Donald Trump: la mitomanía del poder
Por: Raúl Antonio Capote
La escena se ha repetido en distintas claves a lo largo de la historia: gobernantes que confunden su investidura con una misión divina, que se erigen como salvadores ungidos y que, desde esa ficción, legitiman decisiones que en el terreno de lo humano resultan, cuanto menos, discutibles.
Faraones, Césares romanos, emperadores, reyes y caudillos han intentado presentarse, con variable éxito, como encarnaciones dioses o dioses mismos en la Tierra, al final la duda realidad se ha impuesto sobre la falacia mesiánica.
El presidente Donald Trump acaba de añadir un nuevo capítulo a esa tradición —la del mesianismo secular— al difundir una imagen en la que aparece sanando enfermos con una disposición corporal calcada de las representaciones clásicas de Jesucristo.
El contexto no es menor: la guerra en Irán, el bloqueo naval en el estrecho de Ormuz, los crímenes horrendo cometidos por las fuerzas militares estadounidense e israelitas y una economía mundial tambaleándose por el precio del petróleo.
La respuesta del papa León XIV, pronunciada a bordo del avión que lo conducía de regreso a Roma, ha sido un ejercicio de desmontaje silencioso pero efectivo. Sin aspavientos, sin devolver insultos ni elevar el tono, el Pontífice afirmó que «no le teme» a Trump y que sus llamados a la paz «se basan en el Evangelio, no en el poder terrenal».
En apenas dos frases, León XIV trazó una línea divisoria nítida: entre la autoridad moral que emana de un texto religioso milenario y la autoridad política que descansa en portaaviones, misiles, sanciones económicas y despliegues militares.
Pero la imagen publicada por Trump merece un análisis aparte, porque constituye un salto cualitativo en la ya extensa liturgia de la autoconsagración.
No es la primera vez que un líder estadounidense utiliza símbolos religiosos para envolver su gestión —desde Ronald Reagan hasta George W. Bush—, pero lo que antes era una referencia implícita a la providencia, ahora se ha vuelto una representación explícita y visual de la propia divinización.
La fotografía, que circula desde hace días en sus redes sociales, muestra al mandatario con las manos extendidas sobre un grupo de personas postradas, en una composición que remite directamente a los frescos y óleos de la tradición cristiana.
El problema no es teológico sino político. Cuando un jefe de Estado se representa a sí mismo como taumaturgo, está trasladando al plano de lo sagrado decisiones que pertenecen al terreno de lo contingente, lo discutible y lo revisable.
Si Trump «sana» a los enfermos en una imagen, ¿cómo discutir sus órdenes de bombardeo? Si es una encarnación moderna de Cristo, ¿quién puede reprocharle el bloqueo a un país que califica como «malvado»? La operación es tan transparente como peligrosa: se trata de blindar el ejercicio del poder bajo una pátina de infalibilidad divina.
El contraste con el papa León XIV no podría ser más elocuente. Mientras el Pontífice habla desde la limitación de un avión, sin grandilocuencia, y fundamenta su mensaje en un texto que aboga por poner la otra mejilla, Trump recurre a la puesta en escena, al gesto cuasi cinematográfico, a la hipérbole visual a su mejor estilo se hombre show.
Uno invita a la paz desde el Evangelio; el otro simula milagros mientras ordena bloqueos que generaran hambre e inflación en los países más vulnerables. El cómplice directo del genocidio de Gaza presentándose como Jesús, sin dudas una imagen más que sacrílega, arrogante y despreciativa.
La pregunta que queda flotando no es si Trump cree realmente ser Jesucristo —eso pertenece al dominio del psicoanálisis—, sino por qué una parte significativa de la ciudadanía estadounidense y global está dispuesta a consumir esa iconografía sin rechazo.
Esta respuesta probablemente tenga menos que ver con la fe, que con el hastío frente a políticos tradicionales, a la enajenación cultural del capitalismo, a la búsqueda de figuras providenciales en tiempos de incertidumbre, la confusión entre espectáculo y liderazgo.
Pero el Evangelio que invoca el Papa no es un show. León XIV ha tenido la lucidez de recordarle a Trump, y al mundo, que la paz no se construye con portaaviones ni con selfies mesiánicas, sino con actos concretos de desescalada y con la humildad de reconocer que ningún presidente, por poderoso que sea, puede sanar lo que él mismo ha logrado destruir.

