la capacidad de estar presente cuando más se necesita.
A los ciento un niños que no pudieron sobrevivir en 1981.
A los niños que hoy, por el bloqueo, no tienen acceso a medicinas.
A las familias que los aman.
A los médicos y enfermeras que lo dan todo, ayer y hoy.
A Fidel, que supo que un líder no se mide en palabras, sino en presencia.
Esta historia no la cuento para llorar.
Lo hago para no olvidar que la verdadera soberanía de un país se demuestra en los días más oscuros, cuando el mundo mira hacia otro lado y un hombre elige quedarse.
13/8/2026
Tomado del perfil de Facebook de Orestes Hernandez Hernandez

