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Crece campaña para derogar la 19ª Enmienda, que garantiza el voto femenino en Estados Unidos

En junio de 2026, Erika Kirk — esposa del político conservador Charlie Kirk — reunió a más de dos mil mujeres en San Antonio, Texas, en su «Women’s Leadership Summit». El evento no fue una convención de cocina ni un retiro espiritual. Fue una cumbre política donde se defendió públicamente algo que hace veinte años hubiera sonado imposible: que las decisiones importantes, incluido el voto, deberían tomarlo únicamente los hombres como «jefes del hogar».
 
No fue un evento marginal. Fue en Texas. Con dos mil asistentes. Y con aplausos.
 
Para entender cómo se llegó hasta aquí hay que seguir el hilo desde el principio.
 
Todo empezó como una estética en TikTok. Mujeres jóvenes con vestidos románticos, cocinas perfectas, jardines cuidados y una filosofía de vida que prometía paz, propósito y feminidad bíblica. Se llamaron a sí mismas tradwives — esposas tradicionales — y su contenido explotó en el algoritmo porque ofrecía algo que millones de mujeres agotadas genuinamente necesitan: descanso, belleza y la promesa de que no tienes que cargar sola con todo.
Eso es real. El problema no es la estética.
El problema es lo que viene después de la estética.
 
El movimiento tiene sus raíces en el hashtag #RepealThe19th — derogar la 19ª Enmienda, que garantiza el voto femenino en Estados Unidos — que comenzó a circular en redes desde 2016, cuando un análisis mostró que si solo votaran los hombres, Trump ganaría por amplio margen. Lo que empezó como un meme provocador se convirtió en agenda política. En 2025, una denominación religiosa con más de 150 iglesias en expansión declaró como objetivo influir en legisladores para avanzar esta agenda. En marzo de 2026, un pastor de Arizona anunció un libro titulado «19 razones para derogar la 19ª Enmienda».
 
No es un chiste. Es un proyecto.
 
Pero la pregunta más importante no es quién lo promueve — es por qué algunas mujeres lo abrazan. Y aquí es donde el análisis se vuelve más honesto e incómodo.
 
La antropóloga Kristen Ghodsee, investigadora de la Universidad de Pensilvania, lo explica con precisión: hay un impulso anticapitalista incipiente siendo secuestrado con fines reaccionarios. La sensación de mirar las relaciones de explotación del capitalismo y decir «no quiero seguir participando en esto» podría convertirse en organización colectiva — pero en cambio se convierte en fantasías de escape individual.
 
Dicho de otra forma: el agotamiento que sienten estas mujeres es real. Trabajar jornadas de 8 o 10 horas, volver a casa a hacer la segunda jornada del hogar, criar hijos sin apoyo estatal, pagar guarderías imposibles, todo eso con salarios más bajos que los hombres por el mismo trabajo. Una verdadera «vida suave» bajo el capitalismo requiere un marido rico o unos padres ricos — no es posible vivirla sin renunciar a la independencia y la autonomía que tanto costó conseguir.
 
El sistema creó las condiciones para que renunciar a los derechos parezca un alivio. Y la ultraderecha llegó con la solución perfectamente empaquetada: no exijas mejores condiciones laborales, no organices un sindicato, no pelees por guarderías públicas ni por licencias de maternidad. Simplemente vuelve a casa, sé hermosa, obedece — y todo el peso desaparece.
 
La trampa radica en que el movimiento viste de estética bonita y de elección personal lo que en realidad es un proyecto político de sometimiento. Cuando se renuncia a un derecho no se hace en nombre propio — se abre la puerta para que se lo arrebaten a todas.
 
Y aquí está la conexión que la ultraderecha no quiere que veas: el fenómeno no puede entenderse sin analizar las transformaciones del neoliberalismo. El modelo neoliberal busca erradicar los lazos sociales e instaurar una idea del cuerpo individualizado. Un cuerpo que no se organiza colectivamente. Que busca soluciones individuales a problemas estructurales. Que en lugar de exigir guarderías públicas, renuncia al trabajo. En lugar de exigir igualdad salarial, renuncia al salario.
 
Es el mismo mecanismo que hemos analizado antes con el échaleganismo y la meritocracia — pero aplicado ahora específicamente al cuerpo y a los derechos de las mujeres.
 
La pregunta que vale la pena hacerse no es si está bien o mal ser ama de casa. Esa es una decisión personal respetable. La pregunta es por qué el sistema que no les da guarderías, que les paga menos, que las agota con doble jornada — ese mismo sistema — les ofrece como solución renunciar a los derechos con los que podrían cambiarlo.
 
Las sufragistas que conquistaron el voto femenino no pelearon décadas para que sus bisnietas lo entregaran en un summit en Texas con estética de Pinterest.
 
Fuente: Noticias a Voces.

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