Internacionales

Haití. El pecado original de la libertad: la resistencia contra el vampirismo neocolonial

Por Geraldina Colotti, Resumen Latinoamericano, 24 de agosto de 2026.

Hay un hilo rojo —de sangre, fuego y dignidad— que une el hacha de los cimarrones en Nuestra América con el antiimperialismo del siglo XXI. Este hilo nace en la noche del 13 al 14 de agosto de 1791 en el claro de Bois Caïman. Allí, bajo la guía espiritual y política del sacerdote vudú Dutty Boukman y de la mambo Cécile Fatiman, cientos de esclavizados rompieron la cadena de la alienación colonial. La ceremonia de Bois Caïman no fue un mero rito folclórico, sino un verdadero congreso político-militar clandestino: la respuesta soberana de los oprimidos al «benévolo» universalismo de la Revolución Francesa. Una burguesía ilustrada que proclamaba la «Libertad, Igualdad y Fraternidad» en París, mientras acumulaba el Capital mercantilista a través del sudor, la tortura y la muerte en los campos de caña de azúcar y café de Saint-Domingue.

Con la genialidad táctica de Toussaint Louverture y la inflexible determinación de Jean-Jacques Dessalines, la Revolución Haitiana consagró en 1804 el nacimiento de la primera República negra y libre del planeta. No fue una concesión: fue una victoria conquistada en el terreno derrotando consecutivamente a tres imperios (español, británico y francés). Como recordaba Louverture antes de ser deportado, el Árbol de la Libertad cortado en el tronco echaría raíces profundas. Haití se convirtió en la cuna del cimarronaje continental y en el faro logístico-militar sin el cual la gesta de Simón Bolívar jamás habría visto la luz. Pero el modo de producción capitalista no perdona a quien devela sus raíces racistas y coercitivas. El «pecado original» de Haití fue haber demostrado que los esclavizados no eran mercancía, sino sujeto histórico de liberación.

La extorsión originaria y la continuidad del despojo europeo

La punición infligida a Haití representa el nacimiento de la moderna deuda odiosa como instrumento de acumulación originaria y subordinación sistémica. En 1825, bajo la amenaza directa de los buques de guerra, la Francia de Carlos X impuso a Haití una «indemnización» de 150 millones de francos para resarcir a los antiguos propietarios de esclavos por la pérdida de su «propiedad». Para saldar este chantaje, la joven República se vio obligada a contraer préstamos usurarios con los bancos franceses (la llamada Double Dette).

Esta sangría financiera, que duró más de un siglo, transfirió miles de millones de dólares reales desde las arcas de Puerto Príncipe hacia los patrimonios de las oligarquías europeas, decapitando en su origen cualquier posibilidad de infraestructura pública, soberanía alimentaria o desarrollo industrial autónomo. Francia y las potencias de la Unión Europea nunca han pagado las reparaciones históricas por este crimen financiero; al contrario, han convertido el viejo colonialismo abierto en un sofisticado dispositivo neocolonial.

La espoliación contemporánea: el rol del eje París-Bruselas-Washington

Hoy la espoliación de Haití no ocurre solamente a través de las tropas de ocupación, sino mediante la simbiosis entre el imperialismo estadounidense —articulado vía Comando Sur y CORE Group— y la injerencia diplomática y económica de la Unión Europea. Bajo la máscara de la «ayuda humanitaria» y de las misiones de seguridad de tracción externa, se esconde una verdadera economía de rapiña que se articula en múltiples niveles depredadores.

En el norte de Haití se concentran enormes yacimientos vírgenes de oro, cobre y bauxita, con un valor estimado en decenas de miles de millones de dólares. Multinacionales canadienses y europeas operan desde hace años para asegurar concesiones extractivas en complicidad con los gobiernos títere locales, garantizándose el acceso a costos de extracción irrisorios y anulando los derechos laborales y la protección ambiental.

Paralelamente, la Unión Europea y los EE. UU. promueven la creación de «zonas francas de exportación» en la frontera con la República Dominicana, como el parque industrial de Caracol. En estos complejos, la clase trabajadora haitiana es sometida a salarios de pura subsistencia y privada de derechos sindicales, con el único fin de abastecer las cadenas de valor del textil y la manufactura destinadas a los mercados occidental y europeo.

A este panorama se suma la trampa del asistencialismo privatizado, en la que cientos de ONG francesas y europeas gestionan de facto la administración de los servicios básicos en lugar del Estado haitiano. Esta «industria de la ayuda» drena fondos internacionales que retornan regularmente a sus países de origen bajo la forma de sueldos para expertos extranjeros, empobreciendo aún más el tejido social y privatizando la soberanía pública.

La crisis política actual: entre bandas armadas, imperialismo y resistencia popular

La dramática situación política contemporánea es el resultado directo de este diseño de desestabilización permanente. El desmantelamiento deliberado del Estado haitiano por parte de las oligarquías locales y sus protectores de ultramar ha producido un vacío institucional cubierto por la externalización del terror hacia bandas armadas y grupos criminales (gangs). Lejos de ser una generación espontánea de violencia, muchas de estas facciones paramilitares han sido históricamente armadas y empleadas por las fracciones de la burguesía compradora y sectores políticos corruptos para disgregar la organización comunitaria, reprimir las protestas populares y vaciar los barrios obreros como Cité Soleil.

El flujo constante de armas de grueso calibre prosigue ininterrumpido, mientras la comunidad internacional sanciona formalmente al país para luego proponer como única solución el envío de fuerzas policiales extranjeras. Las misiones internacionales de injerencia, camufladas de ayuda a la seguridad, no buscan devolver la palabra al pueblo haitiano, sino congelar la crisis para evitar el surgimiento de un verdadero proceso constitucional autónomo y soberano.

Haití no es un «país fallido», como rezaba la narrativa racista y eurocéntrica del capital transnacional; es un país ocupado y despojado porque nunca se le perdonó el ejemplo de 1804. La única vía de salida para el pueblo haitiano reside en la reapropiación de la soberanía política y en la articulación de sus propias fuerzas populares, campesinas y proletarias.

La solidaridad internacionalista en Europa y en América Latina no debe asumir una forma pietista o de paternalismo de las ONG, sino la de la denuncia militante del saqueo imperialista. Rescate de las reparaciones históricas, fin de la injerencia del CORE Group y autodeterminación de los pueblos: solo así las ramas del Árbol de la Libertad volverán a brotar con la fuerza ancestral de Bois Caïman.

foto: Toussaint Louverture

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