Cuba

Fuimos ricos y no lo sabíamos

Por Cristina Simó Alcaraz (*)

En medio de apagones, escasez de combustible y una crisis energética sin precedentes provocada por el recrudecimiento del bloqueo económico y financiero de Estados Unidos, Cuba sigue siendo un espejo incómodo para el capitalismo. Mientras los medios hegemónicos repiten el mantra de la “dictadura”, quienes vivimos dictaduras reales —las de las botas, los toques de queda y la desaparición forzada— sabemos muy bien de qué hablamos. Y esto no es una dictadura.

Una isla contracorriente

El pueblo cubano, durante décadas de asedio, ha hecho de la necesidad virtud. Ha preservado lo que más de medio mundo anhela y ya no tiene: una educación pública, gratuita y de calidad, desde el preescolar hasta la universidad; una sanidad universal que acompaña a la persona desde la concepción hasta la vejez.

En una región profundamente patriarcal como América Latina, las mujeres cubanas fueron pioneras en derechos: aborto legal, representación parlamentaria mayoritaria, leyes integrales contra la violencia de género. La niñez no es una promesa electoral, sino política de Estado: se hace seguimiento del embarazo, se garantiza la leche para los bebés, se protege a los niños y niñas como centro del proyecto social.

¿Casualidad? No. Es fruto de una revolución que puso la justicia social por delante del mercado. Es el legado de Martí y de Fidel, de las madres y padres de la independencia, de quienes murieron construyendo un país con alma y no con precio.

La mentira de la dictadura y la verdad de las calles

Para el imperio mediático que domina Washington, Cuba es una dictadura. Pero en Cuba hay libertad de expresión (otra cosa es que los grandes medios no la difundan). El pueblo discute, propone y vota las leyes. En referéndum, con participación masiva, se aprobó el carácter socialista de la Constitución. ¿Eso es una dictadura?

Comparemos, sin miedo. En Estados Unidos, ¿qué se vota? Si gana el dinero de un partido o el del otro. Millones de personas no pueden votar: presos, exconvictos, inmigrantes sin papeles. La alternancia está garantizada, pero los derechos humanos básicos, no. No hay sanidad pública universal. No hay educación pública garantizada. No hay vivienda digna para todos.

Basta con caminar por Nueva York, la capital del mundo, y contar los cuerpos que duermen en el frío sobre el cartón. Eso no pasa en Cuba.

En Estados Unidos, los gobiernos bombardean, bloquean, mienten. Matan a más de un centenar de niñas en escuelas y quedan impunes. Sus élites políticas acumulan acusaciones fundadas de trata, narcotráfico y pederastia, y siguen en sus escaños. ¿Eso es democracia?

Los apagones: ¿fracaso o crimen?

Es cierto: hoy en Cuba se pasa mal. Hay apagones de hasta 12 horas en algunas provincias. La gente se queja, protesta, reclama. Como es normal en cualquier lugar del mundo cuando falta un servicio esencial. Pero los apagones no nacen de la incompetencia: nacen del bloqueo más cruel y prolongado de la historia moderna, que impide comprar combustible, repuestos, tecnologías.

Y digamos también lo que los medios no dicen: en medio mundo hay apagones —y peores— porque la electricidad se privatizó. En España, en Argentina, en México, en Chile, la luz se paga cara y se corta a quien no puede pagarla. Las empresas eléctricas invierten lo mínimo para maximizar ganancias. La calidad del servicio no está en su ADN. Allí, un apagón no es noticia. Es negocio.

Para una extranjera que observa, escucha y quiere entender, la sensación es clara: la sociedad cubana sigue siendo limpia y honesta. No está intoxicada por la malicia capitalista. Y eso, a pesar del desgaste, se respira.

La estrategia del mono y el espejismo

Detrás de la campaña mediática contra Cuba hay una estrategia muy clara: asfixiar al pueblo para que se revele contra sus dirigentes, y entonces aparecer como “salvadores”. Bombardean, invaden, imponen un cambio de régimen. Ya lo hicieron en Granada, Panamá, Haití, Honduras, Libia, Siria… Siempre con el mismo guion.

¿Para qué? ¿Para convertir a Cuba en el estado 52 de Estados Unidos, como supuestamente pretenden con Venezuela?

¿Para que los cubanos sean expulsados de sus casas por quienes reclaman propiedades desde Miami?

¿Para que la juventud cubana termine perdida en las drogas, como ocurre en las calles de Filadelfia o Portland?

¿Para que el agua y la luz pasen a ser mercancías solo al alcance de una minoría adinerada?

¿Para que el pueblo ya no pueda decidir sobre las leyes que afectan su vida?

Eso no es libertad. Eso es colonia.

Resistir no es un cliché, es supervivencia

Lo de enfrente es un espejismo. Una trampa letal. Después no habrá marcha atrás. Lo que está en juego no es un gobierno ni un partido: es un modelo de vida donde lo común está por encima de lo privado. Donde la solidaridad no es una palabra bonita, sino una práctica diaria. Donde la paz y la independencia se defienden con la dignidad, no con misiles.

Cuba, a pesar de todo, sigue siendo el referente de que otro mundo es posible. No es perfecta. No es fácil. Pero es real. Y esa realidad, con apagones y todo, es más humana que la mentira del libre mercado que solo libera a los bancos.

Una Cuba firme es capaz de tumbar un bloqueo. Una Cuba unida puede convertirse en David, frente a Goliat, el monstruo decadente que es Estados Unidos. Porque la verdadera fuerza no está en los tanques ni en los dólares. Está en la conciencia.

Resistan por Cuba. Resistan por la humanidad.

(*) Secretaria Área de Feminismo PCE

Tomado de Mundo Obrero.

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