El Che y el imperialismo
Por Michel E Torres Corona.
Para el Che, la lucha antimperialista siempre fue urgente y medular: no admitía postergaciones ni relativizaciones. Más de una vez hizo patente esa prioridad que le otorgaba al combate contra el verdadero enemigo de los pueblos, y lo solía afirmar además con su lacónico y contundente estilo: “Nuestros dos problemas principales son el imperialismo y el imperialismo, entonces después pueden venir los demás”.
Todas las contradicciones a nivel nacional y global eran para el Che —son o debieran ser para nosotros— consecuencia directa del hecho imperial. Por supuesto, no se refería a la existencia de un imperio, sea la Roma antigua o el moderno Estados Unidos, sino al sistema mundo que resultaba del pacto o del reparto posbélico entre distintas potencias, de la alianza transnacional entre élites financieras que manejan las industrias y los bancos en cualquier rincón del orbe. Lenin, el clásico que no puede dejar de citarse en estos menesteres, hablaría pues del imperialismo como una fase del capitalismo, una “superior” o “nueva” o “más reciente” según las disímiles traducciones.
El Che, leninista ejemplar (en todos los sentidos) era capaz de advertir esa naturaleza predatoria del imperialismo como capitalismo avanzado, como engranaje perfeccionado de saqueo, y sentenciaba categórico que mientras los pueblos económicamente dependientes no se liberaran del mercado capitalista no habría desarrollo económico sólido. Incluso para las naciones socialistas, intentar construir la “nueva sociedad” con las “armas melladas del capitalismo” implicaba firmar su certificado de defunción. Sobre esto último vale la pena releer sus apuntes a raíz de las deformaciones en la Unión Soviética y sus acertados vaticinios.
Como marxista, el Che criticó lo que décadas después “descubriría” la teoría de la dependencia: el subdesarrollo no es una etapa previa, sino un producto activo del funcionamiento del sistema-mundo capitalista. El imperialismo era, en palabras de Roberto Fernández Retamar —alguien que polemizó con el Che, dicho sea de paso—, un entramado “subdesarrollante”, cuya existencia implicaba un modo de producción que partía de premisas incompatibles con la equidad, la solidaridad y la justicia social; un sistema que intercambiaba pobreza y guerras por recursos naturales, dejando en las naciones del “tercer mundo” un rastro tóxico de desechos y muerte.
El antimperialismo del Che era radical. Algunos hoy lo llamarían “extremista” incluso. Una de las marcas más distintivas de su pensamiento era el rechazo a cualquier forma de ilusión reformista o a la confianza ingenua en la “diplomacia imperial”. En un celebérrimo discurso, sentenció con palabras que luego se volvieron leyenda del verbo revolucionario: “No se puede confiar en el imperialismo ni tantito así, nada”. Como diría Fidel, los que hicieron concesiones no sobrevivieron: al imperialismo solo se le podía oponer una férrea resistencia, desde el compromiso inclaudicable con los principios e ideales de la Revolución. Aquellos que intentaron “apaciguar” al monstruo, terminaron devorados.
Pero la suspicacia del Che no era una consigna sino la síntesis de su comprensión acerca de la lógica de reproducción del capital monopólico, basada en el estudio teórico y en la praxis militante. En la conferencia de Argel, el Che explicaría la interrelación entre ese statu quo económico y otras formas de dominación, aseverando que mientras existiera el imperialismo este ejercería poder sobre otros países, aunque con métodos más sofisticados, como el neocolonialismo o la subyugación crediticia.
No se debía hablar de corrupción o malas prácticas en los países dominados —aun cuando existieran— sino que la arquitectura global respondía a la esencia misma del imperialismo: una nación “subalterna” no podía prosperar más allá de los límites impuestos por la jerarquía financiera mundial, menos si esa prosperidad amenazaba su modus vivendi. De ahí que a Cuba se le intentara y se le intente todavía castigar de forma ejemplarizante.
La propaganda anticomunista —cuyos ecos reverberan hoy aún, quizás incluso con mayor fuerza— presenta a Cuba y a las revoluciones en general como amenazas a la paz, pero el Che logró entonces (y lo logra hoy, en tanto no lo olvidemos) invertir esos términos y poner el foco en el verdadero origen de la violencia, de la inestabilidad. Era el imperialismo, con su apetito voraz, el “gran creador de guerras, el gran enemigo de la paz y el gran enemigo de la soberanía de los pueblos”… y quien lo dude puede observar los ejemplos recientes de Caracas y Teherán.
No son los pueblos que se levantan contra la opresión los que engendran la guerra, no es un país decidido a construir su propio camino el culpable de una agresión: hay todo un sistema que necesita expandirse y asegurar sus mercados, recursos y zonas de influencia. Un sistema que no admite cuestionamientos, que no admite insubordinaciones ni indisciplinas, y que está decidido a imponer su voluntad por cualquier medio.
Para el Che estaba muy claro: “El más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo dondequiera que esté”. La solidaridad no puede ser vista como una opción sentimental ni como un mero gesto político, sino una obligación moral y, sobre todo, estratégica. Aislarse es perecer. Los que hoy abandonan a Gaza, los que miran hacia otro lado antes los crímenes del sionismo y su patrocinador yanqui; los que se cruzan de brazos ante el asedio que sufre Cuba, mañana pudieran ser las víctimas de la maquinaria imperialista.
El Che diría que no hay fronteras, que la lucha es a muerte. Y tampoco es una consigna más. Solo los que olvidan la historia podrían subestimar a ese grupo de asesinos y ladrones que hoy dirigen el planeta, para escarnio de la civilización humana. Y, como también diría el Che, no podemos ser indiferentes a lo que ocurre en cualquier parte del mundo, nos tiene que doler cualquier injusticia cometida en cualquier rincón del orbe como si fuera contra nosotros mismos… porque mañana bien pudiera ser ese el caso.
La paz no es la simple ausencia de conflictos armados, sino la superación de las condiciones de explotación y dominación que el imperialismo perpetúa. La paz no es la obediencia de los pobres, de los desvalidos, ante los caprichos de los plutócratas, sino la construcción de una sociedad donde verdaderamente rijan los principios de fraternidad e igualdad. Y esa es la paz por la que, como el Che pensara e hiciera, debemos luchar sin cuartel. La paz que solo será posible cuando entendamos quién es el verdadero enemigo.
Si algo podemos agradecerle al imperialismo es que el Che siga naciendo, al decir de Galeano: su legado es una exhortación al combate y a la resistencia. Y los que no renegamos de ese legado seguimos intentando ser como él, en tanto se resista a morir el sistema que ha sacrificado a tantos hombres y mujeres de bien en su afán de dólares y misiles.
Tomado de Cubadebate / Foto de portada: Juvenal Balán.

