El aislamiento político-diplomático método del imperio (III y final)
Por José Luis Méndez Méndez* / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.
La resolución infame, que excluyó a Cuba de la Organización de Estados Americanos, OEA, cumplió 64 años, al término de una conjura, que culminó entre el 22 y 31 de enero de 1962, y en la cual participaron cancilleres de países de América Latina reunidos en Punta del Este, Uruguay.
Los conjurados, tras evaluar la «ofensiva del comunismo en América», resolvieron: “Que la adhesión de cualquier miembro de la Organización de los Estados Americanos al marxismo-leninismo es incompatible con el Sistema Interamericano y el alineamiento de tal gobierno con el bloque comunista quebranta la unidad y la solidaridad del Hemisferio; además: “Que el actual gobierno de Cuba, que oficialmente se ha identificado como un gobierno marxista-leninista, es incompatible con los principios y propósitos del Sistema Interamericano”.
Afirmó: “Que esta incompatibilidad excluye al actual gobierno de Cuba de su participación en el Sistema Interamericano y que el Consejo de la Organización de Estados Americanos y los otros órganos y organismos del Sistema Interamericano adopten sin demora las providencias necesarias para cumplir esta resolución».
El acta final con la asistencia de 21 países, fue aprobada por 13 votos a favor, uno en contra el de Cuba y seis abstenciones: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador y México. Estados Unidos ejerció toda su presión sobre gobiernos lacayos de Latinoamérica, y en la octava Reunión de Consulta de esa organización regional, se acordó la sanción a la Isla. El pueblo cubano respondió enérgicamente expresando aún más su apoyo a la Revolución. Desde esa fecha, Cuba fue excluida de todas las reuniones y resoluciones de la OEA y sus organismos, con una excepción: la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que es una organización del Sistema Interamericano, pero también es la representante en el continente de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y por tanto de la ONU, donde Cuba sigue teniendo un papel activo.
El 16 de marzo de 1962, el doctor Mario García Incháustegui, delegado de Cuba ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, haciendo uso del derecho de réplica, denunció que había estado en Cuba en abril de 1961 y vio la escuadra estadounidense en la línea de costa, que enterró a sus hermanos cubanos asesinados por bombas y metralla yanquis en una empresa de guerra contra nuestro pueblo, organizada y dirigida por el gobierno de Estados Unidos, y declaró: “Para quienes tenemos esas experiencias resulta difícil escuchar con calma hablar de agresiones hipotéticas y fantasmagóricas de Cuba contra Latinoamérica y los Estados Unidos por parte del delegado de un gobierno que produjo agresiones reales contra nuestra Patria”.
Refirió García, que el delegado estadounidense en la conjura insistió en que la exclusión de Cuba de la OEA por razones de su sistema social no violaba la Carta de Naciones Unidas, cuando en realidad uno de los principios de la ONU es la coexistencia y tolerancia entre Estados. Y en cuanto a las verdades de nuestro país, expresó: “La revolución cubana no tiene la culpa de ser ejemplo y no va a renunciar a serlo”
Esta fue el inicio de la agresión aislacionista de Estados Unidos instalada por medio de su instrumento de “administración de colonias”, como se acostumbra a decir que es la OEA, o en términos más crudos “Otra Empresa Americana”, como se decía en la década de los sesenta.
De manera paulatina todos los países, con a honrosa excepción de México, se sumaron al bloqueo político, el generalizado había comenzado de manera oficial el 7 de febrero de ese año 1962, como acción punitiva por haber propinado a Estados Unidos su primera gran derrota en América Latina, al ser aplastada la invasión mercenaria en abril de 1961.
En el proceso de conjura, los cancilleres declararon que la unidad continental y las instituciones democráticas, según la versión estadounidense, de la región estaban en peligro por la intensificación de «la ofensiva subversiva de Gobiernos comunistas, sus agentes y las organizaciones controladas por ellos».
Alegaban que el propósito de esta ofensiva era la destrucción de las instituciones democráticas y el establecimiento de dictaduras totalitarias al servicio de potencias extra continentales, según la resolución adoptada entonces.
En la reunión, alegaron que las fuerzas comunistas querían implantarse en los países subdesarrollados y en América Latina, y como prueba citaron la toma de poder de un Gobierno marxista-leninista en Cuba.
Entre otros puntos, concluyeron que Cuba se había «identificado con los principios de la ideología marxista-leninista», había establecido un «régimen político, económico y social fundado en esta doctrina» y aceptaba la «ayuda militar de las potencias comunistas extra continentales». También citaron la amenaza de intervención armada de la Unión Soviética en América, tal y como se falacia en la actualidad, se atemoriza con la relación de Cuba con enemigos de Estados Unidos, suman ahora a China, como una amenaza presente.
Por ello, declararon que el Gobierno de Cuba, como consecuencia de sus actos reiterados, «se ha colocado voluntariamente fuera del sistema interamericano». La adhesión de cualquier miembro de la OEA al marxismo-leninismo, dijeron, «es incompatible con el sistema interamericano y el alineamiento de tal Gobierno con el bloque comunista quebranta la unidad y la solidaridad» del continente.
En julio de 2009, cuarenta y siete años después de la expulsión de Cuba, la OEA se reunió en Honduras y dejó sin efecto la resolución número VI del 31 de enero de 1962. Pero a Cuba, con honrosa moral, desestimó su reingreso al alegar con sólidos fundamentos, que la OEA era «una organización tan desprestigiada e impertinente». La estrategia del regreso era sentar al país soberano en su escaño para atacarlo con falsedades bien urdidas durante años.
Esa entidad supuestamente concebida para la defensa y unidad de los latinoamericanos, se ha mantenido administrada desde su sede en Washington, allí anidan las peores conjuras. Pasadas casi siete décadas de esa bochornosa exclusión, la historia enseña y con sobradas razones demuestra, que sin asideros creíbles ahora se instala en el pavor regional que Cuba es una amenaza para la humanidad e inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de Estados Unidos y para sus gobiernos seguidores. La isla insumisa nunca ha sido, no es ni será una amenaza para ningún país, por el contrario su ejemplo solidario y amistoso ha llegado a los más oscuros confines del mundo.
La convocatoria a una selecta reunión de presidentes de algunos países latinoamericanos convocada por Estados Unidos en Miami, con el tenebroso título de “Escudo de las Américas”, con su contenido intervencionista, el cual pretexta combatir al terrorismo y al narcotráfico e imponer sus patrones de democracia, cuando en realidad debería combatir el consumo dentro de su país, sin el cual no habría negocio de tráfico de drogas.
Ese engendro va más allá, saldrán acuerdos dirigidos a cercar aún más a Cuba, país que no es miembro de la OEA y por tanto no puede ser condenada en ese circo colonialista; está enlistada como patrocinadora del terrorismo y ha sido declarada una amenaza, ingredientes para una acción extirpadora con apoyo de naciones plegadas a los designios imperiales, así se demuestra la vigencia del referido Programa de Acciones Encubiertas contra el Régimen de Castro del 17 de marzo de 1960. Estad alertas.
(*) Escritor y profesor universitario. Es el autor, entre otros, del libro “Bajo las alas del Cóndor”, “La Operación Cóndor contra Cuba” y “Demócratas en la Casa Blanca y el terrorismo contra Cuba”. Es colaborador de Cubadebate y Resumen Latinoamericano.

