Sobrevivir agosto
Cuentan que Máximo Gómez, el Generalísimo mambí de las guerras independistas del siglo XIX cubano, decía que julio y agosto eran sus mejores subordinados. Cuando las tropas españolas se internaban en los campos, en persecución del Ejército Libertador, eran recibidos por oleadas de mosquitos y otras diversas alimañas, los asfixiaba el calor húmedo y el sol abrasador —con la intermitente y a ratos furibunda asistencia de la lluvia, que los emboscaba sin aviso— y las enfermedades tropicales hacían estragos entre sus filas.
Quizás una mala lectura de nuestra historia patria entusiasmó a Marco Rubio y compañía: todos sus mecanismos de asedio económico, implementados desde hace décadas pero recrudecidos con perversidad desde enero de este año, apuntaban a que Cuba (o, lo que es lo mismo, su pueblo) se rendiría, que no podríamos aguantar un verano sin electricidad, sin agua, sin gas… y un largo etcétera de precariedades múltiples. No entendieron que Gómez y sus mambises también resistieron en la manigua los embates del calor y de las plagas; que emboscar al enemigo con la naturaleza como aliada implicaba también un ejercicio de resistencia feroz, obstinada. Y este pueblo (o, lo que es lo mismo, Cuba) es heredero de esa estirpe.
Cuando en junio me preguntaron si resistiría la Isla ante tan inaudito y abusivo ejercicio de poder imperial, solo comparable con el genocidio israelí en Gaza, me atreví a aventurar un “pronóstico reservado”, como el de los médicos ante un caso de particulares riesgos: si llegábamos a septiembre, si lográbamos sobrevivir agosto, si —por obra del milagro, la ajena prudencia o de la heroicidad propia— no ocurría un estallido social o una invasión estadounidense (o ambas dos inclusive), entonces estaríamos “a salvo”. No en mejores condiciones, ni con más holgura, sino simplemente a salvo.
Un viejo apotegma, fruto de la sagacidad popular mezclada con la autóctona cultura del choteo, suele resumirlo, con resignación y sorna: “Esto no hay quien lo arregle pero tampoco quien lo tumbe”. Y esa resignación, sin choteo ni sarcasmo, en forma de mal disimulada frustración, se le empieza a notar cada vez más a la contrarrevolución, tanto a sus operarios más “mediáticos” (tristes títeres) como a los “decisores” de la mezquina talla de Marco Rubio (títeres igual pero de mayor remuneración). En recientes declaraciones, el Secretario de Estado imperial ha pospuesto lo que en enero parecía inevitable e inmediato: el colapso total del sistema cubano y la providencial intervención del ejército yanqui. Ahora resulta que el proceso demorará, que quizás comience de manera “irreversible” para cuando Trump esté de salida, que él nunca dio fechas…
Pero su amo, el emperador de turno, Mr. Donald Trump, era el colmo del entusiasmo en enero. Días apenas después del secuestro de Nicolás Maduro, Trump afirmaría que la Isla caería por su propio peso. Un mes después afirmaría que habría una “toma amistosa”. Y así, mes tras mes, agregaría frases socarronas que no tendrían un correlato en la realidad. Es preciso agregar que a su marchito júbilo contribuyó no solo la resistencia del pueblo cubano sino el descalabro imperialista en Irán, un conflicto que ha tensado al máximo también la situación interna en Estados Unidos y ha agravado el riesgo de que los republicanos sufran en noviembre, durante las elecciones de medio término, una avasalladora derrota, tan avasalladora como el fiasco imperialista en territorio iraní.
Por supuesto, decir que julio y agosto, esos aguerridos mambises del calendario, nos han tratado con gentileza sería mentir: han sido dos meses muy difíciles, casi imposibles. Los apagones infinitos, la escasez, la inflación galopante, las enfermedades… todo se ha sumado e incrementado. Y, sin embargo, aquí estamos. El pueblo, incluso aquellos que no comparten el credo comunista, sabe perfectamente quién es el culpable de todas sus desgracias, incluso cuando señala los errores cometidos (sean reales, falsos o manipulados). Y cuando hay protestas —y es lógico que las haya— las autoridades no las reprimen ni hay gases lacrimógenos: se dialoga, se intenta convencer.
Es inmoral que se apoye, se justifique, se condone o se obvie la guerra económica asimétrica que libra el gobierno estadounidense contra Cuba. Pero lo peor para ellos, los enemigos de Cuba y de la Revolución (de conjunto con sus cómplices), es que su inmoralidad ni siquiera es eficaz: no han logrado su propósito. Sobrevivimos agosto, en las peores condiciones imaginables. Y sobreviviremos lo que venga después.
Fuente: Agencias

