Cuba: ¿gobierno fallido?
Por Michel E. Torres Corona
Hace ya varios años publiqué en el periódico Granma un pequeño texto titulado “Teoría y discurso del Estado fallido”. En aquel entonces lo escribí movido por el uso indiscriminado de ese término en relación con Cuba, en condiciones que —si bien complicadas— eran mucho mejores que las actuales. Hoy, que el cerco contra la Isla se estrecha aún más y se recrudece el bloqueo que por décadas ha impuesto el imperialismo, es comprensible (para los que llevamos tiempo en estas lides) que etiquetas idénticas o similares se sigan “popularizando”.
Porque —y en ello seguimos coincidiendo con la politóloga estadounidense Susan Woodward, como lo hicimos cuando publicábamos en Granma— precisamente de eso se trata, de una “etiqueta de moda”, un “cajón de sastre, demasiado impreciso para llevar a cabo un análisis de sus causas o consecuencias y, por lo tanto, susceptible de ser utilizado de un modo inadecuado».[1]
Claro que hablar de uso “inadecuado” es llevar muy bien (demasiado bien) a los esgrimidores del sonoro calificativo. La mayoría de las veces estamos ante lo que el especialista argentino en relaciones internacionales, Juan Gabriel Tokatlian, explica como “instrumentalización conceptual” del “Estado fallido”. De “categoría académica” pasa a ser arsenal para el bombardeo mediático contra determinados blancos en función de determinados intereses. El ejemplo más claro es, por supuesto, el gobierno estadounidense, y el uso de la “falla estatal” para justificar y/o legitimar sus acciones en la arena internacional.[2]
El quid del asunto apunta a la supuesta ineptitud de un sistema o de un gobierno para ejercer sus funciones públicas. Según el politólogo canadiense Kalevi Holsti, un Estado fallido carece de la capacidad de “dotarse de los recursos necesarios para gobernar y proporcionar servicios”. A su juicio, y en línea con el teórico alemán Max Weber, un Estado fallido no logra ostentar el monopolio sobre el uso legítimo de la fuerza dentro de sus límites territoriales.[3]
No extraña que el beligerante Secretario de Estado, Marco Rubio, se empeñe en decir una y otra vez que en Cuba hay un gobierno incompetente que no puede —¡por alguna extraña y esotérica razón!— agenciarse de medios para tener una economía robusta. Tampoco extraña que el emperador de turno, Mr. Donald Trump, insinúe que somos una nación colapsada, necesitada de “asistencia”, una nación que él puede liberar o tomar según tenga el día; o que sus lacayos “cubanoamericanos”, como María Elvira Salazar, o los influencers del odio en Miami, como Eliécer Ávila, traten de sembrar en redes digitales la idea de que el pueblo cubano está en la calle, que hay una situación de ingobernabilidad, de caos.
No es una discusión teórica: cuando se tilda a Cuba de “Estado fallido”, se intenta justificar las medidas de coerción o, más peligroso aún, allanar el terreno para una intervención. Y no podemos culpar de forma exclusiva a Trump y su corte de bufones: la tradición es añeja y compartida tanto por republicanos como por demócratas.
¿No recuerdan al “abúlico y provecto emperador”[4] Joe Biden cuando se refirió a Cuba como “Estado fallido”, valiéndose de la pandemia y de las protestas y disturbios que se vivieron en nuestro país el 11 de julio de 2021? No se habló entonces de que el índice de mortalidad en Estados Unidos por la COVID fue cuatro veces superior al de Cuba, y que manifestaciones, protestas y disturbios fueron (y son) asunto cotidiano allá por el Norte. El 11 de julio, en La Habana, no hubo toma del Capitolio, como sí ocurrió cuando partidarios de Donald Trump tomaron por la fuerza el congreso estadounidense, tras perder este las elecciones. Pero los fallidos somos nosotros… ellos hasta repiten con Trump.
Algunos entusiastas de la restauración capitalista en Cuba han servido siempre de cajas de resonancia para el uso de términos como “dictadura”, “régimen” o, en este caso, “Estado fallido”. Otros han “elegido” el apelativo más “soft” de “gobierno fallido”, en perfecta consonancia con las exigencias de Rubio que filtrara al mundo The New York Times: si se quería una “solución negociada”, tenía que haber un cambio de gobierno en nuestro país. El problema, en esencia, es el mismo, amén del reacomodo de ciertas palabras.
Colocar la culpa de la actual depauperación de las condiciones de vida del pueblo cubano en el gobierno de Díaz-Canel es un acto de bajeza sin par. Hablar justo ahora, que la solidaridad mundial se escandaliza ante la nueva “reconcentración” de Trump, de “demasiados errores” por parte de las autoridades cubanas, de incapacidad de sus funcionarios, denunciar “pifias comunicacionales” o casos de corrupción (que han sido procesados públicamente) para demeritar su gestión, es un acto de injusticia y de nulo tino político… si presume la buena fe, por supuesto.
Lo justo, lo atinado, lo más sensible y oportuno, sería entender que, cuando la mayoría de los analistas nos daban días de vida si acaso, aquí seguimos, y si el gobierno cubano (o el Estado) fuera fallido, fuera tan incompetente y corrupto, el resultado del asedio estadounidense fuera otro. Es una vieja paradoja, la del supuesto “bloqueo interno”, que intenta equiparar las malas praxis del Partido Comunista con el sitio más brutal y prolongado de la historia moderna, sin resaltar que es la praxis del socialismo cubano —perfectible, sin dudas— lo que ha propiciado la supervivencia del país en un escenario asimétrico, frente a un adversario desproporcionalmente superior en términos económicos y militares.
Hace poco, el político español Gabriel Rufián hablaba en el Parlamento español sobre Cuba, y sobre el ejemplo que el Imperio quería destruir. Y coincide con las palabras del gran intelectual cubano Aurelio Alonso, que citamos también hace años, cuando escribíamos en el periódico Granma:
“Es un Estado fallido para toda esa miseria, de abuso de poder que se ejerce desde el imperio. Para ellos Cuba, el ejemplo cubano, es el ejemplo de un Estado fallido, cuando en el fondo el Estado fallido para el mundo, para la posibilidad de salir a flote de la humanidad es precisamente el que ellos están preconizando.”[5]
En todo caso, el fallo ha sido del gobierno estadounidense, del Estado imperialista. Así nos lo confirma la reciente entrevista que concediera Miguel Díaz-Canel, presidente de la República de Cuba, a La Jornada:
“El acto más fallido de los gobiernos de Estados Unidos en estos 67 años de Revolución es no haber podido apoderarse de Cuba (…) Vino el bloqueo, las presiones de todos estos años (…) ese fracaso ha provocado la ira”.
No haber colapsado, no haber cedido ante la ira y la presión del emperador de turno (como otros sí hicieron): ese es el gran mérito del actual gobierno cubano, heredero del proceso revolucionario y garante de su continuidad; un mérito que fuera imposible reconocerle a un gobierno o Estado “fallido”.
[1] Woodward, Susan, Taylor, Mark (2005). Estados Frágiles: soberanía, desarrollo y conflicto. Madrid: Centro de investigación para la paz (CIP-FUHEM). pág. 5
[2] Tokatlian, Gabriel (2008). La construcción de un Estado Fallido en la política mundial: el caso de las relaciones entre Estados Unidos y Colombia. pág. 68
[3] Holsti, Kalevi J. “The State, the War and the State of War”. Cambridge: Cambridge University Press, pág. 82. 1996
[4] Los adjetivos son de Julio Fernández Bulté, refiriéndose a otro emperador decrépito, el romano Claudio.
[5] http://laventana.casa.cult.cu/index.php/2021/11/15/cuba-estado-fallido/

