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Raíz

A 96 años del natalicio de la heroína Vilma Espín Guillois

Por Carmen Maturell Senon.

¿Quién era usted? ¿Quién era Alicia, Deborah, Mónica, Mariela? Usted que hablaba poco y hablaba tanto y abrazaba con la voz. Usted: la de un solo amor, la de todos los amores.

En qué suelo dicen que se sentó a coser un uniforme roto para una miliciana que no tenía zapatos. ¿Quién la escuchó decir «estoy cansada»?

¿Cómo medir la estatura de una mujer que pudo haberse quedado en su ingeniería, en su Santiago de buenas familias, y en cambio eligió el monte, el fusil, la noche eterna de la clandestinidad? ¿Qué balanza pesa el coraje de quien fue combatiente del Ejército Rebelde y luego, triunfo mediante, no cesó hasta que las mujeres tuvieran voz propia?

¿Acaso el cansancio le mordía los huesos cuando fundaba círculos infantiles para que las obreras no tuvieran que elegir entre el pan y el pecho? ¿Sentía vértigo al hablarle al hombre de campo que creía que la mujer era propiedad? ¿O aprendió, como aprenden los ríos, que la paciencia erosiona hasta la montaña más dura?

¿Dónde guardaba la ternura para ser, al mismo tiempo, la jefa severa que no admitía un retroceso en la ley del divorcio y la amiga que llegaba de madrugada a llevar café a las que velaban a sus muertos? ¿Cómo hacía caber en un solo cuerpo a la guerrillera que enterró compañeros en la Sierra y a la madre que padecía por cada niño cubano víctima del bloqueo cruel?

No hay rango ni condecoración que expliquen a Vilma. No la miden los cargos: fue «presidenta de las mujeres», sí, pero también fue quien exigía que la llamaran sin título, la que se enfadaba si le ponían flores en la mesa, la que interrumpía una reunión para preguntarle a una campesina cómo se llamaba su hija.

¿Qué poder tiene una ley si no la acompaña una mano que la firme y luego la defienda con uñas en cada barrio, en cada fábrica, en cada escuela? Vilma no legisló desde el escritorio, se sentó en el suelo de tierra de los bateyes, olió el humo de las velas en los cuartos de tabla, lloró con las que perdieron hijos en la guerra…

¿Dónde poner ahora, las que vinimos después, su ejemplo y su falta? Habrá que seguir tejiendo, como ella tejía, sin esperar aplausos. Habrá que ser duras como ella fue dura con la injusticia, y suaves con el que sufre. Habrá que aprender ese oficio difícil: ser revolucionaria sin dejar de ser humana, ser madre de todos sin olvidar el abrazo de una sola.

¿Qué iba a poder el tiempo contra Vilma? Si ella no era tiempo era raíz. Y las raíces no mueren: alimentan.

Enrique Meneses.
Archivo Granma.
Liborio Noval.
Archivo Granma.

Tomado de Periódico Granma.

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