La verdadera conciencia comienza cuando somos capaces de interesarnos por la realidad de otros
Hay algo que llama la atención.
Hay muchas personas que dicen apoyar a Cuba, que aseguran ser simpatizantes del pueblo cubano y que afirman comprender las dificultades que atraviesa el país.
Sin embargo, cuando tienen delante información diaria sobre lo que realmente ocurre en la isla, cuando pueden acceder a una visión diferente de la que suelen ofrecer los grandes medios, el interés desaparece con una rapidez sorprendente.
Y no deja de resultar contradictorio.
Porque informarse sobre Cuba hoy no es como estar en un grupo de WhatsApp de cumpleaños, de trabajo o de organizar una despedida de soltera. Estamos hablando de conocer la realidad de un pueblo que atraviesa una situación extremadamente difícil. Días sin luz, sin agua, sin comida.
Estamos hablando de personas concretas, de familias concretas, de enfermos concretos y de ancianos concretos. De niños. Todos ellos con nombre y apellido.
Vivimos en una época en la que la información se ha convertido en un campo de batalla. Todos los días recibimos mensajes, titulares y relatos que intentan decirnos qué debemos pensar y qué merece nuestra atención. Por eso, escuchar otras voces, contrastar información y acercarse a realidades que normalmente no aparecen en primer plano ya es, de por sí, un ejercicio de conciencia.
Pero también vivimos en una sociedad cada vez más individualista. Una sociedad donde muchas veces solo parece importarnos aquello que afecta directamente a nuestra vida. Mientras el problema sea de otros, mientras las dificultades las sufran otros, mientras las carencias las padezcan otros, resulta fácil mirar hacia otro lado. O solidarizarse de lejos.
Nadie está obligado a pensar de una determinada manera. Nadie está obligado a compartir una posición política concreta. Pero si alguien dice que le preocupa Cuba, lo lógico sería dedicar al menos unos minutos a conocer qué está viviendo hoy su pueblo.
Porque la realidad es que hay personas que no encuentran determinados medicamentos, que se mueren por falta de tratamientos, familias que atraviesan situaciones muy duras, ancianos que sobreviven en condiciones extremadamente difíciles y millones de cubanos enfrentando problemas que hace unos años parecían impensables.
A veces da la impresión de que algunas personas apoyan las causas mientras estas permanecen lejos, convertidas en una idea abstracta. Pero cuando la realidad exige atención, tiempo y compromiso, entonces deja de interesar. Quizás sea más fácil no mirar.
Y, sin embargo, la historia demuestra una y otra vez que ninguna realidad es tan lejana como parece.
Vivimos en un mundo interconectado donde lo que ocurre en un rincón del planeta puede terminar afectando a cualquier persona, en cualquier país.
Quizás algún día, nadie lo quiera, alguno de los que hoy consideran irrelevante lo que sucede en Cuba tenga que enfrentarse a una enfermedad grave. Quizás entonces descubra que ese pequeño país que hoy está en guerra y al que apenas prestó atención porque la información le abrumaba, desarrolló una investigación, una vacuna o un tratamiento capaz de prolongar o salvar vidas.
Y la reflexión vale también para quienes dedican su tiempo a repetir que Cuba es un Estado fallido o a despreciar todo lo que provenga de la isla.
Si mañana la ciencia cubana desarrollara una vacuna contra un determinado tipo de cáncer como ya lo está haciendo, o una terapia innovadora para una enfermedad grave, ¿la rechazarían por venir de Cuba? ¿Renunciarían a ella por motivos ideológicos? ¿O la aceptarían para intentar salvar su vida o la de alguien a quien aman?
Quizás ese día comprenderían que el mundo es bastante más complejo de lo que muestran los titulares occidentales y los prejuicios.
Y que detrás de los discursos políticos existen personas, científicos, médicos, investigadores y trabajadores que, pese a todas las dificultades, siguen aportando conocimiento y avances útiles para toda la humanidad. Y crean algo: no esperan nada a cambio.
Porque la solidaridad o simpatía no debería depender de si algo nos afecta personalmente o no.
La verdadera conciencia comienza cuando somos capaces de interesarnos por la realidad de otros incluso cuando creemos que esa realidad no tiene nada que ver con nosotros.
Y muchas veces, más pronto o más tarde, descubrimos que sí tenía que ver. Y que de repente, la vida te vuelve víctima.
Sería difícil verse entonces en la situación de estas personas.
Venceremos. Y si la muerte llegara a ser victoria, también, bienvenida sea.

