CubaDestacadas

De muros, distancias y amor

Por: Thalía Fuentes Puebla

317 es un número que hoy detesto como nunca. 317 es, prácticamente, 50 veces la distancia de La Habana a Hanoi desde donde una amiga habla a diario con su esposo, que vive en La Habana después de casi dos años sin verse. 317 es también una distancia irrisoria: la que separa a la capital de Trinidad, esa ciudad espirituana a la que distinguen calles de piedra y casas coloniales. Allá, a 317 kilómetros, vive él.

Hay una rutina invisible en quererse a la distancia. Empieza con el primer mensaje del día y termina con el último, justo antes de dormir. En medio, audios que escuchamos dos veces, fotos que no dicen todo, silencios que la conexión a internet no perdona. No es menos real, pero pesa distinto.

Nos conocimos hace tres años, siendo amigos, sin medir distancias ni calcular faltas. Después llegó el noviazgo y, con él, la certeza de que querernos iba a implicar también esperarnos. Hoy nos hablamos a todas horas: un “¿cómo vas?” cuando el día aprieta, un “¿ya comiste?” que en realidad significa “te extraño”.

Planeamos este 14 con la ilusión de quienes creen que esta vez sí, que la gasolina alcanzará, que los kilómetros se achican. Pero no. Otra vez no. Y aquí estamos, queriéndonos a tantos kilómetros y a una videollamada de distancia, mientras el mundo sigue y nosotros, también. Y el amor, ese que algunos creen que lo puede todo, aprende a forcejear con la impotencia.

Podría parecer insensato calcular el amor en kilómetros. Kilómetros que se alargan cuando no hay combustible, cuando solo queda una felicitación virtual, una videollamada entrecortada –si la conexión a internet lo permite–. Kilómetros que se alargan y una distancia que destruye planes y, como si de una guerra se tratara, deja daños colaterales.

Es verdad que en medio de tantas carencias, de una vida casi detenida en el tiempo, no son las limitaciones de un viaje la consecuencia más crítica entre todos los problemas que hoy derivan de que Cuba no tenga algo tan básico y necesario como el combustible. Todo ocurre por caprichos de terceros, por la impotencia de alguien que, al no poder doblegar al otro, usa su fuerza cual Goliat delante de un David.

Ese bloqueo tiene muchas caras, pero hay una que pocos ven: la de los novios que no se encuentran, la de los ancianos que esperan una visita que nunca llega porque no hay cómo. El combustible falta, y con él falta todo lo demás. Falta el abrazo que llevamos un mes planeando, la mesa compartida, el “mañana nos vemos” dicho con la certeza de quien sabe que puede cumplirlo.

No se puede cerrar los ojos y obviar lo evidente. No es solo una medida política, no es solo un capricho de un imperio, es una herida que sangra en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo que debería ser simple y se volvió imposible. Y duele. Duele en silencio, en la intimidad de quienes solo quieren verse.

Hay algo que aprende cuando amas desde lejos. No es la paciencia estoica de quien espera sin más, es una resiliencia que se parece más a la terquedad, a ese empeño de quererse a pesar de todo, de encontrar la manera, aunque la manera no exista y la cotideaneidad se empeñe en ponernos pruebas.

Esa realidad es común. Lo sé porque en cada esquina de esta Cuba hay alguien queriendo a otro que está lejos. Nosotros somos uno más. Dos, en realidad. Con nuestra amistad que se volvió algo más, con nuestras voces por un teléfono y nuestras ganas. No es único, pero es nuestro. Y aunque duela compartir esta pena con tantos, también alivia saber que no estamos solos en esto de querer a contracorriente, de esperar sin saber cuándo, de insistir a pesar de todo.

Pero aquí estamos. Cuando no hay combustible, hay audios largos. Cuando no hay internet, están los mensajes de texto que tardan en llegar. Cuando no hay manera de verse, queda la certeza de que esto también pasará, de que un día los 317 kilómetros serán solo eso: kilómetros, no muros. Mientras tanto, amamos y esa también es una forma de resistir.

Y Benito lo dijo hace poco: “La única cosa más poderosa que el odio es el amor”. Es cliché, lugar común, de esas frases que evitamos los que vivimos de la palabra, pero hay tanta verdad en ella como en esas otras que aseguran que la distancia es solo un número, o que el amor –ese que a veces quema por dentro, o el otro, que es calma, pero no por tranquilo deja de ser verdadero– derrumba barreras, bloqueos, discursos de odio, diferencias ideológicas. Hoy mi número es 317.

Tomado de Cubadebate

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *